11 de marzo de 2018
11.03.2018
Toros

Pepín regresa a lo grande

El maestro de Cehegín cuaja una faena sensacional y corta dos orejas en su reaparición en Illescas

11.03.2018 | 04:00
Liria salió tenso en el primer toro de la tarde, pero que se desató en su segundo turno para cuajar una faena sensacional al toro ´Sureño´.

Pepín Liria consumó con gran éxito su regreso a los ruedos para conmemorar la temporada en la que celebra sus bodas de plata como matador de toros. El compromiso no era sencillo: volver a hacerse al vestido de torear y defender su nombre frente a dos fieras: El Juli, que venía de cortar tres orejas en Castellón, y Manzanares. Y con la presión añadida de una corrida de toros de gran lujo, con ambiente tan selecto como popular y con repercusión mediática. Pero nada de eso supuso un problema para Liria, que salió responsabilizado y tenso en el primer toro de la tarde, pero que se desató en su segundo turno para cuajar una faena sensacional al toro ´Sureño´, de José Vázquez, el toro más aparente de la corrida. La faena comenzó con susto porque el toro apretó hacia dentro y Pepín se vio apurado en ese trance. Pero, resuelto, se abrió con él al tercio para pegarle tres lances templados, empacados, enjundiosos, mecidos, sabrosos, torerísimos.

Intercaló, después, dos chicuelinas de menor rango, y una media a pies juntos de remate a la altura de los lances primeros. Roto el hielo de la tarde y sin que hubiera pasado nada más que la oreja que El Juli le había cortado al segundo –triunfo numérica y artísticamente menor­-, Pepín se soltó en un quite por cordobinas. La puesta en escena llegaba porque la confianza del torero crecía y el toro de José Vázquez, que salió suelto varias veces, apuntaba buena condición.

Lo había visto claro Pepín, que brindó a su pareja, y se puso a torear sin dilación, con gusto y fluidez. Con la mano derecha primero, ligando con convicción, conduciendo la embestida con sensibilidad, componiendo la figura con buen estilo. La resolución de esa primera tanda fue tan precisa y sorprendente, tan bella e inesperada para el grueso del público, que la respuesta fue clamorosa. Pepín salió feliz de esa primera serie, se vino arriba definitivamente y cuajó al toro por ese lado fantaseando: en los remates con el molinete ligado al de pecho, en los inicios con la trinchera ligada al derechazo largo, empujado con el pecho, acompañado con la cintura.Con la mano izquierda, Liria le dejó la muleta puesta por abajo y, si por ahí no hubo tanta redondez, la sinceridad y pureza fue total, y el brillo aislado de algunos naturales, extraordinario. Se empezó a pedir el indulto con tibieza, Liria se dejó querer en primera instancia, pero no se dio coba: montó la espada, se fue detrás de ella con el ímpetu de siempre y pegó un estoconazo soberbio. Hizo, al cabo, lo que tienen que hacer los toreros: cortar las orejas matando a los toros por arriba. Bonito el gesto, ademas, de brindar el toro de la reaparición a la memoria de Víctor Barrio e Iván Fandiño y las dos orejas del cuarto también al cielo en memoria de sus compañeros caídos.

Triunfo memorable de Pepín Liria porque, además, su tarde tuvo pocas concesiones a su tauromaquia antigua, a sus señas de identidad: la larga cambiada de rodillas en el tercio con la que saludó al primero de la tarde; las chicuelinas intercaladas en los lances de recibo; la manera de revolverse y enfadarse después de que el primero estuviera a punto de cogerlo al salir de un pase de pecho; y, sobre todo, el desplante arrebatado con el toro del triunfo en las postrimerías de la faena y a modo de sello.

El resto de la corrida fue puro trámite. Se salva la faena de El Juli al quinto. Cuando Julián sintió que no era necesario tanto poder en corrida terciada y en la que, por cierto, los dos toros de más volumen habían caído en el lote de Pepín, y sacó su vena más compuesta y templada, llegó más y mejor.

Manzanares ni siquiera tuvo opción a eso. Abrevió a petición del público con un tercero claudicante y gastó el tiempo y el esfuerzo justos con el sexto, muy deslucido. Pero, a pesar de su picado orgullo de figura, se alegraría, a buen seguro, del éxito de su amigo murciano.

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