Relatos

El mejor verano

18.07.2017 | 23:22

A veces me da remordimientos sentir que aquél fue quizá el mejor verano de mi vida.
«Vuestro padre es un hombre muy ocupado», nos solía decir mamá a mis dos hermanos y a mí. Él pasaba horas encerrado en su despacho, al que no sé por qué llamábamos despacho si en él sólo había unos juguetes antiguos de mi padre (que no nos dejaba tocar), revistas de coches, una mesa con una divertida silla giratoria (que pilotábamos cuando él no estaba) y un ordenador.
Lo que hacía allí dentro papá era todo un misterio. No se le podía molestar durante las tres horas aproximadas que se tiraba encerrado en ese cuarto cada día. Venía de trabajar, comía en la cocina antes que nosotros para estar tranquilo (es que estaba sometido a mucha presión, aseguraba mamá), decía que todo estaba mal, que mi madre había colocado no sé qué historias fatal en el frigorífico, que no estábamos bien peinados, que la ropa nos quedaba grande o pequeña, que no olía a suavizante y no sé cuántas cosas más que mamá había hecho de manera horrible y se atrincheraba en el despacho hasta la hora de la cena, que volvíamos a hacer por separado, pues nuestro padre seguía cansado y ocupado.

El caso es que poco antes de las vacaciones, papá se fue a trabajar y no regresó. Dice mamá que está de viaje, pero la he escuchado hablar con tía Enriqueta y ella dice que siempre fue un flojo y un cobarde y que ella esto se lo veía venir.
La cosa es que cuando papá desapareció nos fuimos a veranear a la playa, a casa de tía Enriqueta, pero la verdad es que pasábamos el día en la orilla. Allí comíamos y el señor Ernesto, el dueño del chiringuito con nombre de contable, nos regalaba helados y tapas y llamaba a mamá ´hija mía´ y le insistía en que contase con él para lo que necesitase. A mí me recordaba a Papá Noel y no veía descabellado que, en verano, Santa Claus ocultase su identidad en un chiringuito de playa. Yo creo que el señor Ernesto le ponía ojitos a la tía y a mí eso me parecía bien porque a lo mejor la tía Enriqueta era Mamá Noel y yo no lo había sabido todo este tiempo.

Mamá no tomaba su medicación, tampoco acudía a las sesiones esas que la dejaban tan cansada y a veces la hacían vomitar y, debajo del pañuelo que siempre llevaba en la cabeza, se le veía crecer el pelo.

Tía Enriqueta la sermoneaba por no tomar la medicación y mamá respondía que para qué, que mejor calidad que cantidad. Sin embargo, se empeñaba en que yo continuase tomando mis inhaladores para el asma. A mí eso no me parecía nada justo, pero no podía rebatir el «porque lo digo yo, que soy tu madre» de mamá.

Mamá me daba muchas charlas del tipo «eres el mayor. Tienes que aprender a cuidar de tus hermanos y ahora que no está papá eres el hombre de la casa, que se note». Así que yo me imaginaba que a nuestro regreso debería pasar horas encerrado en el despacho. Eso estaría bien un tiempo, pues podría jugar con las antiguallas de papá, pero después seguro que me aburriría y me sentiría muy solo.
Por la noche nos tumbábamos en la arena y hacíamos el ángel como la gente de las películas y mamá nos contaba historias de niños valientes que siempre salían adelante solos, y observábamos las estrellas. Mamá sabía sus nombres y nos relataba que en cada una de esas estrellas habitaban las personas que morían y cuidaban de los que dejaban en la Tierra.

Desde la terraza de la casa de tía Enriqueta se podía ver el cine de verano y mamá nos dejaba ver las dos películas y tomar las palomitas que el señor Ernesto nos regalaba, e incluso beber Coca Cola. Mis hermanos y yo nos peleábamos por sentarnos al lado de mamá para ver las pelis y nos íbamos turnando o lo echábamos a cara o cruz.

La tía Enriqueta me obligaba a llevarle el desayuno a mamá cada día y me decía que si era bueno para trasnochar, también era bueno para madrugar. Una mañana le preparé unas tostadas con forma de corazón y ojos de mermelada. Mamá no despertaba, la toqué y estaba fría, fría como las personas que nunca más verán el mar, como las personas que nunca verán el cine de verano desde una terraza ni desde cualquier otro lugar, fría como las personas que no volverán a hacer el ángel en la arena ni escucharán al mar susurrar ni contarán historias, fría como las personas que ya sólo podrán cuidarte desde las estrellas.

Tía Enriqueta me preguntó si quería que avisase a papá para el funeral y yo le dije que no, que estaba delante del hombre de la casa y que mi padre, sin duda, era un señor muy ocupado.

Y así acabó el que, muy a mi pesar, será el mejor y el peor verano de mi vida.

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