El deporte en primera persona
Entrevista

Inma Torres: "Me retiré con 36 años y solo coticé dos porque me los pagué yo"

Comercial del mueble y exjugadora de voleibol fue la primera murciana en disputar unos Juegos Olímpicos

15.01.2018 | 00:19
Inma Torres.

Inmaculada Torres Cerezo (Murcia, 31 de diciembre de 1971) fue en 1992 la primera mujer murciana en disputar unos Juegos Olímpicos. Lo ha ganado todo y tiene un palmarés envidiable tras ser profesional desde los 17 a los 36 años. Y, pese a ello, nunca tuvo contratos con Seguridad Social en una época de precariedad para las mujeres deportistas de su generación.

¿Quién le dijo que podía ser jugadora de voleibol?
Yo jugaba en el colegio San Pablo al baloncesto y mi hermano estaba metido en ese mundo porque era árbitro, pero no sé por qué conocía a Pepe Valera. Llegó un momento en el que me cansé del baloncesto porque la gente no se lo tomaba en serio, no iba a entrenar, y fue mi hermano quien me llevó a jugar al voleibol.

¿Qué edad tenía?
Tenía 13 años, estaba en 7º de EGB creo. Empecé a entrenar con Valera y estaba por allí Jesús Sánchez Jover, que era de mi edad, y su hermana Carmen María. Estuve un par de años hasta que el Tormo Barberá hizo una selección por toda España y me llamaron a mí y a otras seis chicas del país.

¿No le pusieron pegas sus padres para irse?
No, qué lástima, mi padre me preguntó «¿tú quieres?».

Pero entonces pocas chicas hacían deporte.
No, pero yo me iba a las seis de la mañana a entrenar antes de entrar al colegio. Intenté que mi hermana también viniera, pero no quiso. De hecho, en mi casa solo yo he hecho deporte y cuando venían a verme no sabían qué era el voleibol ni que el balón era redondo.

Desde que se fue ha estado muy poco tiempo en su tierra pese a haber tenido aquí buenos equipos.
Me fui con 15 años y después estuve un año en la Blume de Barcelona preparando los Juegos, aunque la idea es que estuviéramos tres. Pero la Federación no lo hizo bien, y nos fuimos después de un año otra vez a los clubes porque las chicas estábamos un poco apartadas, como ahora, no nos engañemos.

Y eso que las mujeres sacan las castañas del fuego en los Juegos Olímpicos.
Sí, fíjate las chicas del baloncesto lo que han hecho, pero los cracks son los chicos, los que tienen buenos contratos. O como las del balonmano, que nadie se entera de lo que hacen. Se ve también en los contratos con Seguridad Social, en condiciones.

¿Alguna vez tuvo un contrato de esos?
No, yo acabé mi vida deportiva con 35 0 36 años y tuve que empezar a ser persona.

Vamos, que no había cotizado nada.
No, coticé un par de años antes porque me pagué yo los seguros sociales. Me he dedicado más de veinte años al deporte profesionalmente y no he cotizado. Mi vida laboral empezó a contar cuando dejé de jugar. Dedicas tu vida al deporte y no a formarte y mira lo que pasa. A mí me gustaba lo que hacía y por eso estuve más tiempo de lo que debería, porque quizás tendría que haber parado antes para buscarme una vida profesional...

¿Pero se arrepiente?
No, no te tienes que arrepentir, sino aprender. No me arrepiento porque lo he disfrutado. Siempre le he buscado un lado positivo a todo lo que he hecho.

Es que usted es un caso raro en el deporte femenino, porque no es asiduo que una mujer siga con 36 años.
No te creas, hay jugadoras que están ahí con 50 años. En mi época también hubo gente que aguantó bastante, como una chica de Menorca, que estuvo hasta los 35 y después le ofrecieron trabajar en el Ayuntamiento.

¿Se acordó de usted alguien cuando se retiró?
No. Lo único es que cuando me retiré me llamaron del equipo de la Universidad para que les echara una mano, pero dije que no porque quería tener tiempo para mí después de tantos años sin vacaciones, ya que desde los diecisiete años estuve en la selección y no descansaba nunca.

¿Cree que se ha perdido muchas cosas en la vida?
Hombre, tengo envidia sana de mi hermano porque sigue en contacto con sus amigos del instituto y yo no tengo esa gente, tengo a mis amigos desperdigados. Pero hay otras cosas porque he vivido otra vida. Por ejemplo, yo no he pedido un duro en mi casa desde que tenía 15 años y mis padres no me tuvieron que dar paga. Tuve la suerte de que me llamó el Real Madrid del voleibol, que entonces me pagaba 15.000 pesetas, que era una barbaridad.

Y debió madurar a marchas forzadas.
Claro, el primer año lo pasé mal porque además era la pequeña del equipo, me dejaron un poco de lado y era muy tímida, pero me enseñaron a no serlo. Lloraba en el tren, pero cuando estaba llegando a casa me secaba las lágrimas para que no me vieran mis padres. Eso te curte.

¿Le costó aclimatarse a la vida tras el deporte?
No. Hay gente que sí lo pasa mal, pero yo cambié mi vida totalmente, me dediqué a trabajar. En Ávila jugué hasta 2005, me hicieron un homenaje y colgué las botas. Me vine para Murcia y monté con un amigo el Grupo 2002, donde jugué y fui directora deportiva un año, pero ya estaba trabajando y fue una locura.

¿No le hubiera gustado seguir en el deporte?
Realmente no lo sé porque no me lo plantearon. Igual en ese momento hubiera probado porque no acabé saturada del deporte, pero es que llegó un momento en el que tenía 36 años y veía que tenía que cotizar algo. A lo mejor cuando lleguemos a la vejez no tenemos pensión, pero tenía que plantearme ser persona.

Gente de su generación tiene buenos puestos hoy en día tras ser olímpicos. ¿Usted no supo venderse?
No, no he sido nunca de venderme. Hay mucha gente que da el follón y al final entran, pero siempre he sido muy comedida. De hecho hay clientes míos que se han enterado ahora de que yo fui olímpica, pero es que nunca he ido contándole mi vida a nadie. Nunca he sido de presumir y cuando mis padres lo cuentan, les digo que se callen porque me da vergüenza.

¿Y nunca sacó los galones?
Únicamente una vez lo hice con una chica joven, estando en Ávila, que me hinchó las narices porque se fue de fiesta y luego decía que le dolía la espalda. Se lo tuve que explicar y le dije que cuando consiguiera la mitad de cosas que yo en el deporte, como ligas, copas y jugar en la selección, que hablaríamos. Al día siguiente me sentí mal aunque se lo dije por su bien, no por nada. Después nos hicimos amigas y nos llevamos genial. Tuve que ponerla en su sitio, pero nada más.

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