Literatura

Tras las huellas de Kafka en los recovecos de Praga

El museo dedicado al escritor está en el barrio de Malá Strana y tiene en la puerta la 'escultura del pis', obra del polémico artista checo David Cerný

18.04.2016 | 13:56

En el Puente de Carlos aprendí
a rimar cicatriz con epidemia,
perdiendo los modales:
si hay que pisar cristales,
que sean de bohemia, corazón.

Joaquín Sabina no nombra a Kafka en esta canción en la que, sin embargo, está Kafka. Porque está Praga, y en Praga está Kafka inevitablemente. No solamente en las tazas de café que venden en el aeropuerto a modo de souvenir, sino en la neblina casi trágica que, de forma permanente, parece inundar el Barrio Judío. Y hasta en la llovizna, que no avisa y se presenta en mitad del verano.

Ir a la capital de República Checa para rrodillarse delante de la tumba del autor de La Metamorfosis es fantástico, siempre que tengas a mano los horarios del cementerio judío. Y de que sepas cuál de los dos cementerios judíos es el que buscas. La tumba de Kafka está en el Nuevo Cementerio Judío, el cual no está en el Barrio Judío, sino en Zizkov, al este del centro de la ciudad. Dado que Zizkov es un barrio que lo único que tiene gracioso es la torre de telecomunicaciones, por la que trepan los Bebés de David Cerný, es recomendable ir al camposanto directamente.

En la misma puerta hay un cartel hermoso que indica dónde está la sepultura del genial escritor: a la derecha, todo recto. Se reconoce enseguida, hasta de lejos, por la proliferación de flores y piedras que sus fieles colocan sobre el lugar donde descansa el literato. Colocar piedras sobre las tumbas es una tradición del judaísmo, religión que profesaba Franz Kafka.

No está solo el artista en su eterno descanso: en la misma sepultura se enterraron los restos de sus padres, Hermann y Julie, ambos fallecidos después de que lo hiciera el literato. Franz, de salud débil desde que vino a este mundo, falleció de tuberculosis a los 40 años de edad. No le dio tiempo a ver cómo su obra lo encumbraba hasta ser adorado en todo el planeta.

Sus acólitos, ahora, no tienen otra opción que decírselo a su tumba. Por eso la lápida del autor de El proceso se llena de misivas de agradecimiento. En una época en la que es raro no llevar un teléfono inteligente en el bolsillo, el fiel que se arrodilla ante la tumba de Kafka se ha traído de casa una carta escrita a mano. «Como no te podemos dar un abrazo, de momento, te damos una sonrisa», reza una, en una hoja arrancada de un cuaderno.

Y, el que no lleva carta, lleva un rotulador para escribir en las piedras. «Claudio Moreno vino a decirte ´gracias´», «Duerme, pequeño». Los mensajes se entremezclan con las flores, con margaritas y rosas de color violeta. Se ven peregrinos, porque eso es un peregrinaje, con ejemplares de algún libro de Kafka, porque quieren que al menos roce la tierra que él ocupa y estercola, como dice la poesía.

En el portal de la casa donde nació Kafka (en un lateral de la plaza principal de la ciudad, la del Reloj Astronómico) hay ahora un bar. Los guías hacen en el lugar una parada breve, para que los turistas hagan la foto, y de ahí toman rumbo al Barrio Judío. Barrio que huele al universo kafkiano por los cuatro costados.

Seguramente el escritor, si es cierto el carácter que dicen que tenía, no se habría llevado mal con el Golem. Este personaje mítico aún dormita, cuenta la leyenda, en una buardilla de la Sinagoga Staranová (o Sinagoga Vieja-Nueva). Por temor a que alguien pueda devolverlo a la vida, poniendo en su frente la palabra mágica que usaba su creador, el rabino Judah Loew, han serrado las escaleras que conducen a su morada. Una estrella de David indica el lugar donde aguanta la criatura. Unos creen que a veces sale. En La cábala y su simbolismo, Gershom Scholem escribe que el Golem, cada 33 años (la edad de Cristo) aparece en la ventana de este cuarto sin acceso en el gueto de Praga.

Ha trascendido que nada daba más miedo al autor de La Metamorfosis que la presencia de su padre. Paradójicamente, en el monumento dedicado al genio (al salir del Barrio Judío), prevalece la figura del progenitor, dominante, dedo en alto, sobre los hombros de un traje sin persona (el padre de Kafka era sastre). Los zapatos de la estatua se ven dorados, hasta el punto que parece que las punteras son de oro. Esto es así porque se le ha dicho a los turistas que frotarlos da suerte, y claro, a frotar en masa se ha dicho.

El museo dedicado al escritor está en Malá Strana (Ciudad Pequeña). También en este barrio está el Callejón del Oro, una calle que ahora es de pago. Está tan tomada por el turismo la zona que para acceder a este tramo, donde hay casitas bajas de colores (en una de ellas vivió Kafka) hay que pasar por caja, Han puesto unas barreras similares a las del metro, para que no se cuele nadie sin entrada.

En cuanto al museo, tiene en la puerta la escultura de dos señores haciendo pis. Estas figuras son interactivas: puedes mandar un SMS con la palabra que desees y ellos la escribirán con su orina (que, obviamente, es agua) en el charco que tienen bajo sus pies. Es otra ocurrencia de Cerný, el de los bebés trepando por la torre de telecomunicaciones.

También en el exterior, hay una K gigante junto a la que mucha gente se hace fotos. Si llegan a decir a Franz que un día habría en su ciudad un museo en su honor con una K gigante junto a la que mucha gente se haría fotos, seguramente la carcajada se habría oído en Budapest.

En el museo hay una tienda donde tienen traducidos a muchos idiomas los libros escritos por el autor. Para el viajero, comprar un libro de Kafka en la misma Praga puede tener su aquel. No sólo de El castillo o El proceso vive el hombre: hay pequeñas novelillas nacidas de la recopilación de relatos cortos, brevísimos algunos, que el autor fue esbozando a modo de pensamientos y desahogos. El punto en común de todos esos cuentecillos podría ser la desazón. La que acompañó al escritor durante sus cuatro décadas.

Franz Kafka, desanimado por la escasa gloria literaria de la que disfrutó en vida, pidió a su amigo del alma, Max Brod, que, a su muerte, destruyese todos los manuscritos que él había perpetrado, para que su obra, entonces fracasada, muriese con él. Max Brod no hizo caso a su colega y con ello hizo un favor a la humanidad: no sólo no se deshizo de los escritos de Franz, sino que los publicó, logró dinero y propició que todo el planeta conociese las desventuras de Gregor Samsa.

No todo es Kafka en la patria de Kafka. En la Ciudad Pequeña, donde seguimos, también hay hueco para lo bucólico-parnasiano. En un recoveco, a orillas del Moldava, se agolpa una manada de cisnes como de cuento de hadas. En las faldas del Castillo de Praga suele haber puestecillos de comida rápida artesanal, esto es, perritos calientes gigantes que no son del Burger King.

Desde el Puente de Carlos (el más popular de la urbe) se ven turistas, barcos y palacios armónicos. Al cruzar a la Ciudad Vieja, en la calle Liliova dicen que a medianoche sale el espectro de un caballero sin cabeza. Ese seguro que no es Kafka. Porque otra cosa no, pero, cabeza, tenía un rato.

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