Cruz Cieza


Los vecinos lanzan flores al Cristo del Consuelo

Lluvia de pétalos y cánticos sublimes

El sacerdote Manuel Navarro describió en un relato cómo fue la procesión del Cristo del Consuelo en 1945
 
El sacerdote Manuel Navarro narró la bella procesión del Santísimo Cristo del Consuelo de 1945 en un relato que comenzaba con la salida de la imagen de la parroquia de la Asunción. La crónica empezaba diciendo: "Las campanas repicando lanzan al aire sus ecos. En el espacio retumban de los cohetes los truenos y la música, que espera la salida del cortejo, glosa el himno nacional".

Durante la romería, "una lluvia de pétalos, rosas de mayo florido", servían de "alfombra tupida" a la imagen "en su paso, corto y lento", por las calles del municipio. En los balcones se podían ver "las grandes bandejas colmadas de mil flores esencieros como homenaje al Cristo". Y, mientras los pétalos descendían desde los balcones, los cristianos soltaban al cielo palomas, que llevaban "lazos puestos al cuello". "Unas paran en la Cruz, otras en el trono excelso. Muchas sus alas planean alzando al azul sus vuelos", señalaba Navarro.

Mientras, delante de la imagen, los jóvenes tocaban el clarín y las trompetas. Notas de imborrable recuerdo, ya que "son aquellas que a Jesús, con coraje y sin respeto, entre la chusma judía hasta el calvario siguieron".

Al llegar al convento de la Divina Pastora, se realizó un cambio de anderos, "para cargar con el trono, sin reparar en su peso". Fue entonces cuando, al son del  himno al Cristo del Consuelo, los anderos comenzaron a caminar más ligeros, entre las "miles de miles de almas que al trono van siguiendo. El Cristo sigue que sigue entre cánticos excelsos, entre el bullir caminante de los piadosos romeros que hacia la mágica ermita sus pasos van dirigiendo", señalaba Navarro.

Así llega la hora del ocaso, que dejó una estampa sin igual en el cielo, ya que en él se mezclaron los tonos "azul, rosa, verde oscuro y bermejo", mientras el perfume del azahar de los huertos inundaba todo el cortejo.

Las curvas en la carretera obligaron a los anderos a doblar el trono para entrar en el terreno de la ermita, donde una pendiente en la cuesta no fue obstáculo para ellos, que subían ligeros "entre atronadores vivas, tracas y cohetes".

Desde la planicie se observaba ya el bello templo, desde donde salían las palomas y golondrinas que saludaban al Cristo con sus incesantes vuelos. "Por las mejillas de muchos rueda una lágrima hirviendo, cheque con el que el pecador paga su arrepentimiento o algún favor recibido en trance apurado y serio", explicaba el presbítero.

La placeta de la ermita era un hervidero de gente que esperaba pacientemente para dar su último adiós al Cristo, que poco a poco iba entrando en la ermita "entre el clamor de la música y los vivas del pueblo".

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