JOSÉ ANTONIO MELGARES GUERRERO. CRONISTA OFICIAL DE CARAVACA DE LA CRUZ
Desde el pasado once de enero, una luz brilla permanentemente sobre Caravaca, como estrella que ilumina el camino a seguir por los peregrinos que hasta aquí se dirigen, con la vista y el pensamiento puestos en la Cruz a cuyo pie se celebra el Jubileo 2010. Uno de los símbolos (junto a la estación jubilar, el último tramo del camino y la puerta santa) del Jubilar 2010, es la luz encendida por el cardenal Rouco Varela sobre las almenas del Castillo local el día de la apertura del Año Santo. La luz brilla de día y de noche, incesantemente, desde aquel momento, como ascua incandescente situada en lo más alto, para que todos la vean por cualquier punto desde donde se avista por primera vez la ciudad, bien se haga desde Andalucía, desde el Levante, desde Castilla-La Mancha o desde la capital de la Región, con el doble sentido simbólico de iluminar y también de quemar. Ilumina como lo hizo la estrella de Belén con los Magos de Oriente, a quienes desde cualquier lugar y por diferentes caminos se propusieron o aún se proponen hacer el camino que lleva a la Cruz, que humedecida por la sangre del Redentor, ha florecido un año más durante la Pascua litúrgica que acaba de concluir.
Señala el camino a seguir hasta llegar al castillo roquero que un día fue plaza fuerte en los tiempos en los que hubo que defender la fe, y es hoy meta final de peregrinos, al encuentro con la paz interior, que hasta aquí se dirigen impulsados por la misma fe por la que, en el mismo lugar, se peleó otrora.
Pero además de señalar e iluminar el camino, también es hoguera de combustión donde se consumen mezquindades del espíritu, que inquietan las conciencias personales y colectivas. La luz-hoguera quema, durante días y noches de todo un año, culpas del alma individuales y grupales, en una pira virtual en la que ni cenizas quedan tras el perdón conseguido a quienes, en las debidas condiciones que prescribe la Iglesia, humillan cuerpos y almas ante el Leño Sagrado que, marchito durante la tarde del primer Viernes Santo de la historia, floreció a la vida perpetua en la madrugada del también primer domingo de la Era Cristiana.
La luz que brilla sobre Caravaca, entre montañas y valles del interior regional, se ha avistado durante las largas noches del invierno que ya partió del calendario. Durante las borrascosas jornadas de la primavera recién concluida; y ahora lo hace, con fuerza inusitada, en los días y noches luminosas del verano con un tercer sentido simbólico: el de orientar a los peregrinos y turistas sobre la habitabilidad y disponibilidad del lugar, a todas horas de un largo año en que las puertas están abiertas y en su interior hay vida constante, a la espera de quien llega con el ánimo predispuesto al perdón y a la satisfacción intimista.
El camino a Caravaca y al Castillo de la Cruz puede ser largo o corto según el lugar de partida. También puede ofrecer dificultades. El último tramo del mismo lo hacemos todos juntos sin distinción de procedencia, sin distinción tampoco de credo, sexo o color de la piel, a mediodía de cada jornada. Pero también se puede hacer de manera individualizada a cualquier hora del día o de la noche, en la seguridad de que, al concluir la experiencia, bien sea de forma colectiva o individual, cada cual podrá ver hecha realidad en si mismo la vieja copla popular que acuñaron los padres Claretianos durante su corta estancia al servicio del culto a la Cruz, en los años centrales del pasado siglo: Cuando subo al castillo de mañanita, se me hace cuesta abajo la cuesta arriba. Y cuando bajo lerén, y cuando bajo, se me hace cuesta arriba la cuesta abajo.