Cuentos de Verano

Tánger

11.08.2017 | 22:39

Andrés Paraban estaba desaparecido y mi clienta muerta, pero yo tenía su dinero, su encargo y estaba decidido a resolver todas las dudas de aquel enigma.

Preparé una maleta con pocas cosas y tomé el primer tren para Algeciras. Localizar a Juan García de Vinuesa Barrena, la última persona que había visto con vida a Marbik, era un paso fundamental en mi búsqueda del brigadista.
El primer tren para Algeciras salía a las 18.00 horas desde Atocha y llegaba a las 8.00 de la mañana del día siguiente, toda una proeza para los tiempos en los que estábamos.

Llegué a la estación de Algeciras a las 12.30 de la mañana, cuatro horas y media de retraso no eran preocupantes en una España en la que los medios públicos de transporte aún estaban en ciernes. Salí a la calle con la intención de tomar un taxi que me llevara al puerto.
Me sorprendió sobremanera el hecho de que la mayoría de los coches aún llevaran los feos depósitos de gasógeno que las restricciones de gasolina de la posguerra habían obligado a instalar y que en Madrid ya habían desaparecido.
En la parada próxima a la estación todos los taxis los llevaban, era evidente que a Andalucía aún no había llegado la prosperidad económica de los 50.

El primer barco a Tánger partía a las 16.00: el Virgen de África, un buque completamente nuevo que aún no llevaba cuatro años en servicio.
Cualquiera podría pensar que iba al tercer mundo, nada más lejos de la realidad. Hoy Tánger es la capital del mundo, más cosmopolita y mucho más libre que Madrid o Barcelona. Es el refugio de la cultura española; por desgracia, el resto de Europa luchó con más ahínco por la libertad que nosotros.

Aquella era la ciudad que libremente habían elegido pintores como Mariano Fortuny y Francis Bacon o Delacroix, el fotógrafo Cecil Beaton y varios escritores que huían de un mundo asfixiante: Pío Baroja, Mark Twain o Juan Goytisolo. El pintor Henry Matisse al llegar a la ciudad exclamó «¡El paraíso existe!»

Me hospedé en un emblemático hotel cerca del Puerto, el Continental, construido en 1865 en el extremo norte de la Medina, el sinuoso y turístico casco antiguo de Tánger. Desde allí se podía controlar los ferris, que llegaban desde España y otros cruceros que escalaban en su puerto.
El acceso al hotel discurría por sinuosos callejones casi imposibles para algunos coches. La propia Barbara Huttón, la mujer más rica del momento en el mundo, la reina de Tánger, como se hacía llamar, había tenido que sufragar el ensanchamiento de algunas de aquellas callejuelas para que su Rolls entrara hasta Sidi Hosni, el palacete que ocupaba todos los veranos desde 1948.
La parte nueva de la ciudad era distinta, plagada de grandes avenidas y bulevares por los que circulaba lo más carismático de la sociedad europea.

En el Boulevard Pasteur, la arteria más importante de la ciudad, se alternaban los centros de ocio como el Café París o salas de baile en las que igual se tocaba un bolero que música jazz.

Tampoco faltaba un exponente fundamental de la España libre, el Gran Teatro Cervantes construido entre 1911 y 1913 gracias al empeño de Antonio Gallego, Esperanza Orellana y Manuel Peña, era el teatro más grande del norte de África, tenía 1.400 localidades y por su escenario pasaban a menudo artistas como Imperio Argentina, Antonio Mairena o Carusso.

Tánger era libertad y locura, los españoles del protectorado podían disfrutar en la sala Mauritania de los desnudos femeninos censurados en España, también lo hacían otros españoles con recursos que viajaban al protectorado exclusivamente para ello. Tampoco faltaba la plaza de toros, un coso por el que pasaban los mejores espadas de todos los tiempos.

No quería preguntar en el consulado por Juan García de Vinuesa porque no quería atraer hacia mí ni hacia el hombre que buscaba la atención de nadie. Yo sabía que una de las claves de la ciudad, oculta por su propia libertad, era el espionaje. Allí todos espiaban a todos: no en vano, había 19 consulados y 56 bancos de distintas nacionalidades.
Dentro del hotel había una tienda de artesanía marroquí cuyo dueño, Jimmy, se acercó a mí la segunda mañana que pasé en el hotel, justo después de desayunar.

Era un hombre grandullón que conocía bien España y a los españoles y sorprendentemente sabía perfectamente quién era yo. Evidentemente el jalifa también tenía buena información

Pregunté a Jimmy por Juan García de Vinuesa Barrena. No lo conocía, pero sí sabía dónde me podía dar razón de él.
Cerca del teatro Cervantes había una diminuta peluquería de caballeros a cuyo dueño le gustaba escribir. Era un lugar diminuto, pero acudían la mayoría de españoles trabajadores del barrio.

Los limbos legales son ideales para la diversión, pero mejores para hacer fortuna sin vigilancia. Tánger lo era. Su población no superaba los 100.000 habitantes, La peseta y el franco marroquí compartían monedero, pero nadie les hacía ascos a los dólares o al oro con el que se podía pagar todo artículo material, inmaterial o humano imaginable.
La ciudad era un nido de espías y conjuras diplomáticas de todo tipo. Lo que se veía solo era la punta del iceberg comercial que se ocultaba bajo una pátina de frivolidad y lujuria.

García de Vinuesa ya no se llamaba así, al menos no para sus conocidos, aunque en su pasaporte siguiera poniendo ese nombre. Ahora todos lo conocían por Rick.

Al llegar a Tánger había abierto un café americano inspirado en la película de moda de la época, Casablanca, y él mismo se había convertido en una réplica del personaje central de la película, Rick Blaine.

Su éxito desde el primer momento fue tal que al final se convirtió en un lugar exclusivo, un antro de juego que atraía a una variopinta clientela: franceses, alemanes, ingleses, españoles y cómo no, ladrones y hampones de todas las partes del mundo.
Al rebufo de este hubo un inglés que montó otro café similar en la plaza 9 de abril y al que llamó el Blue Parrot. La competencia fue una mina de oro para los dos durante mucho tiempo, hasta que Vinuesa se hizo con ambos.
El individuo resultó ser una persona cínica y amargada. Efectivamente había sido expatriado por la fuga de Marbik, pero a mí me costó sacárselo porque no hablaba con nadie de su vida pasada.

No hubiera conseguido la información de no haber sido por Jimmy que al final sí que lo conocía. Todas las noches le llevaba clientes del hotel que querían beber en un ambiente tranquilo o jugar a la ruleta en la sala de juegos adyacente al café.

- Marbik era un rico heredero americano que como tantos jóvenes había venido a España a defender la libertad -me explicó Vinuesa una madrugada después de haberme dejado casi 1000 pesetas en güisqui y putas-. Sin embargo, el dinero de su padre no sirvió para liberarlo de los nazis. Lo sé porque durante aquel viaje hablé varias veces con él.
La última frase la dijo mirándome a los ojos fijamente.
- Le dijo alguna vez por qué los nazis tenían ese interés en él.
- Los nazis sospechaban que él conocía el paradero de una buena cantidad de oro del que los socialistas había sacado del Banco de España para llevarlo a Rusia.
- El oro de Moscú - interrumpí.
Vinuesa asintió.
- Por lo visto la misma noche que lo sacaron, varios empleados del banco urdieron una trama: se alistaron al convoy que lo llevó a Cartagena y una vez allí, mientras lo custodiaban, se las apañaron para sacar del polvorín donde se guardaba una buena cantidad de lingotes.
Los demás continuaron con sus vidas esperando el fin rápido de la guerra, pero dos de ellos se quedaron a custodiar el botín que habían escondido en unas cuevas de Cartagena.
- ¿Te prometió una parte de ese oro por ayudarle?
El ex guardia civil volvió a asentir.
- ¿Le dio para montar este garito?
El individuo negó, antes de añadir:
- Le expliqué donde debía saltar al río en el lugar más profundo y como llegar a Lobón, allí se entrevistaría con unos amigos míos que lo estarían esperando porque yo ya habría tenido tiempo de hablar con ellos. Lo llevaríamos a Faro y desde allí aquí, a Tánger, donde hubiera estado libre de los nazis.
- ¿Qué falló?
- Todo. El muy inútil no saltó en el sitio adecuado y cayó en una junquera. Cuatro días después, en vista de que no llegaba al lugar convenido, mis amigos fueron a buscarlo y encontraron su cuerpo enterrado en el fango. Allí estará todavía lo que quede de él.

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