Cuentos de verano

Negro amor, rojo infinito

30.08.2017 | 12:36

Se puede amar a alguien hasta la muerte?, me pregunté el día de mi octavo cumpleaños. Nos lo habían explicado en la escuela: el amor, si es verdadero, es eterno. Es eterno como el cielo, como el agua y como las ganas de respirar. Si uno de los dos muere, los enamorados se reunirán de nuevo en el Paraíso de Allah, como el agua, como el cielo, como el aire.

Tenía que pensar seriamente en ello, encontrar una respuesta. Nos lo había pedido el maestro de árabe. ¡Tenéis que argumentar!, nos decía siempre. Introducción, nudo y desenlace. Era la redacción más rara que nos había pedido desde que comenzó el curso.

El maestro de árabe era mi padre. Por eso me pareció extraño que nos hablara de amor en clase. Mi padre es un hombre replegado en sí mismo, un poliedro de cartulina. Nunca le ha gustado expresar sus sentimientos, los guarda entre sus pliegues, los aplasta, y los cubre con cola.
De camino a casa, al salir del colegio, pensé si tenía algún sentido reflexionar demasiado sobre ello. Aunque en la escuela había tenido varias novias, amor, amor, no había tenido. Eso es cosa de chicas, me decían mis amigos cuando jugábamos al fútbol.

Si me concentraba en el significado de la palabra amor, todo a mi alrededor se volvía rojo. Si lo hacía en la palabra muerte, todo se volvía negro. Yo tampoco había visto nunca un muerto, pero todo el mundo sabe que la muerte es negra. El amor es rojo y la muerte es negra. Es así, y todo aquel al que le gusten los cómics y las películas de miedo lo sabe.

Lo que no era capaz de conectar, de ninguna manera, eran las dos cosas. ¿Se puede amar a alguien hasta la muerte? ¿Se puede amar a alguien hasta después de la muerte? ¿Se puede amar desde la muerte?

Cuando llegué a casa, la puerta estaba abierta. En el salón, todos me esperaban en silencio, como envasados al vacío. Tiré la mochila al suelo, sin verlos. ¡Felicidades!, me dijeron, y mi madre me comió a besos.

Me dieron un susto tremendo, y sentí tanta vergüenza, que de un salto me escondí detrás de la cortina.

¡Me habían preparado una fiesta sorpresa!

Y allí estaban todos: mi padre y la abuela, los primos, los vecinos del barrio, y algunos amigos de mi clase. Y mi querida y adorada madre, que había hecho un esfuerzo enorme por levantarse de su silla de ruedas.

Desde hacía algunos meses mi madre estaba muy enferma. Nadie sabía lo que le pasaba, ni mi padre. Y eso que en la escuela, mi padre lo sabía todo.

Me quedé escondido detrás de la cortina, hasta que me cantaron cumpleaños feliz y mi madre me dijo que saliera. Pensé que tenía que salir, que habían venido los primos y la abuela, y que si no salía, todos pensarían que era un cobarde. Entonces salí, y Volvieron a cantarme el cumpleaños feliz delante de una tarta de chocolate que había preparado mi madre.

¡Tienes que pedir un deseo!, me dijo iluminada por la vela de la tarta. Y yo pedí que mi madre se curara.

Después, en el colegio, mi padre nos dio dos días más para acabar las redacciones, y todos la entregamos en el último momento. En casa, después de comer y de hacer los deberes, pasaba la tarde jugando con un Lego que me había regalado la tía por mi cumpleaños, y leyendo los cómics de Element Zero que me regalaron los amigos del barrio. Estábamos como locos con ese superhéroe con máscara y casco que saltaba de un edificio a otro con su equipo, escalando paredes y derribando puertas. No podíamos dejar de leerlos. Y mientras tanto, mi padre corregía las redacciones. Las leyó durante días, sin descanso. Las leía mientras comíamos, y las leía a la hora de la siesta. Debió de leerlas varias veces, porque aquello no daba para tanto. Las leía con tanta atención, que me pregunté si, él mismo, no buscaba algún tipo de respuesta en ellas.
Unas semanas después, mi madre dejó de caminar. Se sentía tan débil, que apenas salía de su cuarto.

Mi padre se movía por la casa con movimientos nerviosos, como un pájaro cojo. No podía comer, porque decía, tenía un cuervo en el estómago. Nadie sabía lo que tenía mi madre. Y mi padre se volvía loco.

Mi madre, que había sido siempre bella. Bella como la más bella de las setenta y dos huríes que nos esperan en el Paraíso. ¡Inch ?Allah!
Y como los médicos no nos decían qué le ocurría, mi padre comenzó a investigar por su cuenta. Buscaba información sobre los síntomas de mi madre en internet, no dormía, se preparaba una tetera tras otra, y buscaba sin descanso alguna pista. Y mientras se sumergía en aquella búsqueda desesperada, mi padre descubrió, en las profundidades de Internet, la luz radical de algunas webs religiosas.

Te amaré hasta la muerte, le decía todos los días al oído, cuando apagaba el ordenador, de madrugada, antes de vestirse para ir al colegio. Mi padre siempre había estado enamorado de ella.

Mi padre no había encontrado respuestas a la enfermedad de mi madre ni en los médicos, ni en Internet. Así que su hermana le habló de un fkih que le había salvado la vida a su marido. A punto estuvo de morir, de una depresión muy grave. Mi padre visitó al fkih en dos ocasiones. En la primera, le dijo que mi madre se curaría tomando infusiones. Las hierbas se las ofreció él, tenía que beberlas siete veces al día, y yo mismo aprendí a preparárselas. En la segunda, el fkih escribió unos versículos del Corán en un papel, que mi madre debía guardar junto a su pecho. Si así no mejoraba, le prepararíamos una infusión con esa lahjab, y ella tendría que bebérsela. ¡Qué asco!, pensé cuando vi el papel dentro del agua, y me pregunté si sería verdad que mi madre iba a curarse con aquella infusión de tinta negra.

Después, mi padre se obsesionó con el Corán. Leía una sourate tras otra, a toda velocidad, parecía que las escaneaba. Y copiaba los versículos que le interesaban en uno de mis cuadernos de matemáticas, uno del curso pasado que yo ya no utilizaba. Un día lo leí a escondidas, pero no entendí nada. Me pregunté, si todo aquello que mi padre anotaba en mi cuaderno, no tendría alguna relación con la redacción que nos había pedido en la escuela.

Y comenzó a rezar a todas horas. Rezaba a las tres de la madrugada, y mi madre se despertaba. Rezaba a las seis de la mañana y, después, con el ruido de las cacerolas para el desayuno, me despertaba a mí. A las doce rezaba en la escuela. A las seis de la tarde rezaba en casa, mientras yo hacía los deberes o veía un rato la tele. Y a las ocho de la tarde, antes de cenar, rezaba dos veces. Ya no tenía tiempo para mí, para corregirme los deberes del colegio, ni para salir conmigo a dar una vuelta. Rezaba y rezaba. Y siempre le pedía lo mismo a Dios: que mi madre, su bella esposa, sanara.

Una tarde, después del rezo de las ocho, mi padre nos dijo que había pedido un permiso en el trabajo y dejaba Jordania para partir a Siria. ¿A Siria?, le pregunté. Para mí, Siria no existía en la realidad. Solo existía en la tele y en las noticias de la radio. ¿Pero te vas para siempre?, le pregunté. ¡Pero cómo me voy a ir para siempre!, me respondió mientras me daba un beso.

Dos semanas después, mi padre regresó a casa. Y aunque para entonces mi madre había empeorado, yo me sentía muy feliz, porque volvíamos a estar todos juntos, como siempre había sido. Ahora todo se solucionará, pensé.

Y la abuela llegó a casa para ayudarnos con mi madre, nos hacía la comida y le daba los medicamentos. Mi padre me gritaba por todo, ¡cállate! ¡no toques eso! ¡eres un inútil!, me decía. Estaba desesperado, se había caído en una profunda grieta.

No siempre había sido así. Desde que mi padre había vuelto de Siria, parecía otro. Estaba obsesionado con la enfermedad de mi madre, y cada día, después de sus oraciones, nos decía a la abuela y a mí, tenemos que quererla siempre, hasta después de su muerte.

Yo no entendía porqué nos decía aquello. Ahora, con el paso del tiempo, voy comprendiendo más cosas.

¡A mamá vamos a quererla siempre!, le respondía como una canción.

Mi padre volvió a Siria en dos o tres ocasiones. A su regreso, siempre ocurría lo mismo. Se mostraba irritable y ansioso, y cada vez se encerraba más en sí mismo. Leía y leía el Corán, rezaba a todas horas, y se volvió obsesivo escuchando los consejos de los dignatarios religiosos.

Un día, mientras corregía una redacción de historia para el colegio, y mi madre descansaba en su habitación, escuché cómo en la radio contaban una noticia sorprendente. Un imam llamado Zamzami, había creado una fatwa en la que autorizaba, al esposo de una mujer fallecida, a hacer el amor con ella hasta seis horas después de su muerte, el tiempo en el que su cuerpo permanecería todavía caliente. Se trataba de un acto de amor, de una despedida. Había interpretado un versículo coránico para dar raíces a esta fatwa. La fatwa de la última copulación antes de la partida sin retorno. El musulmán creyente estará en el Paraíso con sus esposas, con sus concubinas y con las setenta y dos huríes que Allah le reserva por su conducta ejemplar en esta vida. Mi padre, que en ese momento hablaba con la abuela en la cocina, salió de inmediato y apagó la radio. ¡Eso no son cosas de niños!, me dijo.

Y la abuela añadió: ¡Allah es grande!

Yo no había visto nunca a nadie copular, aunque una vez, en el jardín de casa, vi dos perros enganchados. No podían separarse, y tuvieron que echarles encima dos o tres cubos de agua fría.

Cuando era pequeño, mi madre me cantaba canciones en el jardín de casa, y después, tomábamos la merienda. Era nuestro paraíso, y allí fuimos muy felices. Después, cuando enfermó, dejamos de salir al jardín, y nuestro paraíso se trasladó a su dormitorio, donde pasábamos las tardes contándonos historias.

Mi adorada madre, llovía sobre ella, tierra mojada. Al final, tenía la piel siempre cansada. Cuando me acercaba a ella, mi madre era el otoño. Pasábamos la tarde juntos en su cuarto, ella dormitaba y yo leía, y de vez en cuando, cuando se despertaba, me sonreía. Su piel se cubría de hojas secas.

Y una mañana de sol, cuando nadie lo esperaba, se levantó una enorme tormenta y granizó sobre el jardín. Yo volvía de la escuela, y llené mis manos de bolitas congeladas para enseñárselas a mi madre. Cuando entré a su cuarto para darle un beso y regalarle el invierno, comprendí que mi madre había muerto.

Por fin descansaba. Ahora tenía luz en su cuerpo. Corrí hacia ella, quería darle un beso. No tenía ningún miedo, aquello no era darle un beso a un muerto.

Junto a ella pude oler su cuerpo, olía a rosas frescas y a verbena, olía a tarde de primavera. Acerqué mi cara a la suya, a mi madre bella, y le di su beso.

Y entonces, mientras le daba el beso, escuché los pasos de mi padre. Sentí vergüenza. Mi corazón bloqueó mi garganta y, de un salto, me escondí detrás de la cortina. Volví a comprender, aquello era la muerte. Y aunque estaba cabreado con Allah, porque no me había concedido el deseo que le pedí por mi cumpleaños, volví a pedirle con todas mis fuerzas que me lo concediera. ¡Seguro que todavía estamos a tiempo!, pensé.

Cuando entró en la habitación, mi padre tenía la mirada perdida. Encendió siete velas alrededor del cuerpo de mi madre. Le quitó el foulard y descubrió su hermosa melena de henna roja. Después la desvistió, el camisón, la ropa interior, hasta que estuvo completamente desnuda. Entonces lavó su cuerpo.

Sus manos eran manos de viva. Con sus dedos recorrió los dedos de ella, todo su cuerpo era una caricia. Suave, hermosa, como siempre lo había sido. Lavó sus brazos con dulzura, sus hombros redondos, sus pechos poderosos, como volcanes. Después lavó su cuello, sus labios, sus párpados, que eran mariposas de fuego. Mi madre bella, como la primavera. Lavó su vientre de luna llena, lavó sus muslos, sus rodillas perfectas, lavó su sexo.

Las pupilas de mi padre se dilataron, y el vello se le puso de punta. Su sexo estaba duro, como un bate de béisbol. Se bajó bruscamente el pantalón, y se perdió entre los pechos de mi madre.

Llovieron agujas de acero detrás de la cortina, y todo se volvió negro a mi alrededor. No podía moverme, no podía ver. El negro invadió mis vasos sanguíneos, y mis conexiones neuronales desaparecieron en el vacío.

Y el negro se volvió infinito.

Entonces me acordé de la fatwa que mi padre, mi madre, la abuela y yo, habíamos escuchado por la radio. Una sonrisa luminosa se encendió en mis labios.

Y sentí un deseo enorme, enorme, de comerme a mi madre a besos.

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