Teatro
Calígula 

Mario Gas: «Todas mis obras hablan de la lucha del ser humano consigo mismo»

El montaje, que ha iniciado su gira nacional y esta noche llega al Teatro Circo de Murcia, está protagonizado por Pablo Derqui y trata temas recurrentes en la obra del autor, como el absurdo existencial, la enajenación metafísica y la lógica del poder.

30.09.2017 | 04:00
El actor y dramaturgo Mario Gas.

La última edición del Festival Internacional de Teatro Clásico de Mérida acogió el pasado julio el estreno de Calígula, adaptación del texto de Albert Camus dirigida por Mario Gas. «Camus plantea muchas preguntas y pocas respuestas, como todo buen dramaturgo»

¿Qué le atrajo de Calígula?

Un personaje tan contradictorio como Calígula encierra muchísimo atractivo por esa especulación sobre la imposibilidad de la felicidad y ese impacto que recibe por el hecho de vivir en una sociedad elitista y corrupta, que le lleva a buscar lo absoluto en medio del horror, la arbitrariedad y la equivocación. Por eso, el texto de Calígula no ha perdido un ápice de vigencia, porque especula sobre cuestiones como el ser humano, el poder, la ideología, el amor, el paso del tiempo, la verdad o la mentira de las actitudes colectivas.

¿Cómo ha logrado plasmar en escena la filosofía del absurdo que vertebra la obra de Camus?

El absurdo es una relación conceptual. Por ejemplo, Valle Inclán decía que toda nuestra estética y ética nace del hecho de saber que un día hemos de morir. Luego, el concepto de finitud y de estar en el mundo sin encontrar sentido a las cosas nos lleva a un non sense, un no sentido, que se formula como la absurdidad de la existencia, a la que hay que darle una salida racional. Y eso también está presente con mucha potencia en Calígula, donde Camus plantea muchas preguntas y pocas respuestas, como todo buen dramaturgo.

El personaje de Calígula bascula entre la locura y la maldad, ¿por qué quiso poner el acento en lo segundo sobre lo primero?

Yo he querido huir absoluta y radicalmente –porque me parece que hay que hacerlo, no porque sea una decisión arbitraria– de presentar a Calígula como un caso aislado patológico, donde muerto el perro, muerta la rabia. Nada más lejos de mi intención. Como dice Hannah Arendt, el mal es algo mucho más normal, está muy extendido y cualquier individuo puede modificarse hacia esas prácticas. Y lo que me ha interesado es plantear a un ser humano con sus miedos, sus querencias, sus debilidades, sus pretensiones y, sobre todo, su desviación al querer lo imposible, junto con esa arbitrariedad y aniquilación de hacer pagar a los demás lo que siente. Calígula escribe con renglones torcidos y, al final, se da cuenta, pero es un personaje mucho más paradigmático y mucho más peligroso que si fuera simplemente un loco salido de una institución mental. Calígulas hay muchos.

¿Concibe Calígula sin Derqui?

Calígula sólo merece la pena montarla cuando tienes a un actor solvente para hacerla, y es evidente que Pablo Derqui no es que sea solvente, sino que tiene todas las características actorales que hacen falta para poder recorrer toda esa gama de ritmos, colores, intensidades anímicas y cambios de registros que requiere este personaje, sin caer ni en el exceso, ni en la patochada, ni en la risibilidad. Pablo y yo ya habíamos trabajado juntos en La muerte de un viajante con una sintonía muy especial y muy buena. Y hacía tiempo que teníamos varios proyectos, y entre ellos estaba siempre Calígula, que llegó finalmente gracias a la oferta de la productora Focus. El trabajo con Pablo siempre es espléndido, porque se deja la piel y posee un instrumento actoral brillante, que pone siempre al servicio de un personaje y no de su lucimiento personal. Y no lo digo yo, sino que tanto la crítica como el público reconocen esta interpretación como memorable.

Camus solicitó que no se interpretase Calígula con togas romanas, ¿por qué apuesta por una estética en la estela de Bowie?

La obra huye de las togas romanas –aunque tenemos siempre una marcada referencia– como el propio Camus pedía y le dimos un tratamiento mucho más contemporáneo, que algo tiene que ver con los fascismos de principios del siglo XX. Y esa estética de Bowie es una transposición ante un momento en que Calígula ejercita una interpretación de sí mismo, así que nos parecía que el icono de Bowie era lo más adecuado para los tiempos actuales. Sí, casi nadie hizo caso de la petición del autor, porque esta función se ha hecho casi siempre con togas romanas, pero a mí me parece mucho más interesante lo que pide Camus, porque te permite concentrarte mucho más en la dialéctica, las contradicciones y los conflictos del personaje.

En junio estrenó su versión de la ópera Madama Butterfly de Puccini en clave cinematográfica, después de la gira de Incendios, de Wajdi Mouawad. ¿Qué tienen en común todos sus proyectos?

Creo que todos mis trabajos hablan siempre de la lucha del ser humano consigo mismo; enfrentado a sí mismo y enfrentado a la sociedad que le rodea. Incendios es un texto importantísimo, que revela que, si no existe el perdón, estamos todos perdidos por las guerras fratricidas, que se remontan hasta los siglos de los siglos, donde el ser humano se convierte en algo horroroso para sus congéneres. En todos los espectáculos que yo hago, ya sean comedias, tragedias, dramas o musicales, siempre está esta visión ideológica, en el más amplio sentido de la palabra, que es la pregunta sobre los conflictos del hombre consigo mismo, con la sociedad, con el poder y con el momento histórico que le ha tocado vivir.

¿Y qué convierte a todas estas piezas en contemporáneas?

El teatro, ya lo decía Bretch, es alejarse para acercarse. El teatro siempre está hablando de cosas que nos atañen y, si no, nada. Y no por eso la obra tiene que ser de ayer mismo, sino que hay obras que pasan por encima de las épocas y tienen todavía grandes momentos o resquicios que podemos rescatar para hablar de nosotros mismos, porque plantean cosas que no han sido, de alguna manera, resueltas.

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