DIONI GARCÍA
Muchos dirán que soy un oportunista, que he esperado a que el Club Baloncesto Murcia despida a Manolo Hussein. Error. No se ha publicado antes para que nadie, en virtud del poder que se otorga a la prensa, nos pueda acusar de intentar influir en la decisión, de haber puesto en bandeja a los nuevos dueños de la entidad una decisión que sólo ellos podían tomar.
El despido de Manolo Hussein se debe a varios motivos basados en fuertes convicciones. El primero, el cambio de rumbo en la dirección que quiere hacer el grupo de José Ramón Carabante, empresario al que se está criticando por situar en puestos de confianza –algo lógico– a gente de su entorno –¿Es que no hicieron lo mismo hace unos años Juan Valverde y Polaris World?–. La segunda motivación tiene todavía mucho más peso: en los cuatro años que ha estado el canario en el banquillo murciano, sólo en dos ha cumplido los objetivos mínimos, el primero con el ascenso y el último con la permanencia. Como fracaso se puede calificar que en los otros dos cursos la nota fuera un aprobado raspado, ya que a muchos entrenadores les hubiera gustado disponer del presupuesto y plantillas que tuvo bajo sus órdenes Hussein. Por ello, la sensación que queda es que el baloncesto de élite murciano ha perdido una gran oportunidad de dar una importante salto cualitativo.
Los defensores de Hussein quizás no han reparado en detalles tan importantes con un denominador común: todos los jugadores jóvenes que han estado a sus órdenes han fracasado estrepitosamente. Varios ejemplos: Goran Dragic, el jugador joven con más talento que ha pasado por Murcia en los últimos años, que ahora juega una media de 25 minutos en la NBA, era aquí un base desvalido; otro tanto de lo mismo podemos decir de José Antonio Marco, quien se marcó un partido espectacular en Zaragoza en la única ocasión en la que forzosamente su entrenador tuvo que confiar en él; o Nenad Mijatovic, quien después de realizar un buen partido en su debut, se diluyó como un azucarillo. La excepción que rompe esta regla se llama Juanjo Triguero.
Con los veteranos tampoco ha tenido un trato exquisito, especialmente con los que mejor han leído el juego: Risacher y Slanina. Trató de desesperar al primero en la segunda temporada y al lituano lo castigó por decir en Las Palmas algo que todo el mundo había dicho ya en el vestuario: "No jugamos a nada". Al final tanto el francés como el lituano fueron los mejores en la etapa decisiva de la temporada, como ocurrió con Xavi Sánchez.
Si el club se hubiera acogido sólo a cuestiones económicas, seguro que el canario no estaba en la calle, ya que su despido cuesta la friolera de 240.000 euros. Él ya ha proclamado que quiere hasta el último euro, que no perdonará ni un céntimo. Pero las hemerotecas, que en muchas ocasiones son traicioneras, dejan al descubierto que la lealtad que enarbolaba Hussein hacia su ex presidente, Salvador Hernández, quien le renovó por dos años pese a que sabía que sólo le quedaba uno en el cargo, ha quedado en el olvido. "El presidente", dijo hace un año el ya ex entrenador del CB Murcia en alusión a su entonces jefe, "es mi valedor principal. El día que él se marche del club, tendré que pensar qué hago con mi futuro porque está muy ligado al suyo. Cuando él se marche, si no me quieren, no pondré problemas para marcharme de aquí".
Los humanos somos dueños de nuestros silencios y esclavos de nuestras palabras.
Coda: hay quien critica que el club haya confiado en un entrenador sin experiencia en ACB como Moncho Fernández. ¿Y para qué le sirvieron al CB Murcia los currículos de Manel Comas, Ricardo Hevia...?