Reportaje

Filósofos de las fantasías

La historia de la ciencia ficción, un género que está más vivo que nunca, ha dejado grandes títulos en novelas, revistas y películas de autores visionarios

03.03.2014 | 17:28
Filósofos de las fantasías
Filósofos de las fantasías

­Al igual que en todas las parcelas o manifestaciones del arte y la cultura, las corrientes literarias, como un oleaje eléctrico y caprichoso, van y vienen sin que fácilmente podamos predecir el azaroso acontecer que les aguarda. En este vaivén a través del tiempo se desplaza una nave singular que, desde que se materializase allá por el siglo XX, todavía no ha abandonado su singladura por el cosmos literario. Nos referimos a la Ciencia Ficción (CIFI). Subgénero literario que podría calificarse de ficción o fantasía que incluye viajes en el tiempo, tecnologías imposibles o sofisticadas, exploración del futuro o personajes y ambientaciones extraterrestres.

Si bien es cierto que autores visionarios del siglo XIX, de la talla de Julio Verne o H.G. Wells, impulsaron el género hasta cotas astronómicas de popularidad y prestigio (aquél, a través de una disimulada alegoría político-social y éste con un marcado acento científico y especulativo) no sería hasta los años veinte cuando adquiriría el estatus de género en sí mismo. En 1926, aparece por primera vez el término ´Science Fiction´ en la revista Amazing Stories que publicaba Hugo Gernsback.

Pero si decidimos viajar en al pasado y rastrear los primeros gérmenes de esta literatura de especulación científica hallaremos precursores de este subgénero tan peculiar. En el siglo II Luciano de Samosata (Samosata, Siria, 125/181 d.C.) escribió un cuento titulado Historia verdadera en el que se detalla un disparatado viaje a la luna de un modo irónico y desenfadado pero que ya asienta lo que llegaría a ser una constante en la literatura fantástica: la preocupación por el mundo extraterrestre, los viajes estelares y descripciones de, en este caso, los selenitas y sus costumbres. Otro autor, abuelo de la CIFI, es Cyrano de Bergerac (París, 1619/Sannois, 1655) que en el siglo XVII firmó un extraño libro titulado L´autre monde (El otro mundo) en el que nos narra un viaje a la Luna y otro al Sol. En definitiva, y a pesar de su evidente intención de mostrar su filosofía materialista y hacer una crítica de su sociedad, no deja de ser un antecedente claro de la literatura de viajes espaciales.

La crítica, con respecto a las dos obras anteriores, se muestra dividida. Si bien a la luz de algunas teorías que consideran la CIFI como una literatura de anticipación con elementos principalmente científicos y plausibles, estos textos faltos de rigidez estarían fuera del espectro de la vertiente más pura del género. No obstante, sí que aplicando el término en un sentido más amplio y recogiendo todo aquel trabajo literario que contemple una ficción fantástica en la que otros mundos y seres son descritos o propuestos, estos proto-autores, junto a otros como Mary Shelley, podrían ser incluidos en la nómina de ´Maestros del género´.

Ya en el siglo XX la naturaleza dúctil del género en particular, y de la propia literatura en general, abrirá el camino a diferentes y variadas ramificaciones de otros subgéneros, tales como el steam-punk, cyberpunk o el diésel-punk, imposibles de abarcar en este artículo. Aparecerán los más dispares relatos fantásticos, la fantasía épica o de aventuras de toda índole que entremezclan elementos, técnicas narrativas o argumentos que difícilmente seríamos capaces de clasificar de un modo satisfactorio. Autores de prestigio como el soviético Zamiatin, los británicos George Orwell o Aldous Huxley, que se valieron de los mecanismos de la CIFI para dibujar un futuro regido por un racionalismo feroz; o escritores del mundo hispano como Bioy Casares que, en La invención de Morel narraba una historia de amor imposible aderezada con una tecnología fantástica, encumbraron la CIFI y le dieron el estatus de literatura de calidad. Otros autores propiamente de CIFI como Ray Bradbury, Philip K, Dick, Asimov o el gran Stanislaw Lem alcanzarían las cotas más vertiginosas de la literatura de CIFI, establecerían sus bases y asentarían los cánones de una literatura de Ciencia Ficción que todos conocemos hoy día.

En los años 70, debido a los avances de la época (el hombre pisa la Luna en el 69) o al éxito de películas como Star Trek o Star Wars, el género experimentaría un auge nunca antes visto. No solo en el más influyente mundo anglosajón. También en la entonces llamada URSS, en Japón o en España. En nuestro país el género se hace notar. Aparecen fanzines como Nueva Dimensión y autores de la talla de Domingo Santos, padre español de la CIFI y promotor de variados proyectos editoriales y literarios de ciencia ficción. Entre estos proyectos se hallan varias antologías de autores españoles, hoy día, tristemente olvidados, como Sebastián Martínez o Ángel Torres Quesada cuyos relatos y novelas son pequeñas joyas y paradigmas de una literatura que se ha desarrollado al margen del stablishment. De hecho, no conozco autor de ciencia ficción que se halla alzado con el Cervantes, el Nobel (a excepción de Doris Lessing, quien firmó al menos una novela de este género) o el Goncourt. Bien es cierto que hay premios específicos para obras de CIFI, terror o fantasía, pero no encuentro razones para que autores como Ray Bradbury o Stanislaw Lem no hayan recibido un reconocimiento internacional más allá del género en el que se inscriben de forma reduccionista sus complejos artefactos literarios.

Al comienzo de este artículo señalábamos que la ciencia ficción oscila en el pendular imprevisible de la historia de la literatura. Y hoy día se aprecia un ligero repunte en el interés del gran público por el consumo de historias de CIFI. Uno de los indicadores de este ´germinar´ se encuentra en las salas de cine y en la masiva producción de filmes que proliferan, tanto de gran calidad, como de marcado sesgo comercial y destinados a un público juvenil y de exigencia cuestionable

Futuristas entregas (muchas veces, precuelas) que recuperan las antiguas sagas de Star Trek o viejos títulos como la reciente revisión de Robocop; nuevas distopías cargadas de efectos especiales y protagonizadas por estrellas de Hollywood; subgéneros como la zombimanía que se entremezclan con la más pura fantasía futurista en apocalípticos escenarios de contaminaciones a escala mundial (recientemente Guerra Mundial Z o la ya clásica y tan revisada El último hombre vivo que tuvo su último remake en Soy leyenda, retomando el título original del prolífico Matheson). En definitiva, trazas del creciente interés por la ciencia ficción que está mostrando el público, un interés que de algún modo tiene su repercusión en el ámbito literario en un proceso de simbiosis en el que cine, literatura y videojuegos se retroalimentan a gran velocidad.

A esto hay que añadir el crepitar que se siente en los sellos editoriales: algunos como Dolmen que mantiene una línea en exclusiva para el cosmos de los zombies, y otras empresas más recientes como la nueva Oz Editorial, los sellos Omicron de Roca, Fantascy de Random House o Ediciones Irreverentes que se arriesga con la línea 2099 en un vigoroso intento de rescatar el espíritu pulp del pasado siglo así como el de las míticas revistas españolas pioneras, Nueva Dimensión, o la más reciente Scifiword.

La ciencia ficción ensancha cada vez más sus redes y se extiende por los meandros de la cultura, siempre porosa, hasta llegar a ser un elemento más de nuestro variopinto paisaje natural. Es mucho más que un género; es una filosofía puramente estética, que en cine y literatura ha sabido canalizar su espíritu visionario y especulativo. Una forma de entender y transformar la ficción, una manifestación de las inquietudes y preocupaciones humanas. Preocupaciones por el tiempo, por esos remotos limbos que son el futuro y el espacio exterior con todo lo que en ellos atisbamos: fantasías científicas, mundos alienígenas, viajes a épocas venideras o universos paralelos de los que la física cuántica ya parece hacerse eco hace tiempo y catalogar en su inventario de materias científicas.

En definitiva, la CIFI no es otra cosa que nuestra más sofisticada preocupación del hombre por el porvenir, una especulación filosófica y existencial que a través de un tratamiento estético, imaginativo y cultural ha cobrado la forma con la que hoy la conocemos. Y es que como afirmó Einstein al respecto de la investigación científica, «la imaginación es más importante que el conocimiento». Y no cabe duda de que la literatura de anticipación ha dado buenas pruebas de ello.

Es por lo tanto el escritor de este tipo de fantasmagorías un pensador, un filósofo que intuye fantasías e imágenes plausibles, que nos coloca frente al espejo tembloroso de lo desconocido, de lo que podría ocurrir (distopía), de lo que pudiera haber sido (ucronía) o simplemente que fabula sin otro propósito que el meramente estético pero que, no obstante, nos revela qué de extrañamiento hay en nosotros mismos en relación con el insólito mundo que nos envuelve. La literatura de ciencia ficción no es un subproducto que se ocupa de desentrañar entelequias infantiles del espacio exterior. Es una fuerza natural del más profundo pensamiento humano, que está en el imaginario colectivo de todos nosotros y, que al parecer, está más viva que nunca.

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