Cuentos de verano

La vida que nunca viví

17.08.2017 | 22:49

Nadie consideró oportuno consultarme en su momento. Si lo hubiera hecho, le habría comunicado mi intención de nacer en alguna ciudad castellana, recoleta, de dimensiones justas, repleta de encanto callejero: Cuenca, Segovia o Ávila; bueno, Ávila no, hace demasiado frío. Toledo tampoco, por excesivamente bulliciosa, aunque me hubiera gustado conocer la plaza de Zocodover que, junto con El Potro de Córdoba, nombra Cervantes como los lugares emblemáticos de la pillería de su época. Quizás Ciudad Real, Aranjuez la del plácido río o cualquier sitio parecido, tampoco tenía grandes objeciones que hacer al lugar de mi nacimiento, salvada la del clima. Puede que me hubiera decidido por Salamanca, la docta, donde quizás mis padres habrían poseído una casita de recreo en La alberca para refugiarse de los calores estivales que, según dicen, son agobiantes. La verdad es que, si me hubieran consultado, nunca me hubiera decidido a abandonar aquel cubículo confortable en el que había flotado, ajeno a cualquier asechanza, durante los últimos meses. Era un lugar perfecto. Me alimentaba sin esfuerzo, flotaba en un estado de placentera ingravidez y me entregaba al descanso cuando se me antojaba. No tenía ni que abrir los ojos, todo lo que me interesaba del mundo estaba dentro de la cómoda guarida. En alguna ocasión en que la porteadora se agitaba demasiado, unas cuantas patadas enérgicas me devolvían la calma. Era el sitio perfecto para permanecer el resto de la eternidad.

El caso es que nadie me consultó nada y cuando llegó aquella mujerona dando órdenes a las desconcertadas chicas de servicio, y confinando a los hombres en el despacho, me di cuenta de que el asunto tomaba mal cariz. Candelaria, que así se llamaba la partera, después de asegurarse que habían puesto al fuego la suficiente cantidad de ollas con agua y habían sacado las toallas necesarias, hizo unos tactos para asegurarse de que la salida estaba expedita. Luego amenazó con voz de trueno:

—Respire hondo y empuje cuando yo le diga.

En un plis-plas me vi impelido a este mundo inhóspito. Aquella desalmada me agarró por los pies, todavía bañado en un aguachirle sanguinolento, y empezó a sacudirme. Si hubiera podido, le hubiera mentado a sus difuntos más recientes, pero lo único que salió de mi recién estrenada garganta fue un aullido lastimero y entrecortado que aquella fiera interpretó como el mejor de los augurios.

—Está sano y tiene buenos pulmones, dijo sin dejar de afanarse en su tarea.

Me entregó a la mucama mientras ella se disponía a recomponer la figura para dirigirse a la próxima extracción.

El señor del chaleco, la camisa arremangada y un fino bigotillo negro teñido de nicotina, dio por concluido su encierro en el despacho cuando oyó el portazo de Candelaria, y se apresuró hacia la cama para observarme. Apartó la frazada en que me habían envuelto y contempló ensimismado mis maltrechos genitales.

—Es macho —musitó con una voz a la que pretendía quitarle emoción—. Se llamará Mircea.

Aquel señor tenía ideas muy particulares acerca de los nombres. De donde sacó el de Mircea fue un misterio que solo conocí años después. Lo único que me compensó del traumático suceso fue el pezón que enseguida me pusieron en la boca. Manaba un líquido calentito y gustoso que me reconcilió con el mundo. La porteadora, que se había vuelto una extraña más entre los que me rodeaban en aquel mundo recién descubierto, procuraba consolarme del mal trago acunándome en un reconfortante abrazo, me susurraba palabras que ejercían sobre mí un efecto hipnótico y tranquilizador. Aquello y el portazo de Candelaria al salir de la casa fueron los primeros sucesos agradables con los que me tropecé al aterrizar en este mundo.

Mi desarrollo posterior fue el de cualquier infante de características parecidas a las mías. Una vez expulsados los últimos rastros de meconio, mi vida comenzó a oscilar entre comer, descomer, dormir y ser aseado unas cuantas veces al día. Pronto habría de echar a correr con un taca-taca que me hacia chocar con todo lo que se me ponía por delante, hasta que decidí abandonar aquel artilugio y enfrentarme con el espacio infinito, contando solamente con mis propios medios. Como en el viejo reto de la deifoba sibila de Cumas, comencé andando a cuatro patas para seguir en dos hasta el momento en que me fuera necesario apoyarme en una tercera.

Nadie me consultó tampoco sobre la conveniencia de asistir a las clases de las HH. Carmelitas que tenían el colegio cerca de casa, aunque mi desconocimiento de la materia era suficiente como para que la consulta fuera inútil. La sabiduría de aquellas piadosas mujeres superaba escasamente el graduado escolar. Para enseñarnos a rezar y a hacer garabatos en una pizarrita enmarcada en madera tampoco hacía falta ser una lumbrera. Su objetivo era formarnos en la elemental urbanidad que exigía ser niños bien educados, comportarnos con arreglo a lo establecido en los mandamientos de la ley de Dios y los de la Santa Madre Iglesia, y otra serie de normas y preceptos que ampliaban ambos, tendentes a lograr la bienaventuranza eterna que entonces se nos antojaba harto lejana. No conozco cuales serían los mensajes que recibían las niñas, imagino que los adecuados a su edad y condición, nunca lo supe. La separación de unos y otras comenzaba en el momento mismo de llegar al colegio; los niños entrabamos en una fila y las niñas en otra. Salíamos al recreo en momentos diferentes y nunca coincidíamos dentro del edificio.

El señor del bigote oscuro y los dedos manchados de nicotina no debía ser muy amigo de asuntos monjiles porque, pasado el primer año, decidió que era el momento adecuado para que recibiera las clases que impartía un antiguo compañero de carrera, en una desvencijada escuela ubicada en el Jardín Botánico. Puede que no tuviera todavía nueve años cuando me encontré rodeado por diez o doce pilletes que sus padres habían encomendado al cuidado de don José. Era éste un maestro a la antigua usanza, hético más que flaco, con unos trajes que parecían confeccionados para otra persona de carnes más abundosas, y unas manos grandes y huesudas que el invierno poblaba de sabañones. Si hubiera sabido entonces quien era el Domine Cabra, lo hubiera visto retratado en don José. Mis compañeros me tomaron a chacota desde el primer día que conocieron mi nombre, pero el maestro cortó las bromas de raíz advirtiéndoles que Mircea era el nombre de un rumano famoso, historiador de las religiones y filósofo, que había escrito no sé cuántos libros acerca de lo sagrado y lo profano. Don José siempre me tuvo un especial aprecio, no sé si debido a mis brillantes cualidades o al generoso estipendio con que el hombre del bigote complementaba su escaso sueldo. El caso es que logré pasar la prueba de ingreso con cierto éxito, capaz de abrirme las puertas del Instituto donde se iniciaría el largo proceso de desasne, que nunca culminó. Puede que luego hubiera ido a una universidad provinciana, donde jugaría con los compañeros a la pelota en el soleado patio, entre clase y clase; a lo mejor me hubiera casado después de aprobar con brillantez unas difíciles oposiciones, puede que tuviera hijos y luego nietos, para llegar al cabo del tiempo a una sosegada y plácida vejez; el desarrollo de una vida corriente en una ciudad corriente, rodeado de gentes corrientes.

Durante todo ese discreto proceso, quizás hubiera podido averiguar alguna de esas cosas que inquietan por igual a todos los mortales: quién soy y qué puñetas pinto aquí. No tuve demasiada suerte, nunca llegué a averiguar quién era y mucho menos quién hubiera podido llegar a ser. La epidemia de difteria acabó aquel invierno conmigo y con algunos otros chicos de mi curso.

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