Entrevista

Luis Leante: «'Annabón' es una gran mentira construida con pequeñas verdades»

«Tenía claro que no quería escribir una novela, y entonces encuentro a este personaje...», confiesa el escritor

19.02.2017 | 19:02
Luis Leante: «'Annabón' es una gran mentira construida con pequeñas verdades»

Ganador del Premio Alfaguara en 2007 por Mira si yo te querré, asegura que su mayor aportación reside en la forma. En Annabón se basa en el falso reportaje para contar la historia de un personaje tan real como peculiar.

El escritor caravaqueño Luis Leante ha vuelto a tocar la España colonial; aunque no de la forma que él esperaba. El sargento Restituto Castilla le obligó a escribir Annabón, una novela en la que rompe las estructuras de género para contar, por medio de una falsa entrevista, una historia que en el fondo no se aleja de la realidad.

El pasado miércoles presentó Annabón en sociedad y lo hizo en casa, en Caravaca.

Sí. Hubo mucha gente conocida y desconocida, se llenó la sala y me sentí muy arropado por todo el mundo. Y muy satisfecho de ver el interés que mostraron por la novela y el recibimiento que me dieron. Volver a Caravaca no es como volver a casa porque de hecho es mi casa.

Creo que hay una foto que resulta determinante para el nacimiento de este libro.

Sí. Lo cierto es que surge por casualidad, cuando yo estaba buscando documentación para escribir otro libro. Era un reportaje, un documental, un ensayo... Una mezcla de todo esto en relación con la colonización de Guinea. Pero Internet es como una enorme gruta que te lleva de un sitio a otro, y en una de estas apareció la foto. Hablo del año 2010. La imagen muestra a un personaje, un sargento de la Guardia Civil, que, por el pie de foto, había cometido un crimen. Yo no había oído hablar de él, así que me puse a indagar sobre su historia y la isla en la que se cometió el crimen, Annabón (Guinea). Y tirando del hilo aproveché para extender, no solo la crónica del asesinato, sino la situación en aquella época en esta isla, pero comparándola con la situación en la Península. Y lo que salió de todo esto fue un falso reportaje, una falsa entrevista de 300 páginas, en la que las hijas y el abogado de este hombre, el sargento Restituto Castilla, van a darnos su visión de los acontecimientos.

Entonces, no acaba de ser del todo documental. ¿Podemos encontrar algo de ficción?

Hay mucha ficción. Es, como decía, un falso documental o una falsa entrevista. En el cine sí existe algo así. Nos cuentan una historia con apariencia real pero sabemos que nos están engañando. Se trata de jugar con los géneros para construir algo que en realidad no existe, aunque pueda tener apariencia documental. Un juego literario que te permite la novela pero que si fuera periodista no podría hacer jamás.

El supuesto escritor del libro también construye la narración en torno a un descubrimiento casi fortuito, en este caso el de una momia en Francia. ¿Hay algo de autobiográfico en Annabón?

En la primera parte, el germen de esta historia, hay muchas cosas autobiográficas. Refleja el proceso de documentación de estos siete años, pero con muchas transformaciones. Y ese descubrimiento que da pie a la historia existió, pero no tiene que ver con Restituto Castillo. Son realidades aisladas que al unirlas se convierten en ficción. De hecho, si cogemos los datos por separado, hay un 80-90% de realidad en Annabón. Si la miramos en conjunto es una gran mentira, pero si la miramos por piezas son pequeñas verdades.

¿Le costó encontrar el tono de la novela? Porque ha dicho que su intención inicial era hacer un ensayo.

Sí. Yo escribo varias versiones de mis libros porque voy probando, pero no en la teoría, sino en la práctica. Una primera versión era contar la vida de Restituto, pero resultó tan cercana a él que parecía más bien una hagiografía. Prácticamente le convertía en un héroe cuando no lo era. No encontraba la forma y en la segunda versión decidí meter un contrapunto a Castilla, el capitán Alfonso Pedraza, su abogado defensor en el consejo de guerra. Empecé entonces a narrar la historia en tercera persona, pero seguía sin estar lo suficientemente distanciado y fue cuando metí a las dos hijas. Ya en el siglo XX van a contar la historia –en realidad yo a través de su voz– y ese tono marca el conjunto de la novela.

Hábleme de Restituto Castilla. ¿Qué le atrajo tanto de él como para dedicarle una novela?

Su personalidad. El crimen es casi anecdótico. Él era un guardia civil de izquierdas que se afilió al Partido Comunista, de convicciones profundamente republicanas y tremendamente culto, lo cual no era frecuente en la época. Parece ser que tenía una inteligencia superior. Lo describían los psiquiatras como un hombre muy inteligente con brotes de locura, y estos se desatan en esta historia, cuando se marcha a la isla de Annabón, donde estaba casi aislado. Allí había mil habitantes y él era el único europeo. Esa tensión le lleva a comenzar a tener delirios de grandeza. Trata de crear una especie de república independiente, construye una ciudad... Pero la población no lo respondía. Probablemente su propia inteligencia fue la que le terminó devorando y, en una de estas, le cortó el cuello al gobernador.

Y no le quedó más opción que escribir una novela sobre él.

Exacto. Yo no tenía claro el género, pero no quería que fuera una novela pura. Y encuentro a este personaje. Y no podía hacer un ensayo porque se me escapaba, y tenía el sumario del crimen... Estaba para contarla, pero como novela.

En cualquier caso, cumple su objetivo de tratar esa etapa colonial, pero lo hace retratando esa cara B más amarga. En los últimos años existe un gran debate entre quienes entienden que fue un gran capítulo de nuestra historia y quienes incluso hablan de genocidio. ¿Dónde cree realmente que debe estar la conciencia colectiva?

Aunque nos parezca que haya pasado mucho tiempo, unos cincuenta años, todavía hay demasiada cercanía con estos hechos. Hay gente viva que ha estado allí. Creo que hay dos cosas importantes para conseguir la objetividad en este caso: que pase algo más de tiempo y que los historiadores estén lo más alejados posible incluso de la historia española. Personalmente, los historiadores que más me gustan, como Paul Preston, son británicos. Esa visión de fuera, más apasionada incluso, es la que se necesita. Y los de aquí están perfectamente capacitados para hacerlo, pero hay demasiada subjetividad en lo que he leído.

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