11 de enero de 2018
11.01.2018
Entrevista

John le Carré: "En el mundo hay demasiados bloques opuestos"

A sus 86 años, el autor británico sigue escribiendo porque no puede "soportar" dejar de hacerlo

11.01.2018 | 16:55
David Cornwell, alias John le Carré.

Ochenta y seis años, catorce nietos y dificultades de audición, pero John le Carré sigue escribiendo porque no puede "soportar" no hacerlo. Su última novela, una suerte de secuela de su clásico 'El espía que surgió del frío', está a la altura de su excelsa bibliografía, que comprende títulos como 'Llamada para un muerto,' 'El topo', 'El sastre de Panamá' o 'El jardinero fiel', todos ellos con dilemas morales en su epicentro y vertidos al cine con dos de los hijos del autor ejerciendo como productores. Su cultura histórica y política, su currículum laboral y una agenda de contactos de altas esferas que se presume de órdago también lo convierten en una brújula a la que se acude en busca de orientación sobre la actualidad y lo que circula por debajo del radar.

Puesto que Smiley es un enamorado de Europa, capaz de disertar ampliamente sobre la guerra de los Cien Años o la literatura alemana del siglo XVII, no es de extrañar que su creador ande desmoralizado por culpa del Brexit. De una calidez, sentido del humor y agudeza mental apabullantes –¿cómo si no habría aguantado su tapadera como diplomático en Bonn y cónsul en Hamburgo?–, el escritor es un conversador infatigable, por lo que desgraciadamente no habrá cabida aquí para sus anécdotas personales sobre Thomas Mann o Yasir Arafat, o sus conocimientos acerca de la mafia rusa y ucraniana operando en Londres. La entrevista, que podría ser de las últimas que concede si se cumple su deseo de no volver a embarcarse en tareas de promoción, tiene lugar en un reservado luminoso de un pub del barrio londinense de Hampstead. Le Carré pide una hamburguesa de la casa que apenas tocará.

-¿Por qué traer a Smiley de vuelta ahora?

-Para mí nunca se fue. La génesis de la nove­la fue muy práctica. Tras el éxito de la adaptación televisiva de El infiltrado, la industria del entretenimiento quería "hacer otro Le Carré", y pensaron en 'El espía que surgió del frío'. Esto me planteó dudas: ya existía una buena película sobre la novela, cómo íbamos a mantener la tragedia y la tensión en un producto de seis horas de duración. Yo sólo participo en las primeras conversaciones con productores, ­guionistas y director, cuando se define el concepto y se ponen los cimientos; luego me retiro. En el transcurso de las reuniones iniciales para 'El espía...' salieron ideas ­interesantes para reflotar la historia. El proyecto finalmente se aparcó, pero yo salí con ganas de tirar de un hilo: el modo en que el pasado de algunos de los protagonistas volvía para enturbiar su presente. Y me puse a escribir.

"Hoy todo el mundo está luchando por Dios con una rabia espeluznante. Es incomprensible que la fe religiosa pueda operar con semejante grado de fanatismo"

-Su método de trabajo implica viajar, tomar notas, realizar entrevistas... ¿Ocurrió también con esta novela?

-Sí, viajé a Alemania y a Praga. Me concertaron una visita personalizada por el Museo de la Stasi –que comprende solamente uno de los cuatro escalofriantes edificios que tenía el servicio de inteligencia– y conversé con exmandos de ese cuerpo. Quise visitar alguno de los pisos francos que utilicé en la Alemania Oriental durante mis años como espía, pero solamente recordaba la ubicación de uno de los tres. Recorrí en coche la ruta de escape a través de la frontera que seguirían los personajes. Nos pilló una fuerte nevada y decidí que ellos también la padecerían. En un sentido general, recuperé los olores y el miedo que permearon la guerra fría. Además, este trabajo de campo me dio confianza, ya que detesto equivocarme. Uno escribe que una iglesia miraba en dirección norte cuando en realidad era en dirección sur y sabe que después va a recibir al menos una carta sumamente airada.

En los archivos de la Stasi encontró un informe sobre su persona.

Cierto, pero era muy poca cosa, sobre todo recortes de prensa y una carpeta sobre mi situación familiar. Ni siquiera registraba el hecho de que formara parte de la embajada británica en Bonn. Infinitamente más interesante y divertido era el informe dedicado a mi padre. Resulta que se había ofrecido como intermediador para comprar armas en el Sudeste Asiático, algo que a la Stasi podía seducirle ya que colaboraba con el KGB en oscuros tejemanejes en Congo. Se le retrataba como un hombre de negocios muy rico, cuando la verdad es que siempre estuvo endeudado hasta las cejas.

¿Y a sus archivos en el MI6 –servicio de inteligencia exterior del Reino Unido– ha tenido acceso?

No, no, no. Eso es del todo imposible, para cualquiera.

Ha declarado que los espías británicos no ganaron la guerra fría. ¿Sería demasiado cruel concluir que resultaron irrelevantes?

Si uno analiza el nivel de espionaje y contraespionaje, probablemente los rusos fueron mejores, algo inevitable puesto que en una dictadura tu sistema de inteligencia no se ve en modo alguno maniatado por el gobierno y esto te permite ser más despiadado. Una revisión crítica, gracias a la perspectiva temporal, nos permite ver que las cosas no salieron tan bien como nos imaginamos, pese a algunos episodios ciertamente legendarios. La inteligencia militar fue otra cuestión, con ella se logró mucho, pero los juegos internos que desplegó el espionaje británico no condujeron a nada destacable, ahí acabaron muchos niños bien que no querían ir a la guerra y sí disfrutar de trabajos agradables en España o Turquía.

De aquí que, cuando sus personajes miran atrás, a los años de la guerra fría, les invadan el desencanto y la melancolía.

Su sensación es que no se ganó mucho, y llegan a ella a partir lógicamente de lo que les muestra el presente. La historia nunca se detiene, pero, cuando cayó el Muro, por un momento pareció abrirse la posibilidad de consolidar alianzas, de unirse y confraternizar, en especial con nuestros supuestos enemigos del Este. Estas expectativas dieron paso de inmediato a una anexión comercial. La primera reacción de la UE fue hablar de una expansión económica al este y a Alemania. Nadie sabía muy bien qué iba a ocurrir, pero está claro que no se tenía el panorama actual en mente.

¿Qué se le antoja más preocupante de él?

Tenemos más bloques enfrentados de los que podemos digerir; algo muy enfermizo está ocurriendo en Estados Unidos –el discurso tóxico de Trump despierta el fascismo y el antisemitismo en mi país, en Polonia, en Hungría...–; las ex repúblicas soviéticas están fuera de control; la socialde­mocracia inspira hostilidad, y la idea ­misma de la decencia humana está en entredicho.

-¿Por dónde empezamos a revertir la situación?

-Vivimos un momento histórico muy interesante, sobre todo las generaciones jóvenes que han de ser los principales agentes del cambio. El reto ahora es que la gente decente se encuentre y se identifique con el fin de alumbrar un nuevo tipo de solidaridad. El problema, sospecho, es que hoy por hoy a la gente decente nos une el miedo.

"El informe de la Stasi sobre mi padre era divertido. Se le retrataba como un hombre de negocios rico, pero siempre estuvo endeudado hasta las cejas"
"

-Ahí está el integrismo islámico.

-Como dijo Montesquieu, "nunca ha habido tantas guerras como las libradas en nombre de Dios". Hoy todo el mundo está luchando por Dios con una rabia espeluznante. Es incomprensible que la fe religiosa pueda operar con semejante grado de fanatismo. Jamás habría imaginado que, a estas alturas, la superstición tendría un papel tan destacado en las decisiones humanas.

-Ha echado pestes del actual establishment político de Gran Bretaña.

-Algo muy misterioso está teniendo lugar desde el punto de vista del populismo en mi país, y es que nos miramos en el espejo estadounidense. Por ejemplo, tenemos un movimiento similar al de Occupy Wall Street y nuestra propia versión patética de Bernie Sanders, ese Jeremy Corbyn en quien nos obligamos a creer. En tanto que de centro extremo, yo lo votaría mañana mismo, cualquier cosa menos este puñado de politicastros de segunda fila que nos representan ahora, empezando por Theresa May y siguiendo por el mentiroso e inútil de Boris Johnson. Ambos gozan de un gran apoyo gracias en buena medida a la ayuda de la prensa de derechas de línea dura, a lo que se suma la incertidumbre de la infiltración rusa en el referéndum sobre el Brexit y las elecciones. Pero por muy irónico y triste que suene, creo que la Unión Europea puede ser más fuerte sin el Reino Unido.

-¿Qué credibilidad da a la trama rusa a escala internacional?

-Lo único que está claro es que Vladímir Putin se lo está pasando en grande demoliendo la socialdemocracia.

-¿Diría que posee información sensible sobre Trump?

-No olvidemos de dónde procede Putin. Era director del KGB en Alemania del Este, operaba desde Dresde, específicamente en el departamento de Kompromat, es decir, el dedicado a elaborar informes comprometedores. En otras palabras, es un maestro del chantaje. Si tiene cogido a Trump, lo que seguramente sea cierto ya que el Kremlin lo ha negado, será por un potencial escándalo financiero, no sexual. Únicamente asuntos como un lavado financiero o un fraude fiscal a gran escala podrían dañar de verdad su imagen. Una fotografía con una prostituta, pongamos, no lo conseguiría, al tiempo que un ejército de expertos se apresuraría a argumentar de mil formas su falsedad. Con todo, sobre lo que deberíamos reflexionar es la convergencia de dos autócratas como Trump y Putin.

-¿No hay nada que los espías puedan hacer para frenar el auge global del fascismo y el populismo?

-De responder a su razón de ser –servir con honestidad al gobierno de su país–, sin duda podrían contrarrestar el avance de estos movimientos, pero lo que encuentro más alarmante en estos momento es la falta de liderazgo. Trump desprecia a su servicio de inteligencia y lo tiene de uñas. El presidente, alguien que no tiene ni idea de relaciones internacionales, y el ejército dirigen la política exterior del país, lo que significa que es prácticamente inexistente o errática. Un ejemplo: hay montones de puestos diplomáticos estadounidenses por cubrir y montones de diplomáticos de brazos cruzados sin atribuciones.

-Se diría que hoy el espionaje es una cuestión puramente tecnológica. ¿Piensa que tendemos a olvidar que detrás de unos aparatos crecientemente sofisticados y omnipresentes siempre hay un humano?

-El factor humano ha cobrado todavía más relevancia. A medida que la profusión y el alcance de la tecnología se multiplican lo hace en paralelo la dificultad a la hora de seleccionar la información y saber con quién compartirla. La inteligencia debe ser lo más precisa posible, lo que quiere decir fácilmente verificable. Cuando se produce un atentado terrorista y lo analizamos en retrospectiva, solemos decir que ya sabíamos que iba a ocurrir, lo que no es cierto, porque en ese momento no se consideró una prioridad, y se trató de un error humano. Por otro lado, en este cibermundo en el que vivimos, un solo hombre sentado en Pyonyang o en Teherán que sea capaz de venderte un código nuclear vale millones y millones de dólares. Pero puede llegar un momento en que la conciencia de la vulnerabilidad tecnológica sea tan alta que la gente vuelva a intercambiar notas.

"Cualquier ataque preventivo a Corea del Norte supondría la muerte de 20 millones de personas en Seúl, y eso sólo recurriendo a artillería común"

-Ahí está el caso Snowden.

-Las grandes traiciones y filtraciones han llegado de mano de desafectos como Snowden. El número de gente que tenía acceso a la información clasificada que él manejaba era abrumador. En mis tiempos se reducía al mínimo el número de personas con acceso a material clasificado. La central tenía constancia de que uno se lo olvidaría en el metro, de que el otro se lo contaría a su novia después del coito y de que a un tercero se le pasaría el cambio de hora. Nunca debes olvidar el factor humano.

-¿Le despierta simpatía Snowden?

-Mucha. Y también aquellos que han hecho un esfuerzo por entenderle, caso de algunos fiscales estadounidenses con los que he hablado. Si vas a por Snowden, ¿por qué no también a por The New York Times o The Guardian, medios que publicaron sus revelaciones? Es una situación en la que ninguna de las partes sale ganando, de aquí que no se haya producido. Creo que si Hillary Clinton hubiese llegado a la presidencia, Snowden ya habría sido indultado. De cara a la galería siempre debes pretender que es intolerable filtrar secretos de Estado, pero luego has de actuar sin severidad. No puedes lanzar una comunidad de inteligencia a escala industrial que maneja grandes secretos y darles a entender que si los sacan a la luz en unas memorias te vas a quedar de brazos cruzados. No puedes abrir esa puerta. Hay que perseguir judicialmente al desertor para luego mostrar magnanimidad. Todo esto no quita, por descontado, que deba existir un cierto nivel de confidencialidad a escala diplomática de cara a dirimir conflictos.

-¿Cree que se puede meter en cintura a Corea del Norte por la vía diplomática?

-Hay muchas zonas de influencia trabajando simultáneamente, de ahí que sea difícil decirlo. Lo que está claro es que no puede haber una guerra. Cualquier ataque preventivo contra Corea del Norte supondría la muerte de veinte millones de personas en Seúl, y eso sólo recurriendo a artillería común. Sospecho además que, por mucho que haya matado de hambre y esclavizado a su pueblo, Kim Jong Un no lo quiere erradicado de la faz de la tierra. El único camino es hablar y hablar hasta la extenuación, pero lo que ocurrirá en los próximos años es un misterio para todos.

-¿Hay algo que no haya cambiado en el seno de las agencias de inteligencia desde sus tiempos en el MI5 y el MI6?

-Creo que ninguna agencia ha tenido jamás la certeza de ir por delante de sus rivales, la inseguridad ha sido la norma. A la escala de los agentes, con 40 años siguen estando quemados para el trabajo de campo y por lo general son transferidos a los departamentos de administración.

-Los espías de sus novelas suelen proceder de clases pudientes. Es de suponer que su incorporación a filas se democratiza.

-Sin duda. Los departamentos de inteligencia británicos se han vuelto más de clase media y han tenido que abrazar la multiculturalidad. Ligado a esto, las pensiones han mejorado algo; en mis tiempos, a los espías retirados se les pagaba una miseria, ya que la mayoría procedía de familias acomodadas. Y, claro está, la situación geopolítica dicta la contratación de personal. Los especialistas en Rusia tuvieron su momento de gloria, luego llegaron los especialistas en Irán, más tarde el 11-S causó un terremoto. Las agencias son como corporaciones sensibles a las fluctuaciones del mercado.

-¿Por qué cree que la figura del espía conserva todo su atractivo en el siglo XXI?

-En cierto modo, todos somos espías, es parte de la naturaleza humana. Las pregun­tas básicas que se formula un espía –cómo consigo que te hagas mi amigo e inspirarte confianza, hasta dónde puedo llegar, cómo puedo satisfacer tus necesidades...– no están confinadas al mundo de la inteligencia, sino que las encontramos en la vida empresarial, en el mundo del espectáculo... El lector conecta con mis libros porque reconoce material de su propia vida. Y con mis personajes, al contrario que con James Bond, no piensa "yo querría ser este tipo", sino "gracias a Dios que no lo soy".

"Los idiotas que promocionan el Brexit les dicen a los británicos que ellos ganaron la guerra. Menuda locura. ¿Y los treinta millones de rusos muertos?"

-¿Cuáles eran sus puntos débiles como espía?

-Un exceso de imaginación, la impaciencia y, como cualquier persona decente, un moderado desprecio por mis superiores.

-¿Nunca vio peligrar su vida?

-En absoluto. Mis años de servicio fueron pastoriles, sin una gota de sangre, ni siquiera enfrentamientos cuerpo a cuerpo. Sólo una vez llevé un arma, siendo muy joven, a instancias de un superior. Debíamos estar alerta ante la posible llegada de un desertor a Austria, a través de la frontera checa. Acudimos a un pub y, para disimular delante de la clientela, decidimos jugar al billar. Al sacarme el abrigo para empezar la partida, el arma se me cayó al suelo, y toda la concurrencia salió despavorida.

-¿Qué ejemplo de posverdad le indigna más?

-Los idiotas que están promocionando el Brexit les están diciendo a los británicos que fueron ellos quienes ganaron la guerra. Menuda locura. ¿Y el detalle de la intervención estadounidense? ¿Y los treinta millones de rusos muertos? No puedes vender este tipo de fantasías. Esto me lleva a pensar en una película tan terrible como Dunkerque de Christopher Nolan. En un 40% de los barquitos que fueron a rescatar tropas a Normandía iban personas del Sudeste Asiático, y entre las filas de soldados de la Commonwealth aguardando en esas playas había muchos negros. Pero ni los unos ni los otros asoman la cabeza.

-¿Alguna vez se ha sentido menospreciado por el establishment literario?

-Debo decir que no me merecen mucho respeto los burócratas literarios que establecen categorías y pretenden fijar lo bueno y lo malo. Además, no leo críticas desde que llegué a la conclusión de que si querías creerte las buenas debías creerte también las malas. La única crítica que me preocupa es la del taxista que me comenta: "No he entendido su último libro".

-Contaba en sus memorias que se quedó con las ganas de que su amigo Stanley Kubrick le adaptara una novela. ¿Alguna otra decepción en su carrera?

-Confesaré una a título personal. Me hubiese encantado poder colocar una de las estatuas públicas de Engels, al que admiro mucho, en el jardín de mi casa de Cornwall. Como ocurrió con las de Lenin y Marx, la mayoría acabó en un parque a las afueras de Moscú. Moví algunos hilos, pero no se me concedió el capricho.

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