Los nuestros
La colección de Ángel Fernández Saura

Ramón Garza. 1987

29.08.2017 | 19:59

Bajo el signo de la elegancia

 o puede decirse de otra manera habiéndole conocido y tratado; inverosímil a veces en su vida, ineludible en su obra, el pintor y escultor Ramón Garza, no se dobla como junco, ante el mal aliento del destino; se engrandece en su recuerdo. Todo queda en vecindad, todo es cercano, su despedida inesperada, su soliloquio, su hora del Campari, y su melancolía de los últimos tiempos. Una exposición antológica reciente en el MUBAM, le ha situado en su lugar como artista en un concepto general muy amplio; la ocasión ha servido para revisar su obra y darlo a conocer con plenitud a los ojos desconocidos. Con un catálogo bien editado recomiendo acudir a él, en su detalle, hayan visto la muestra o hayan dejado de hacerlo. Mírenlo con detenimiento.

Ramón Garza viene de la poesía y escapa de ella a su antojo, conservando toda su dignidad como artista polivalente, huye de la geometría y a la vez se geometriza –si es que vale el término– sinuosamente en sus esculturas. Pertenece a la generación que ha peleado y sufrido por conseguir una libertad social y creativa; desde la autosuficiencia y el aprendizaje por sí mismo, sin excesivas lecciones que no necesitó nunca para su pureza y talento. Con un aire de parsimonia, sin prisa, con detenimiento y cuidado conformó una obra con variados registros, según las épocas y sus vivencias. Me gusta especialmente cuando hace referencia a los cuentos que todos hemos soñado; por su gusto, por su buen gusto, en el color o en el claro y diáfano dibujo cuando quiere ser figurativo. En otras ocasiones, y lo tengo escrito, la textura hace de él un sublimado y delicado autor de superficies imposibles, casi siempre sobre telas de lino que trabaja pulcramente.

Su vida la vivió con intensidad y con elegancia; iría más lejos, con gracia y despreocupación, saboreándola y citándose con ella en las madrugadas sin fin; por eso su pérdida nos parece más increíble y nos resulta más dolorosa, porque nada le resultaba más ajeno que la muerte y el sufrimiento. Pintaba a su aire, diciendo su verdad; modelaba la línea curva convenciéndonos de unos nuevos espacios del volumen de las cosas y las figuras. Y siempre certeramente, limpiamente, límpidamente. A veces he visto en su obra evocaciones de los poetas Cernuda y Verlaine, siempre y también, de su padre Federico García Izquierdo, un rayo inalcanzable por sublime.

 Para entender a Ramón Garza hay que renacer en sus transiciones desde lo figurativo a la abstracción, desde la dramática serenidad de la pintura, hasta el eterno umbral de lo duradero; sin perdernos ningún detalle, ni la más mínima insinuación o sugerencia; viéndolo como ha resultado ser, un maestro a la cabeza de su generación,

en la valía de nuestra pintura y escultura contemporánea. Magnífica, tanto por él como por otros compañeros de viaje.

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