ÁNGEL H. SOPENA
Aaron Thomas es un tipo peculiar que decidió marcharse a los 18 años de su Tasmania natal a Ucrania, donde fue boxeador. Luego pasó por Los Ángeles y la vida le ha llevado por muchos lugares hasta recalar en Madrid. Trotamundos infatigable, la vida de Aaron incluye todos esos elementos que dotan a la música de fondo, historias y personajes. Primero su padre, guitarrista con algunos discos editados, y más tarde su padrastro, fueron sus grandes influencias. El segundo, Lonnie Lee, era una gran estrella australiana con varios trabajos de gran repercusión.
Entre el salón y la calle, su música golpea tus sentidos con calidez, inspiración y, lo más importante, con inesperada sorpresa, en una especie de bucle mágico del eterno retorno que anuda pasado y futuro.
Aunque tocado por una afección gripal, que le obligó a parar a medio una canción, el bardo australiano juega con los acordes de su voz a su antojo. El formato de voz y guitarra acústica se adapta perfectamente a sus canciones, convirtiendo su pop-rock-country-blues desnudo en el embalaje perfecto para ese aire de crooner arrebatador. Su don como compositor es la capacidad de expresar y evocar sentimientos que son íntimos y a la vez comunes a las vidas de los demás. Entró fríamente al escenario acompañándose por su guitarra, sabiéndose ganar poco a poco al público con su simpatía y espontaneidad. Fue seducción al primer acorde. Sus canciones esbeltas, sinuosas, dan vida a un fantástico ritual de exorcismo interior que enfoca el intricado universo de las relaciones: dependencias, equívocos y servidumbres. Un diario de a bordo de bajadas y superaciones. Y es que Aaron es un músico bendecido especialmente por la gracia de la melodía. Descendiente involuntario de los grandes autores de finales de los 60, pasa de rocker vulnerable (Claterring) a crooner afligido (Any More). De Nick Drake a Frank Black, sin olvidar a Jeff Buckley.
Un escueto saludo, y la dulce melodía de Far From Home envolvió el acogedor recinto de Beniaján, solo lleno hasta la mitad, pero expectante, receptivo. Prosiguió con Wasted or Crazy, ofrecido con pasión y delicadeza, que conduce directamente a un mundo de introspección, creando un imaginario propio capaz de generar un magnetismo peculiar. Y continuó con un set plagado de joyas pop-folk, muy bien escogido, con el fin de mostrar sin artificios ni edulcorantes sus virtudes más destacadas, y cuyo epicentro radica en su acrobática versatilidad vocal, que con pasión y fragilidad, belleza y melodía, narra historias acaecidas, ya sea tras las puertas de un hotel (Hotel Doors), la imposición de una restrictiva segunda piel (Made of Wood) o el anhelo de la persona que acabe con una embriagadora soledad (The Family Tree, que tuvo que cortar). Turbado por el calor y la tos decidió probar algo: desenchufó su guitarra y se sentó en las escaleras del escenario («Ya somos amigos», dijo, evitando así que se le escapara la presa). Luego versionó a los Kinks (Strangers), incluso recuperó un tema que tocaba su padrastro en los años 50 y fue un éxito de Elvis (Trying to Get to You). Volvió en un obligado bis, hilvanando un set ameno y entretenido que desembocó en Black Umbrella, sellando definitivamente su actuación plagada de humildad, sencillez y naturalidad, pasión y desgarro.