Cuentos de verano

El día que fui Humphrey Bogart

Yo sí sabía la razón de nuestra conexión afectiva, pero, ¿cómo podía confesarle que nos conocíamos desde hacía muchos años, quedé perdidamente enamorado?

11.08.2017 | 22:39

Sus expertas manos recorrían, con la suavidad de un beso y la determinación de un cirujano, toda la geografía de mi maltrecha espalda, provocándome una extraña mezcla de dolor y placer como nunca hasta entonces había experimentado. Mientras ella intentaba iniciar una conversación intrascendente que relajara la tensión provocada por mi silencio, mi mente se esforzaba, en vano, por recuperarse del impacto inicial de su mirada. Sus enormes ojos verdes y su expresión fría, enigmática y seductora me recordaron inmediatamente a ella. Confundido y desorientado por su extraordinario parecido fui incapaz de articular un discurso inteligible y de explicarle el motivo exacto de mi visita. Sin que todavía pueda recordar cómo, aparecí tumbado, boca abajo, con mi torso desnudo y recibiendo un imprevisto y relajante masaje cervical, en lugar de la sesión terapéutica en mi hombro que mi traumatólogo me había prescrito.

-Tienes acumulada en tu espalda una enorme tensión, me dijo.
Entendí que se trataba de la observación genérica y rutinaria de una fisioterapeuta que no buscaba conversación; tan sólo romper el hielo con un paciente que por vez primera acudía a su consulta. Pero lo último que yo deseaba era disminuir la frialdad ambiental. Nada más alejado de mi voluntad, en ese momento, que reducir distancias y crear algún tipo de intimidad que diera alas a mi descontrolada imaginación y pudiera provocar un estallido emocional de consecuencias imprevisibles. Estábamos solos en una pequeña habitación con mi cuerpo semidesnudo y recibiendo un masaje de manos de la actriz de mis sueños. La luz indirecta y tenue de una lámpara de pie y la inconfundible voz de Louis Armstrong, como suave música de fondo, contribuyeron a que viviera como real el sueño de mi vida. Sonaba envolvente, melódica, como un presagio, su conocida canción: A kiss to build a dream on.

Mi consciente sólo pudo resistir durante unos instantes a la fuerza superior de mis deseos. Las fantasías acumuladas durante tantos años tenían, por fin, una razón justificada para campar a sus anchas, liberarse de tantos años de vulgaridad y de rutina, e imponer sobre cualquier otra consideración la verdad superior de la belleza y el incontenible deseo de disfrutarla. Respondí a su comentario de manera evasiva, como hacen los mayordomos de las series inglesas con las que intento, sin éxito, mejorar mi nivel de inglés.

-¿Una enorme tensión?­- le repliqué en voz baja, aparentando estar distraído, e intentando enfriar la temperatura de la conversación. No recuerdo el contenido de sus palabras porque mi pensamiento vagaba ya a galope tendido, desbocado, entre fotograma y fotograma. Acababa de verla interpretar en la filmoteca una de sus obras maestras, en versión original, To have and have not y la confusión provocada por su extraordinario parecido hacía que cada minuto que transcurría fuese más irrelevante la diferencia entre la réplica y el original.

-¿Nos conocemos? Me preguntó sin rodeos.
-Disculpa que sea tan directa -me dijo-, pero siento una extraña familiaridad contigo desde que te he visto entrar.
Durante unos minutos estuvimos repasando sistemáticamente nuestros currículos, nuestras aficiones y nuestros lugares favoritos para intentar, sin éxito, encontrar coincidencias, o amistades comunes que pudieran explicar esa extraordinaria y sorprendente proximidad afectiva que ambos habíamos experimentado desde el primer momento en que nos vimos. El miedo a que me tomara por loco impidió que le contara la verdad. Yo sí sabía la razón de nuestra conexión afectiva, pero, ¿cómo podía confesarle que nos conocíamos desde hacía muchos años, desde que vi su primera película y que desde entonces quedé perdidamente enamorado de su belleza, de su elegancia y del magnetismo de su mirada?

-¿Crees en la reencarnación? Me preguntó, entre misteriosa y divertida. -Dicen quienes creen en ella -prosiguió-, que la coincidencia en una vida anterior podría ser la explicación de que algunas personas se reconozcan sin haberse conocido. -En realidad -afirmó con rotundidad, esta vez con el tono serio y reflexivo de quien revela sus certezas interiores-, la capacidad para ver más allá de las apariencias es lo que hace que algunas personas sintonicemos con otras por razones inexplicables. Intuimos cualidades, suponemos correspondencias y nos lanzamos a la arriesgada aventura de descubrirlas, a veces, durante toda una vida.

El rescoldo de racionalidad que todavía conservaba me hizo sonreír, pero, afortunadamente, al estar boca abajo en la camilla, no advirtió mi inoportuno gesto. Inmediatamente reaccioné frente al torpe impulso de la realidad, medité sobre el fondo de su argumentación y recordé a mi admirado Saint-Exupéry. «Lo verdaderamente importante en la vida es invisible a los ojos de la razón»,decía el Principito. Las verdades más importantes sólo se identifican con los ojos de la imaginación y la belleza. Recordé que las razones verdaderas son las del corazón y advertí con claridad meridiana que el mío había decidido dejarse llevar hasta el final por la poderosa verdad de su mirada.

La fuerza penetrante de unos ojos traspasa los muros de los convencionalismos sociales, supera las barreras del idioma y logra impactar de manera directa el fondo de nuestras almas. Nunca he entendido cómo es posible que haya quienes crean que cubriendo con tejidos y velos el cuerpo de una mujer se puede anular su capacidad expresiva. ¿Es posible encontrar en algún lugar mayor transparencia, convicción y sinceridad que en una mirada?¿Cómo no confiar en la suya, tantas veces deseada y, por fin, alcanzada?

Mientras me recreaba con estas consideraciones seguía disfrutando de las suaves caricias de sus manos. Ahora ya no presionaban con intensidad y firmeza, sólo desplazaba de manera amable y rítmica sus dedos por mis sienes y por mi nuca. Hacía rato que había dejado de hablarme para acompañar su sonoro silencio con los exclusivos mensajes de una fluida, aromática y untuosa comunicación corporal. La intensidad de la experiencia había superado todas mis expectativas, había dejado mi cuerpo tan exhausto como satisfecho después de una sucesión de emociones inexplicables. Mi imaginación había alimentado mi hambriento corazón, como había anunciado el genio de Nueva Orleans en la letra de su canción. «Cuando estoy solo con mis fantasías€yo estaré contigo. Teniendo romances€creyéndome que son verdad».

-Puedes vestirte, me dijo mientras salía hacía la recepción.
Cuando abrí la puerta para salir, giré la cabeza para despedirme y observé que, sentada en la mesa, me miraba de soslayo, con una extraña mezcla de complicidad y amable provocación. Su mano sujetando la mejilla derecha, la cabeza ligeramente inclinada hacia ese mismo lado, su barbilla casi pegada al pecho y una larga y brillante melena rubia ocultando parcialmente su enigmática mirada.
Con una sola frase de despedida logró estremecer todo mi cuerpo.
-Si me necesitas, llámame. ¿Sabes mi número, verdad? Sólo tienes que marcar.
Definitivamente, era ella. Betty Joan Perske seguía viva, reencarnada en el cuerpo de Laura y, por extraño e incomprensible que pareciera a los ojos del mundo, había conseguido convertirme aquel día en el mismísimo Humphrey Bogart.

El día 12 de agosto se cumplen tres años del fallecimiento a los 89 años de Lauren Bacall (Betty Joan Perske), modelo y actriz de teatro y cine. Estuvo casada con Humphey Bogart.

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