Crítica
Teatro

Demoledor rompecabezas

11.04.2016 | 04:00

La última vez que escuchó su voz era la de un niño. Un niño, su hijo, al que abandonó. Ahora, en un casi apocalíptico 2039 en el que no hay casi peces en el mar –aunque sí caen del cielo–, recibe por teléfono la llamada de un hombre que le pide un abrazo. Andrew busca descubrir quién es y, sin saberlo, está rompiendo una larga cadena de dolor heredado.

Ochenta años antes comienzan los silencios entre la joven Elizabeth y Henry Law. Comienza una 'maldición' familiar narrada por el australiano Andrew Bovell en un fantástico e inteligente texto puesto en escena con la misma maestría por Julián Fuentes Reta en Cuando deje de llover, la producción del Teatro Español que llegó el viernes al Teatro Circo Murcia –y lo llenó– avalada por tres Premios Max.

Bajo la incesante lluvia, asistimos a instantes de la vida de cuatro generaciones de una familia marcada por los abandonos y las huidas. Los recuerdos y las ausencias. Por la falta de abrazos, el dolor y el odio que, incluso en contra de la propia voluntad, no logra acabar con el amor. Vemos de dónde viene el enfado que asoma bajo la incipiente demencia de Gabrielle, interpretada desde las tripas por Susi Sánchez –soberbia– y Ángela Villar. Entendemos poco a poco, con horror, por qué la madre de Gabriel, refugiada tras la soledad y el alcohol, escondía las postales que su padre le mandaba desde los lugares que ahora él visita buscando respuestas. Asistimos a un prometedor amanecer junto a Gabriel y Gabrielle y a la seca ruptura de la esperanza de que ese 'te quiero' sea para siempre. Acompañamos a los personajes bajo la lluvia, desorientados, en noches de esas en las que los barcos se pierden en el mar. Noches que dan miedo. Y les vemos en sus casas recién pintadas de blanco hueso –el blanco, ya saben, es como de hospital–, dispuestos para recibir a alguien con quien compartir una sopa de pescado casi en silencio porque no hay nada que decir. Aunque ya todos han aprendido que «no tener nada que decir es lo mismo que tener tantas cosas que decir que no te atreves a empezar».

Cuando deje de llover es un puzle maravillosamente bien construido. Y lo mejor es dejarse llevar desde la butaca. No sirven de nada los esfuerzos por juntar las piezas antes de tiempo. Encajan con suavidad cuando los personajes, pasado y futuro, se encuentran en el escenario, cuando la frase vuelve a sonar en otros labios. Las imágenes recurrentes sirven de guía para el espectador, sumido en una vorágine de sentimientos que le hacen tragar saliva para que no escapen las lágrimas –¡qué ganas de llorar!–, mientras viaja por esta compleja y demoledora historia que parecía inabarcable, imposible de poner en escena. Pero Fuentes Reta lo hace. Con belleza, con alma. Y con la ayuda, eso sí, de un fantástico equipo de nueve actores y una acertada escenografía móvil. Agarra al espectador de la mano –o por el cuello– y lo guía por una historia llena de detalles, de metáforas, de elipsis y saltos temporales en la que autor y director van dejando pequeñas migas de pan que recogemos para llegar, vapuleados, a un final en el que el escenario apocalíptico se transforma. Se abre esa maleta llena dolor, volviendo al pasado como única oportunidad de tener futuro. Andrew sí se acordaba del roce de la barba de su padre al darle un beso y de su risa por la mañana. Ochenta años después, llega el abrazo. Sonreímos. Y que los muertos se ocupen de los muertos –y disfruten de la sopa de pescado– porque fuera, al fin, ha dejado de llover.

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