Los Nuestros
La Colección de Ángel Fernández Saura 

Manuel Avellaneda, 1996

No temía al tamaño y situaba en el caballete un gran lienzo junto al camino frente al horizonte alcanzable y reconocible

15.07.2017 | 21:02

Dueño del paisaje

Al pintor Manuel Avellaneda lo incluyeron los estudiosos en la última Escuela de Vallecas, la que, en su primera construcción, lideraba Benjamín Palencia. Pronto marchó el artista a Madrid; a estudiar, pero sobre todo a vivir una vida de aprendizaje junto a los maestros. Una foto en el estudio de don Daniel Vázquez Díaz, en los cincuenta, lo delata. A pesar de la juventud y de las posibilidades familiares que le otorgaba su condición de hijo único, la vocación supo sacar partido a sus experiencias. Empezó a pintar bravamente, con fuerza en el color; un fauvista en ciernes. Frenando su ímpetu colorista con el paso del tiempo, conociendo 'cocinas' de algunos maestros como Arias o Beulas. Aquel pintor que se convirtió casi en exclusiva en paisajista comenzó la gran experiencia del grabado al conocer a Dimitri Papagueorguiu, un auténtico maestro de la especialidad, y a Manolo Repila, un estampador magnífico que trabajaba para Ediciones Casariego, la difícil técnica de la litografía auténtica en piedra. Avellaneda editó una carpeta de litos dedicada a Azorín, ya en Murcia. Tuvo en nuestra capital taller propio con tórculo manual para sus grabados al aguafuerte. 

Su condición de paisajista era contagiosa, de ahí que algunas veces nos viéramos en la aventura de acompañarle al natural, según el estado de ánimo, con las artes de pintar o con las del fotógrafo o el cineasta; en cualquiera de los dos casos siempre resultaba fascinante verlo atrevido, osado en la potencia, luminoso e incansable. Manolo Avellaneda era capaz de situarse frente a los grises y los malvas de las lejanías, junto a los primeros términos del color de la almagra, en el medio camino del verdoso de las oliveras, con la pasión de un cazador al acecho, fumando sin descanso ¡ay, fumando! ganando unos pasos de distancia para ver hacerse la obra. Y así, ir ganándole terreno al tiempo escaso de la luz de la mañana, la de las primeras horas porque la del mediodía deja el paisaje blanco a fuerza de luz. 

Con el tiempo fuimos confundiendo los paisajes con sus cuadros; sensibilizó su paleta y se dejó influir por las maneras pictóricas de dos grandes pintores, Andrés Conejo y Ramón Gaya. No temía al tamaño y situaba en el caballete un gran lienzo junto al camino frente al horizonte alcanzable y reconocible.

Con Avellaneda tenemos afinidad en el paisaje, complicidad en los secretos que hace auténtica a la pintura. Como en la obra del maestro Zabaleta, en la de Palencia o en la de Ortega Muñoz, hay en la suya un eco que es denominador común a los mejores paisajistas españoles. Pero pasados por la retina murciana de sus raíces irrenunciables, descubriendo color en ese gris del secano ardiente. 

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