Ambos grupos tenían una estructura bien definida, contando con diversos escalones con el fin de abarcar mayor territorio para la venta de las drogas. En ambos casos, tras el cabecilla había un segundo nivel integrado por los encargados de distribuir la sustancia a los que finalmente la vendían al 'menudeo'. En el caso del grupo de Puerto Lumbreras, el cabecilla se valía de dos menores para que le ocultasen la droga en sus casas. Las investigaciones han puesto de manifiesto también la perfecta organización que tenían, así como las rigurosas medidas de seguridad que adoptaban al objeto de eludir o detectar cualquier eventual actuación policial relativa a sus actividades.