Los nuestros
La colección de Ángel Fernández Saura

Marcos Salvador Romera

06.08.2017 | 04:00

Le he llamado de muchas formas, le he calificado sorprendiéndome siempre de sus capacidades humanas y artísticas, he aprendido de su carácter positivo ante cualquier guerra propia o ajena. Es un adulto magnífico que lleva dentro un niño multiplicado, de los rebeldes, de los cuidadosos, de los inquietos, de los curiosos, de los aplicados. Se llama Marcos Salvador Romera Navarro, hijo de don Buenaventura Romera Egea, maestro, poeta y jardinero; y doña Teresa Navarro Salas, maestra. Un árbol genealógico de oro, si es que el oro fuese mejor materia –que lo dudo– que la madera de almendro o de olivera de nuestra tierra, con el que el artista juega a veces a hacer bastones. A este pintor le entusiasma la naturaleza, su árbol de Navidad es el tronco de una pitera, lo que llaman un ´arcibarón´, el canto del cisne de la arcibara. Su mesilla de noche le delata: las obras completas de Machado y una fotografía de Picasso. No lejos de allí habrá, sin duda, un libro de adivinanzas de su padre y una pandereta. El kit de supervivencia.

Hizo Magisterio (estudiaba interno en los Capuchinos, por aquello de la coincidencia con el nombre paterno: Colegio San Buenaventura), sacó las oposiciones y tuvo escuela en el secano ardiente, en las pedanías de Lorca –La Escucha y La Escarihuela–, junto a su mujer, Isabel. Ya pintaba por entonces a la par que los críos de la Escuela, que nunca podrán olvidar la experiencia. Tocados andan desde entonces. Ocupó después cargos públicos en la Administración, en la Consejería de Cultura. Creo que se llamó Responsable de Artes Plásticas, el responsable de hacer exposiciones, para entendernos. Tiempos buenos. Las Bienales de Arte, San Esteban como Espacio, la recuperación de la Iglesia de Verónicas, un viaje a Rusia con los artistas, a Nueva York. Tocó la Gloria cuando le faltaba un asunto muy importante. Le nombraron director del Pabellón de Murcia en la Exposición Universal de Sevilla. El no va más. El mundo en sus manos. Y claro, como debía de ser por su obstinación, acabó condecorado por la Monarquía y en el Boletín Oficial del Estado. Tiene tratamiento de Excmo. Señor, pero yo que le conozco absolutamente, y él solo quería ser pintor. Y cruzó la línea de la jubilación, abrió las carpetas con la obra de toda una vida y se dijo ´aquí estoy yo y estas son mis criaturas´, y se vinieron abajo los firmamentos del ruido de los aplausos a sus exposiciones. La última fue ese Circo inviable para personas en su sano juicio. Alejado de una pintura comercial y convencional, es un esteta, una mano milimétrica, un talento, una limpieza, un ajuste de color, un embaucador de miradas viciadas en el arte, un poseído de la gracia para la pintura. Y, a continuación, ese lado suyo tan festivo que me produce tanta envidia, el flamenco, las saetas, las cuadrillas, todo el folklore, la poesía popular, la caricatura chispeante para una amistad incondicional. Un ser que no pertenece a este mundo borracho de inmundicias, un tipo sano y un artista de una vez.
Un ser irrepetible, aunque es verdad que tuvo un molde: su padre.

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