Los Nuestros
La Colección de Ángel Fernández Saura 

Rafael Rosillo, 1984

A decir de todos, era un hombre bueno, que sabía estar, afable y amable con sus amigos

24.08.2017 | 04:00

Tenía magia, mi viejo, la sigue teniendo

Así, según titulo este retrato, me contesta Rafa –hijo de Rafael Rosillo, pintor– cuando le pregunto por su padre. Y es verdad, guardaba el artista una sonrisa permanente, como de ser feliz, que contagiaba bienestar; es lo que su hijo llama magia y que, por lo visto, dejó derramada entre los suyos después de su muerte, en mala hora y demasiado pronto. Había llegado a Murcia, procedente de Madrid, a enseñar escaparatismo como empleado cualificado en Galerías Preciados; por tanto, se adivinaban en él ansiedades y vocación artística. En los almacenes tuvo la suerte de encontrarse en la sección de marroquinería con Amparo Fernández, trabajadora de la empresa y «se gustaron», dice Rafa. Ella estaba relacionada de familia con el arte; era bisnieta de don Pedro Sánchez Picazo, el ilustre pintor 'de las flores', que creó escuela y dirigió el Museo de Bellas Artes durante un tiempo, así como el Museo Salzillo. Una autoridad en Murcia. También, en el árbol genealógico, se encontraba Enrique Sánchez Alberola, también pintor aunque algo malogrado y con un triste final. Para colmo de relaciones de Amparo con el arte, en los momentos de convivencia juvenil de la época con los artistas, ella acompañaba a José María Párraga; cuestión que el noviazgo con Rafael Rosillo resolvió adecuadamente. 

Rosillo, a decir de todos, era un hombre bueno, que sabía estar, afable y amable con sus amigos; había dado, con cierta prudencia, un paso adelante para ser compañero de los integrantes de la siguiente generación a él; guardando un poco las distancias y guardándose de una excesiva vida bohemia. El pintor tenía un compromiso laboral que cumplía con responsabilidad; pero, con su presencia en estas condiciones, el grupo de pintores y escultores mejoraba en la convivencia. Fue muy amigo de Cacho, entre otros. Pintaba en los ratos libres y recuerdo algunas cosas suyas en la línea del maestro Nonell, aquel artista catalán de fugaz obra. Rosillo podría contar algo que no todos podemos decir; él cuelga en el MUBAM una pequeña obra, En marcha, de su mano, que le representa. Pieza catalogada e inventariada. La Trinidad fue el barrio familiar de su mujer muchos años. 

Rafael Rosillo tenía otra vocación conocida: el jazz. Le hubiera gustado ser intérprete de saxo, pero todo apunta que, aunque tuviera un gusto exquisito para la música, no tenía, lo que se dice, buen oído. En alguna foto histórica el pintor posa, con placer, interpretando al solista soñado. De él guardo una anécdota en la que se comprueba su buen humor y su afabilidad. En la serie El libro que viaja, para TVE, se prestó a hacernos de extra y a interpretarnos, en el Casino vestido de rey de cuento, al personaje del monarca Felipe Luis, según un texto de Francisco Flores Arroyuelo. Ahora, aquellas imágenes son un espléndido recuerdo de su presencia entre nuestros amigos, de su magia imperecedera.

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