Los Nuestros
La colección de Ángel Fernández Saura

Vicente Ruiz, 1996

Pintor (Lorca, 1941)

13.08.2017 | 04:00


Pintar sin perjuicios teóricos

No cabe duda: la experiencia parisina del pintor Vicente Ruiz, a sus diecinueve años, pudo haberle dejado un brillo de madurez anticipada. El pintor estuvo durante tres años en la Academia de le Grande Chaumière de la capital francesa a partir del año 1960, cuestión que, siendo importante, me imagino multiplicaría con el conocimiento de los museos de aquella capital imprescindible para el arte. Más teniendo en cuenta que, si los museos europeos siempre tienden a parecerse entre sí, Francia, con frecuencia, fue una excepción, representando en sus colecciones la obra de los artistas verdaderos y trascendentes, no tanto por el nombre, sino por el estudio reflexivo de su valencia. Viajar es importantísimo, la curiosidad se premia con la sabiduría. Vicente Ruiz, después de la experiencia francesa, estuvo en Madrid en la Escuela de Artes Decorativas, completando una formación artística que luego supo reconstruir hacia sus propios caminos y misterios. La pintura siempre lo es. El pintor tiene una larguísima historia de participación en exposiciones y en realización de muestras individuales. Me reconozco montándole una de sus primeras en Zero, en 1975; luego, en Yerba y, en múltiples ocasiones, en Chys, galería de arte. Institucionalmente también ocupó lo mejor de Murcia con su obra: la Sala de Verónicas y el Palacio del Almudí. En sus primeros tiempos, su pintura mira con detenimiento a un expresionismo figurativo de carácter agrio. Socialmente profundo, le creo reconocer una preocupación emocional ante la pobreza y ante quienes la sufren. Sus personajes rabian un dolor al que el artista no es ajeno. Aquel lirismo de esa época le salva de la anécdota, la grandeza le redime del paisaje. Cabe ser paisajista impunemente, según inclinemos nuestra mirada hacia la fauna o la flora del universo.
Pronto el artista Vicente Ruiz, ya en Lorca, reparó su sentimiento hacia un secano de tierra envejecida y pizarrosa, se calzó un calzado de esparto y anduvo buscando el mineral para hacerlo suyo en su pintura. En una nueva abstracción consecuente, pero inspirada en el planeta ocre de las sembraduras del sur, aquellas que, en aquel Cabezo ilustre, lindan con Andalucía. Se liberaba así el artista de un peso que le mantenía en vilo la conciencia, aunque su solidaridad supo de otras manifestaciones de tipo colectivo. También ha sido un poeta entre poetas, con el libro como testigo fiel e imperecedero.
Sobre un lecho de color monocromático, el pintor siembra sus meteoros, despreciando, por visto y conocido, todo impresionismo, toda gloria fauvista que tanto encandila. Se queda con una humilde presencia que no es otra cosa que grandeza en su propia evolución consecuente. Es ahí donde le encontramos con nuestra mirada atenta a su milagro, a su propuesta de austeridad pictórica. Y lo celebramos con alborozo, porque evidencia la total ausencia de caducidad.

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