Relato de verano

Y el lobo bajó de la sierra

Le gustaba el apodo, ganado en su juventud cuando se enfrentó a una manada de lobos que pretendía hacer presa del ganado que pastoreaba...

19.07.2017 | 21:20

Aterrado. Petrificado. Paralizado por el miedo e incapaz de hacer absolutamente nada. Ésa fue la reacción que tuve en mi primer encuentro con el Lobo... Nunca podré olvidarlo. Yo tenía sólo cinco años y acababa de recibir un tremendo latigazo, propinado con su fusta en mis piernas desnudas. Ése fue su saludo. Mi padre se había parado a presentarle sus respetos y el Lobo, sin más, le respondió de aquella brutal manera. Aún recuerdo los ojos inyectados en ira de mi progenitor, sus puños crispados, listos para repeler la agresión que había sufrido su hijo, y las palabras que dijo el Lobo a continuación, enseñando sus fauces en una mueca que pretendía ser algo parecido a una sonrisa: «Enhorabuena, Alfonso, no llora; este zagal es valiente».

Y sin más le dio una palmada en el hombro, se dio media vuelta y subió a su caballo, dispuesto a emprender el camino de vuelta a su mansión de Portmán. La escena, frente a la imponente mole de la recién levantada Casa del Piñón, no había levantado apenas atención en la siempre bulliciosa calle Mayor de La Unión de aquel año de 1905, pero a mí se me quedó grabada para siempre. Tampoco le dieron más importancia los cuatro pistoleros que, ya en sus monturas, no habían perdido ojo de mi padre en ningún momento y que, revólver al cinto y escopeta al hombro, guardaban siempre las espaldas de su jefe. Como otros, formaban parte de ese pequeño ejército privado que se encargaba de guardar el orden en sus dominios. Porque en los territorios del Lobo, él era la Ley.

Se llamaba Miguel Zapata Sáez, pero todo el mundo lo conocía como el Tío Lobo. Y a él le gustaba el apodo, ganado en su juventud cuando se enfrentó a una manada de lobos que pretendía hacer presa del ganado que pastoreaba. Y ganó la contienda el joven Zapata, que incluso logró acabar a palos con la vida de uno de los animales agresores. Así era él, nunca daba un paso atrás. Y sin duda fue ese espíritu intrépido el que le hizo abandonar su San Javier natal para buscar fortuna en el cercano municipio minero, donde comenzó regentando un humilde ventorrillo en el que saciaba la sed (siempre más moral que física) de los sedientos trabajadores del inframundo subterráneo.

De ese modo fue como se inició la historia vital y empresarial de un hombre forjado a sí mismo y fiero como pocos, al que tuve ocasión de conocer bien con el transcurso de los años, y que fue dueño de haciendas y almas, señor absoluto de una época en la que, gracias a una inteligencia extraordinaria, una fuerza de voluntad descomunal y un corazón absolutamente despiadado, logró levantar el mayor imperio que jamás vieran los tiempos en la Sierra Minera de La Unión.

Hoy sé que aquel latigazo no me lo dio por crueldad, sino sólo para probar el material del que estaba hecho. En su particular escala de valores, el ser duro era un requisito imprescindible para merecer su respeto. Y al que flaqueaba lo más mínimo, simplemente lo despreciaba, como a la escoria de sus fundiciones. Tampoco es que esa dureza mereciera para él otro tipo de consideración, pues las condiciones laborales que imponía a sus trabajadores eran siempre leoninas, pero al menos te daba la opción de ganarte un mendrugo de pan que llevarte a la boca.
Mi padre era maestro aunque, a instancias del fino olfato de mi madre, poco tiempo después de aquel incidente decidieron montar una librería, actividad que apenas un par de años después ampliaron con una imprenta. La Unión contaba por aquel entonces con más de cuarenta mil habitantes, la gran mayoría de ellos obreros analfabetos, pero de manera simultánea se daba la paradoja de que (gracias al dinero que surgía de sus minas) gozaba también de una intensa vida social, promovida por una pujante burguesía que siempre quería estar a la última. Y el caso es que el negocio funcionaba y nos iba bien.

De hecho, no había acontecimiento que no pasara por nuestras manos, y desde las funciones que a diario programaban los tres teatros de la localidad (siempre peleándose sus dueños por conseguir los estrenos de las mejores compañías de Madrid), pasando por las corridas de toros, los circos y, por supuesto, las actuaciones de cante y baile flamenco que ofrecían todos los días las decenas de cafés cantantes, todo quedaba protocolizado en los carteles que se imprimían en nuestro taller. Aunque también es cierto que reproducíamos otros documentos menos amenos, como los tristemente famosos vales que usaban los empresarios mineros para ´pagar´ a sus trabajadores...

Y fue así como tuve mi segundo contacto directo con el Lobo. Contaba yo con doce años, y lo había vuelto a ver infinidad de veces, pero siempre desde la distancia, hasta justo aquella tarde en la que traspasó la puerta de nuestro comercio y me encontró solo tras el mostrador, pues mis padres habían decidido asistir al multitudinario entierro de varios mineros fallecidos el día anterior, en el último accidente mortal sufrido en el interior de una galería. Por supuesto Zapata no me reconoció, pero le debió gustar lo que vio, pues aquel día le sugerí que todos los vales y documentos de sus incontables compañías tuvieran un denominador común que sirviera para identificarlos: la efigie de un lobo negro impresa en sus encabezamientos. Y mientras su mirada de satisfacción se clavaba en mí, las fauces de esa media mueca que pretendía ser sonrisa volvieron a aflorar en su rostro...

A partir de ahí empecé a trabajar como aprendiz en sus oficinas, pero sin abandonar nunca mis estudios, pues fue ese el trato al que mi padre llegó con el Lobo. Y tuve infinidad de ocasiones de ver cómo era de verdad aquel hombre que quitaba y ponía ministros en Madrid, que tuteaba y llamaba ´cojo´ delante de todo el mundo al todopoderoso Conde de Romanones o que, harto de la indolencia de sus hijos, decidió fiar el futuro de su imperio a la fuerza y brillantez de su yerno, José Maestre, a quien en su día había contratado como médico y llegó a casar de forma consecutiva (tras el fallecimiento de la primera) con dos de sus hijas para asegurar el mantenimiento de su estirpe.

Vi cómo administraba justicia (su implacable justicia) entre vivos y muertos; vi cómo trabajaba a diario sin descanso, bajando incluso al tajo de los pozos o entrando en los infiernos de sus fundiciones siempre sin pestañear; vi cómo se enfrentaba (pistola en mano) a violentas revoluciones obreras con una sangre fría y un cuajo que cortaban la respiración; vi cómo su carácter visionario le permitió crear el gran monopolio de la industria minera, pues fue el primero en entender que controlando minas, lavaderos, fundiciones y el transporte de los metales hasta su destino tenía el dominio absoluto de todo el proceso productivo; vi, en suma, cómo se forjaba su increíble leyenda.

Hoy ya no quedan hombres como el Lobo. Fue un ser temido y odiado, pero siempre respetado. Y en estos momentos, cuando se acerca el final del siglo que me vio nacer, y con él el de mis días, sigo sin haber aclarado mis sentimientos respecto a él. Nunca me gustaron ni su soberbia, ni su dureza con el mundo, especialmente con los más débiles, pero tengo que reconocer que jamás he vuelto a conocer persona alguna con tal nivel de valentía y determinación.

Mis cansados ojos han visto muchas más cosas fascinantes desde que falleció el Lobo allá por 1919, pero eso son ya otras historias. Ahora observo con pesadumbre como mi ciudad vuelve a vivir otra de sus crisis cíclicas. Acaba de cerrar la última de las minas y el año pasado cesaron (por fin) los vertidos a la Bahía de Portmán. Dicen los políticos que pronto van a comenzar las obras de regeneración y que la rada volverá a brillar como en los tiempos en los que atracaban en ella los majestuosos buques del Lobo. Creo que yo ya no lo veré, pero tal vez sí lo hagan algún día mis hijos y nietos. La Unión tiene aún mucha riqueza por explotar y estoy seguro de que puede volver a vivir de sus minas, pero pensando en el turismo, que ahí es donde está el futuro. Ojalá alguien lo entienda algún día. Aunque de lo que sí estoy seguro es de que el Lobo ya lo habría visto; y de que estaría manos a la obra, esbozando esa fiera media sonrisa suya, mientras calculaba los beneficios que podría sacarle a la venta de entradas si hacía visitables sus minas para los turistas...

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