Pasando la Cadena

Piqué, emoción y goles

17.10.2016 | 04:00
José Luis Ortín

Lo de Piqué es pura emoción, pero equivocada. El fútbol ya tiene de por sí un bagaje de emociones para hacerlo el deporte más seguido del mundo, y seguramente el más adictivo aunque a veces, cuando no hay goles ni asomo de ellos, se aburran hasta los que pasean por la puerta del estadio.

Como nos han enseñado los que entienden, el arte bueno no es el más bonito, ni el más aparente ni el más fiel con la realidad, sino el que emociona, y ese es también el fútbol bueno. Lo que ocurre es que demasiadas veces le echamos condimentos extraños a su salsa y al final nos envenenamos. Mezclar ideología política con deporte es antinatural, y no solo en el Barça y en Cataluña son expertos en tal bodrio; en el resto de España, aunque pongamos la excusa de la reacción, también pintamos bastos cuando deberíamos mostrar oros. Justo el calor que nos calienta a los aficionados al fútbol sin más.

Como tantas veces reiteramos, Piqué, como antes Guardiola, Puyol, Capdevila o Xavi, y antaño Ricardo Zamora, Rexach y compañía, se han partido siempre el pecho por nuestra selección, la española, la de todos, la que tanto nos ha emocionado en la última década. Como también nos emocionó la final del europeo del 64 contra la URRSS a los que nos asomábamos al fútbol hace más de cincuenta años, con el inolvidable gol campeón del zaragozista Marcelino, el magisterio del barcelonista Suárez, las internadas del madridista Amancio, los tres gallegos, y las paradas del jovencísimo vasco Iríbar. Así debería ser siempre.

Siempre hay un tonto para cualquier ocasión, y el periodista que se sacó de la manga lo del corte de las mangas de Piqué el otro día, aparte de la demostrada mentira sobre su intencionalidad, y ahí le traicionó el españolismo ramplón que tantos llevan dentro; demostró palmariamente que no solo por el Nou Camp cuecen habas. Y el de Shakira se ha hartado, con toda la razón del mundo. Confundir al Real Madrid y el madridismo con España es otra sinrazón emocional en el fútbol, y por ahí empezaron los pitos absurdos en cualquier estadio español al que seguramente es uno de los tres mejores centrales del mundo. Prescindir de Piqué sería propio de aquella España de charanga y pandereta que cantara don Antonio Machado. Claro que también escribió el enorme poeta sevillano en un mínimo poema, que en España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa. La pena es comprobar cómo de vez en cuando hay que darle la razón.

La vuelta de la Liga nos ha deparado goleadas de los grandes y el afianzamiento del Sevilla de Sampaoli, en busca de su vistoso ideal de juego. Las del Atlético y el Real han sido de escándalo, y el Barça ha vuelto al camino tras el fiasco de Vigo. Luis Enrique ha recuperado a Messi y Zidane el ritmo de su equipo, mientras Simeone empieza a ver los frutos de su apuesta por algunos jugadorazos en ciernes como Carrasco y Gaitán, igual que hizo con Godín, Koke o Juanfran. El ojo del argentino para anticipar talentos es memorable. Y su buena mano para reinventar grandes equipos temporada tras temporada, con mucho menos presupuesto que sus dos grandes rivales, también. Es el entrenador más importante de nuestro fútbol reciente tras la marcha de Guardiola y la triste desaparición de Luis Aragonés. Tiene a los colchoneros en la misma excitación emocional que el catalán tuvo a los culés y el madrileño a los españoles.

Y parecida emoción, aunque a mucha menor escala, de momento, es la que se empieza a sentir en Murcia por el UCAM, tanto en baloncesto como en fútbol, aunque Reverte y Salmerón dispongan de un presupuesto austero. El otro día en Mallorca unos pocos la sentimos en las gradas de Son Moix, y en el Palacio la sintieron miles de murcianos en su debut triunfal europeo. Esa sanísima emoción deportiva va calando poco a poco en Murcia y al final será diluvio, porque, como decimos en la huerta, el agua siempre va a lo hondo y no pide escrituras. Una institución cuyo patrocinio acapara la mayoría de las medallas olímpicas de España no es flor de un día. Esperemos, y ojalá, que su apuesta por el deporte murciano sea la suerte de tantos miles de aficionados que ayunan en la región, huérfanos de colores con los que emocionarse a goles cada jornada.

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