YAYO DELGADO
Los taxistas son siempre una buena vara de medir. Política y fútbol. Es dejar caer un detalle, y ellos saben perfectamente tirar del hilo y darle forma a ese siempre recurrente esbozo de ´lo que opina la calle´ que suele estar en la boca de quienes pulsan opinión pública en las redacciones de los medios. La perspectiva de la cliente del mercado, el de la barra de un bar o el currela que lee el periódico carajillo mediante antes del amanecer, hilvanada tras cientos de conversaciones entre tópicos por quienes son receptores de todas esas ideas que fluyen, con la mirada puesta en el espejo retrovisor. Los taxistas son guardianes de respuestas.
Me gusta hablar con ellos, en general, pero sobre todo, cuando salgo de Murcia, y comparar, qué remedio, que somos muy de pueblo los españoles. Conducía un viejo Lancia destartalado, matrícula de Roma, de las antiguas, blanco sobre negro. Del espejo retrovisor colgaban dos dados de terciopelo rojo y amarillo. No llegaba a cuarenta. Fino, risueño, pero serio, fresco, con una chupa de cuero con capucha, vaqueros y unas Adidas Gazelle blancas y azules. - ¿Cuál es la mejor forma de ir al Stadio Olímpico? Después de una sucinta explicación, con números de autobús, precios y paradas, empezamos a hablar de fútbol, en ese lenguaje mediterráneo que mezcla español, italiano, inglés y ganas de entenderse.
"Luis Enrique tiene una idea clara de juego, pero necesita tiempo". "La Roma está hecha para jugar la liga italiana, le faltan jugadores para lo que quiere". "La gente sabe que hay un proyecto largo, que puede cambiar el fútbol italiano para siempre"... Después de unos minutos analizando su Roma, justificándola, preguntó por mi equipo. – Los españoles siempre son del Madrid o Barcelona… Después de su sorpresa por mi respuesta, siguió hablando de su Roma. Aliviado, cercano, cambiando el tono de su discurso, resumió lo que al día siguiente viví en la Curva Sud del Olímpico de Roma: "Este año no ganaremos nada… pero no importa, somos la Roma. No hay nada más grande. Mañana lo comprobarás".
Lo que comprobé es que durante 90 minutos el fondo sur al completo del Olímpico animó a su equipo. Tras los fallos en ataque y defensa, la curva aumentaba decibelios, y aunque la Roma fue muy superior al Parma (1-0 gol de Borini), efectivamente, mostró lagunas en su juego, en un partido clásico del Calcio, cerrado por todas partes, en el que los de Luis Enrique buscaron jugar el balón hasta el final, en su apuesta a largo plazo.
El taxista no cambio su discurso. Cambió el tono. Entendí muy bien cómo justificaba que la Roma no era el Madrid o el Barcelona, pero él se dio cuenta cuando le dije cual era mi equipo. No era la primera vez, seguro, que defendía a su Roma al volante, ante españolitos campeones de campeones. "Nosotros este año tampoco ascenderemos. Tampoco importa. Porque no hay nada más grande que ser del Real Murcia…" fue mi última respuesta. Me tendió la mano, la apretó y lanzó un Forza Murzia Sempre que me llegó al alma.
Cuando salía del Olímpico, devorado por la sana envidia de aquel sentimiento romanista, me acordé del taxista y me alegré por la victoria de su Roma. Luego, pensé en un romano en Murcia, preguntándole a un taxista por la Nueva Condomina… y casi despierto del sueño. No lo hice. Entonces me vinieron a la mente Monchi, Joaquín, Noemí, Juanico, Josu, Carlicos, Luis, Oliva, Gavin, Manolillo, David… y tantos otros, y sentí la fuerza de un sentimiento eterno, el mismo con el que estreché la mano a aquel taxista romano. El mismo que nos hará grandes algún día. Vale.