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JULIA ALBALADEJO / EFE De su mano salieron los ángeles más hermosos. Herederos para muchos de los querubines de Salzillo, las figuras de José Antonio Molina Sánchez -ángeles y muchas otras creaciones- han acompañado a los murcianos durante toda la vida del pintor, Medalla de Oro de la Región, que ayer falleció en Murcia a los 91 años.
Nacido en 1918, había recibido, entre otros galardones, el Premio de las Artes y las Letras de la Región, la Medalla de Bronce en Pintura en la Bienal de Alejandría, la Palma de Oro en la Exposición de Artistas del Sureste en Elche, la Espiga de Plata en el Certamen Internacional de Arte de Albacete, la Medalla de Plata en el Salón de Otoño y la Medalla de Plata en el Salón de Pintura en Murcia.
Había expuesto en numerosas ciudades españolas, en la Bienal de Venecia, así como en Francia, Estados Unidos, Brasil, Angola, Egipto, Chile, Perú, Suiza y Portugal. Y su obra se encuentra en los museos de Bellas Artes de Murcia, de Arte Contemporáneo de Madrid, de Arte Moderno de Lisboa, de Évora, Machado de Castro de Coimbra, Soares de Reis de Oporto, y de Greenville, en Carolina del Sur (Estados Unidos).
Las creaciones del también miembro de la Academia de Bellas Artes Santa María de la Arrixaca se pudieron ver por última vez en Murcia el pasado marzo, en el Palacio Almudí, y se están preparando dos exposiciones en Lisboa y en el Casino de Murcia. Ésta última será inaugurada el 30 de diciembre y, aunque el artista ya no podrá estar presente, el acto se convertirá en un homenaje de Murcia hacia su pintor de ángeles, quien quiso corresponder hace años al amor de su tierra y sus paisanos donando su obra a la fundación que lleva su nombre pero que no ha podido ver en funcionamiento.
Trabajador de origen humilde
De origen humilde y huérfano desde los 5 años, cuenta una de sus sobrinas, María Manzanera, que se crió con su padrino y con unos tíos. Con sólo 8 años ayudaba a su tío, que tenía un horno, a repartir pan por el barrio de Santa Eulalia y siempre tuvo claro que las cosas se lograban trabajando.
Relata Manzanera que por deseo de su padrino estudió Magisterio, pero siempre tuvo claro que se dedicaría a la pintura. Por eso también pasó por la Escuela de Artes y Oficios de Murcia y por los estudios de pintores como Almela Costa y Luis Garay.
En 1943 decidió marcharse a Madrid, donde pasó momentos muy difíciles en los que subsistía vendiendo a los periódicos retratos de políticos a plumilla y comiendo higos secos, relata Manzanera. Poco a poco comenzó a ser conocido y, tres años después, sus obras ya se podían ver en Madrid, Santander y Burgos. En 1948 expuso en Barcelona, tras lo que se trasladó dos años a Portugal, donde mostró su obra en Coimbra y ganó el premio Francisco de Holanda en el Salón de Arte Moderno de Lisboa.
En 1951 expuso en Bilbao, Barcelona, Murcia y Lisboa de nuevo y un año después se casa con Amparo, con quien vivió "un amor de película". Recuerda su sobrina que "siempre estuvieron enamoradísimos y vivieron mirando el uno por el otro". Nunca tuvieron hijos, pero Amparo solía decir que era una decisión de Dios para que no se separaran. De este modo, ella siempre acompañaba a su marido a todos los lugares donde exponía. Y así fueron juntos a Italia y Francia, en 1954, y a Estrasburgo, Venecia, Ginebra, Basilea, Alejandría...
Creador de fantasías y sueños
Cuenta el director del Palacio Almudí y amigo del pintor, Martín Páez, que "acercarse a Molina Sánchez, entrar en su vida era y es ponerse en contacto con la pintura, porque en él no ha existido esa línea divisoria entre vida y obra, ya que todo es una misma cosa". "En su pintura -prosigue-, perteneciente a la nueva figuración española, encontramos dos ejercicios artísticos bien diferenciados. De una parte su habilidad dibujística, de contornos cerrados y líneas seguras que secundan la realidad pero que llegan a liberarse en explosivas manchas, de líricas y fecunda sensualidad. De otra, su pintura densa, superposición de planos y transparencias, que se autodefine con libertad. Dos maneras que se funden en la creativa imaginación del pintor para recrear fantasías, escenografías soñadas".
Molina Sánchez es emblema de la pintura regional, como ya lo son sus ángeles, presentes en su obra a lo largo de los años. Cuenta Martín Páez que José Hierro emparentaba a dichas criaturas con los ancestros de su tierra, con sus remotos abuelos: los ángeles de Salzillo. "El ángel, más que religioso es un tema hedonista -relata Páez-, donde la figura y sus grandes alas servían al artista de pretexto para desarrollar espacios abstractos donde las pinceladas, veladuras y materia se recrean en fantasía creativa sin abandonar el límite de lo figurativo".
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