Música

Glam rock, el reino del exceso

El británico Simon Reynolds, uno de los periodistas que mejor ha sabido analizar los diferentes movimientos de la cultura pop contemporánea, publica 'Como un golpe de rayo', un voluminoso ensayo sobre el glam rock y su influencia histórica, que ha sido traducido al castellano por la editorial argentina Caja Negra

02.09.2017 | 04:00
David Bowie, una de las grandes figuras del Glam Rock de los setenta. L. O.

Tiene sus defensores y detractores, pero es difícil negar a Simon Reynolds su papel de analista crucial de la cultura pop contemporánea. Desde el seminal The Sex Revolts, publicado con su esposa, Joy Press, en 1995 (y aún sin versión castellana), hasta una obra de referencia tan importante como Retromanía (2010), el periodista británico se ha convertido en ineludible referencia crítica global tras más de dos décadas desarrollando un corpus teórico basado en la aplicación del análisis semiótico y las teorías estructuralistas a la música rock.

La editorial argentina Caja Negra lleva varios años traduciendo algunas de sus obras. La última, Como un golpe de rayo, es un estudio sobre el glam rock y su legado, de los años setenta al siglo XXI. Se trata de un volumen similar a Romper todo y empezar de nuevo, el ensayo que dedicó en 2005 a la escena postpunk, donde ofrece una extensa introducción en la que se combina el punto de vista personal con el analítico y posteriormente dedica capítulos pormenorizados a las bandas más representativas del movimiento. Aquel libro abarcaba un periodo de seis años (1978-1984) y alcanzaba más de quinientas páginas, prueba de la minuciosidad con que Reynolds se enfrenta a cada tema que aborda. Se quedaba corto, sin embargo, comparado con Como un golpe de rayo, que se centra en un fenómeno de recorrido aún más efímero, pero que roza las setecientas páginas porque, además, analiza los rastros de carmín que el glam rock ha ido dejando en las posteriores manifestaciones de la cultura pop, proyectando su influencia en la obra de figuras como Prince, Madonna, Marilyn Manson, Lady Gaga o Beyoncé.

¿Da para tanto el glam? Más allá de esa discutible parte final del libro, la respuesta es rotundamente afirmativa. La importancia de un movimiento cultural no se mide tanto en función de su duración como de su peso histórico, y es indudable que el glam fue un paso fundamental para la posterior llegada del punk. Apenas cuatro años, de 1973 a 1977, bastaron para que se afianzara eternamente. ¿Los motivos? Reynolds opina que «el glam fue la primera revuelta genuinamente adolescente de los setenta», pese a que, básicamente, lo que proponía era una recuperación del espíritu de los cincuenta, cuando el rock and roll «era algo para ver, no solo para escuchar». Supuso el redescubrimiento de la simplicidad del rock and roll desde una postura autoconsciente, casi paródica. «El glam llamaba la atención sobre su propia falsedad», asegura el autor. «Contra el rock de ejecución brillante y vestuario discreto, hizo estallar un exceso de imagen que excedía al propio rock». Es cierto: El glam celebraba la ilusión y la máscara, los artistas que se subían al escenario no eran personas reales, sino personajes construidos. Lo era, por ejemplo, el Ziggy Stardust de David Bowie, probablemente el artista más importante del género, al que se dedican varios capítulos en el libro. Junto a él, multitud de bandas y solistas del calibre de The Sweet, Gary Glitter, Slade, Wizzard, Roxy Music, Alice Cooper o los T.Rex de Marc Bolan, sin olvidar encarnaciones americanas del género como los New York Dolls. Frente a la masculinidad rock de los sesenta, encarnada por bandas como Led Zeppelin, el glam apostaba por la ambigüedad sexual, pero también entrelazaba «aspectos radicales y reaccionarios. Por un lado, rebosa de innovación en lo que concierne al estilo, la presentación visual, la teatralidad y la experimentación sexual. Por otro, resulta regresivo en términos de su escapismo, su coqueteo con la decadencia, su nostalgia». Un circo de excesos, purpurina, boas de plumas, zapatos de plataforma y sensuales riffs de guitarra que, «a pesar de sus atrapantes personajes, sus proezas legendarias, sus gestos desproporcionados y sus discos maravillosos, es un movimiento arraigado en la desilusión», tal como reflexiona Reynolds. «Supone una retirada de la política y los sueños colectivos de los sesenta en favor de un viaje fantástico, escapista e individual a través del estrellato». Es, en definitiva, tremendamente contradictorio, como sucede con innumerables episodios de la cultura pop.

Para apoyar sus argumentos, el periodista plantea una concepción amplia del glam (o glitter, como fue denominado en Estados Unidos), que tendría sus precursores dentro del rock en Little Richard, Rolling Stones o Velvet Underground y abarcaría algunas grabaciones de artistas como The Sensational Alex Harvey Band, The Tubes o Queen. «El glam –asegura el crítico– tiende a ser borroso y a superponerse con otras categorías, como el teenybop, el rock progresivo, la canción de autor, el hard rock y el heavy metal». Una elasticidad que permite a Reynolds desplegar un abrumador arsenal de argumentaciones y análisis para llegar hasta nuestros días, con el fin de constatar que aquel soplo de aire fresco envuelto en brillo y excesos continúa muy presente en la actual cultura del estrellato mediático.

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