Relatos

La promesa (2)

18.07.2017 | 20:18

Carmen era hija de Antonia la costurera, cuyo marido había muerto en la Guerra Civil, cuando la cría apenas contaba con tres años de edad.

Vivían camino de la iglesia del Carmen, en una de las últimas casas antes del Pontarrón, o en una de las primeras de dicha zona según los que vivían un poco más abajo.

Tras la muerte de su marido, Antonia fue ayudada por su hermano Cristóbal, que tenía una tienda en la calle Boticas. Pero Antonia, que antes de la guerra se sacaba unos céntimos cosiendo y bordando tuvo que empezar a sacar pesetas, pues no había otro ingreso en la casa y no quería vivir toda la vida de la caridad de su hermano.

A los siete años Carmen ya empezaba a demostrar sus buenas cualidades con la aguja y el bastidor. Pronto empezaría a ayudar a su madre, cuyo arte en el bordado le había granjeado no pocas clientes entre las señoritas del pueblo.

Un día, a final de verano, el chacho Cristóbal, como lo llamaba Carmen, entró en la casa de su hermana y, viendo a madre e hija afanarse con el hilo dijo:

—Esta cría tendría que ir al colegio.

Ambas levantaron la mirada, Carmen con el rostro iluminado, pues era lo que más deseaba, y su madre con una expresión severa.

—La necesito aquí para que me ayude –dijo Antonia.
—Pero mujer —dijo Cristóbal levantando las palmas de las manos—, la niña debe aprender a leer y escribir. Un poco de educación no le vendría mal.
—Leer —dijo Antonia volviendo la vista a su quehacer—. Mira cómo acabó su padre, que sabía leer, con todos esos libros que le llenaron la cabeza de ideas y lo llevaron a la guerra.

La mirada de Carmen iba del uno a la otra como si su vida dependiera de aquella conversación.

—¿Pero no ves que en estos días todos los niños van a la escuela aunque sólo sea para aprender lo más básico? —preguntó él sentándose en un extremo del pequeño salón cuyo único ventanal estaba a ras de la calle.
—Lo que Carmen tiene que aprender es a coser, que es lo que nos da de comer.

Cristóbal era un hombre instruido que había hecho algo de fortuna, según él, gracias a la educación recibida en unos pocos años de escuela.

—Mira Antonia ­—comenzó a hablar su hermano como el que tiene un discurso preparado—, dentro de algunos años los hijos se avergonzarán de unos padres que, habiendo tenido la oportunidad, no sepan leer ni escribir; igual que ahora uno se avergonzaría de una madre que descuida su casa o de un padre que se deja los jornales en el Topo o en el Tío las Guijas.

Antonia levantó la cabeza y miró a su hermano y luego, fugazmente, observó el rostro expectante de su hija.

—Ya veremos —respondió al fin bajando la vista hacia la tela que tenía entre sus manos y continuando su trabajo.

Aquella noche Carmen no pudo dormir pues ansiaba ir al colegio como sus amigas.

Al día siguiente el chacho Cristóbal apareció a las ocho de la mañana con el uniforme del Colegio de la Pureza, una pizarra, un pizarrín y el Catón, que era un libro para aprender a leer.

—Si va a ir a la escuela no creo que deba faltar el primer día ­—dijo Cristóbal mientras terminaba de colocar todo lo que había traído sobre la tarima como si del escaparate de su tienda se tratase.

Carmen, que se había quedado como una estatua al ver todo aquello, dejó el tazón de sopas de café con leche sobre la mesa y miró a su madre con esos ojos que a Antonia tanto le recordaban a su marido. La madre asintió con un gesto casi imperceptible cerrando los párpados y, cuando levantó la vista de nuevo, Carmen ya estaba en la habitación poniéndose el uniforme.

Fue el chacho Cristóbal quien la llevó al colegio y, para la niña, aquello dio paso a una nueva vida.

Paco recordó cómo su amigo Ginés se había reído de él diciéndole con canturreos y bailoteos infantiles que estaba enamorado. Pero luego Ginés le contó que la niña se llamaba Carmen, que tenía ocho o nueve años y que era hija de Antonia la costurera.

Durante los días que siguieron a aquél de las bombas japonesas Paco se sintió confuso, su cabeza se llenaba de románticas historias junto a Carmen, paseando, jugando, riendo o, sencillamente, mirándola a los ojos. No sabía si se podía estar enamorado de una niña de nueve años, ni siquiera sabía si él, con doce, era lo suficientemente mayor para pensar en casarse, pues estaba seguro de que era lo que quería hacer. Paco pensaba en Carmen a todas horas, en hacerla feliz, en ofrecerle el Mundo, en realizar por ella las gestas que había leído en los tebeos de aventuras. Estuvo así durante semanas, pero la dureza de la vida cotidiana le hacía volver a la realidad y le enseñó a tener paciencia.

Los grupos de tamboristas iban y venían por la plaza y hacían menos monótono el singular paseo de Paco, que ya llegaba a su quinta hora. Fue antes del primer cuarto de las cinco de la mañana cuando Paco notó que alguien tocaba el tambor junto a él y le acompañaba por la parte exterior de su recorrido.

—¿Cómo estás? ­—le gritó su acompañante que también iba encapuchado.

Era su amigo Ginés, su mejor amigo. Ginés era duro por fuera y no había pelea que perdiese, pero leal y generoso por dentro. Sólo él conocía la identidad de aquel loco que estaba dispuesto a tocar sin descanso durante doce horas seguidas.

Porque no era lo mismo que estar toda la noche viviendo la fiesta del tambor, en la que los mozos paraban para beber vino o agua, comer algo, dejar el pesado instrumento unos momentos en el suelo y sentarse en un portal, un banco o en la silla de una taberna. Aún así, muchos acababan con las manos ensangrentadas y las muñecas desencajadas. Lo que Paco estaba haciendo no era lo mismo. Era peor. Era imposible.

Pero Paco había sido previsor en algunas cosas ya que, en vez de esperar a abrirse las muñecas para luego vendárselas se las había liado fuertemente con tiras de tela antes de las doce de la noche. También llevaba unos guantes que durante las dos primeras horas habían amortiguado en parte el roce de los palillos, pero que ahora ya estaban rotos. El ritmo que llevaba no era eufórico pero sí firme, y cambiaba de redoble y cadencia cada pocos minutos. Su caminar era lento pero inalterable.

Ginés y él lo habían hablado el día antes y Ginés seguía pensando que su amigo no aguantaría por muchas técnicas que emplease. Porque tocar el tambor es algo duro si se quiere hacer bien y Paco era de los que hacían las cosas bien.

Ginés estuvo tocando a su lado hasta las seis y media, luego se marchó prometiendo que volvería para estar cerca de él en las últimas horas de aquella gesta.

La compañía de su amigo, con el que no cruzó palabra, fue verdaderamente reconfortante pero, una vez se hubo marchado, Paco hizo un análisis de la situación. Estaba refrescando, lo que no dejaba de ser un alivio pero sus piernas y sus brazos comenzaban a sentirse doloridos. Aunque había algo peor que eso, Paco tenía sed, sentía su boca seca. En la huerta, trabajando con su padre, sabía que a la sombra de un árbol siempre estaba el botijo, incluso pasaba mañanas enteras sin acercarse a él. Pero sabía que estaba allí y que podía beber cuando quisiera. Ahora no había botijo y su garganta se resentía del esfuerzo.

Enseguida el cielo comenzó a clarear y Paco supo que le esperaba lo peor: el Sol.

Volvió a hundir su mente en pensamientos y recuerdos para poder seguir tocando mecánicamente, como un muñeco de cuerda que no siente dolor ni cansancio.

Paco recordó entonces lo bien que se le daban las cuentas y cómo aquello fue empleado favorablemente en mejorar el negocio familiar, que no era otro que el de doblar la espalda y arrancarle a la tierra el pan diario.

Mañana, tercera entrega.

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