JULIA ALBALADEJO
La siempre dulce Verónica Forqué llega esta semana a la Región convertida en la "frívola, neurótica y bastante odiosa" Flora, la protagonista de 'La abeja reina'. Tengo entendido que lo de usted con esta obra fue todo un flechazo hace ya algunos años...
Cosas del destino, que a veces nos tiene preparadas cosas raras.... La obra la vi en Londres, en uno de esos viajes que hago para ver obras que me ilusionen y de las que pueda aprender, y me quedé fascinada. Había un personaje, el de la madre, para el que pensé que era demasiado joven -de esto hace ya siete años-, pero afortunadamente el tiempo no sólo juega en nuestra contra...
¿Y repite con Miguel Narros?
El proyecto surgió cuando acabamos la gira de '¡Ay, Carmela!', con la que fuimos muy felices. Pensamos entonces en volver a hacer algo juntos, me acordé de 'La abeja reina' y le dije a Miguel que me dejara hacer la traducción y la versión de la obra que él ha dirigido.
'La abeja reina' es la historia de una madre y un hijo... pero también es mucho más.
Es una historia familiar que arranca con una catástrofe cotidiana como es la muerte de uno de sus miembros. En este caso es el padre quien muere y el hijo, que es muy neurótico, vuelve a casa para el entierro. Y se reencuentra con su madre, una mujer frívola y profundamente insatisfecha con su edad y consigo misma. Es curioso porque yo al principio pensaba en que no sería capaz de interpretar a esta mujer, porque no se parece en nada a mí, pero luego resultó que teníamos muchas más cosas en común de las que pensaba.
¿Y qué descubrió que tenía en común con esta mujer?
Lo primero, la edad. Y yo también soy madre, aunque también es verdad que mi hija es menos neurótica. A Flora no le gusta su hijo, algo que es frustrante, sobre todo para él. Tienen una relación bastante imposible pero con la que te ríes porque la obra está muy inteligentemente escrita... Te ríes pero de pronto piensas 'qué horror'... Todos los personajes sufren una gran transformación y se dan cuenta de muchas cosas; algo que suele ocurrir cuando alguien muere y el suelo se mueve a tus pies.
¿Recuerda cuando le pasó eso a usted, cuándo se movió su mundo?
Sí, claro. Cuando murió mi padre. Aunque se vayan mayores, en el caso de los padres siempre es demasiado pronto. Siempre quedan tantas cosas por decir... y te acuerdas de las situaciones en las que fuiste egoísta y te portaste fatal. Por eso hay que estar siempre alerta y hacer el tonto lo menos posible, porque todo se puede acabar mañana.
Y hay que intentar dejarnos dentro lo menos posible...
Lo bueno sí hay que decirlo, pero también hay cosas que es mejor guardar porque hacen daño y las decimos por egoísmo, porque estamos rabiosos con el mundo.
¿Comparte usted el miedo a envejecer y a morir de su personaje?
Claro, como todo el mundo. A mi no me gusta envejecer, me encantaría haberme quedado como a los 35, pero no hay manera, por mucho pilates y muchas cremas que me compro... Pero todos los días le doy gracias a Dios porque los que hemos nacido a este lado del mundo somos muy afortunados.
Ya está claro lo que tiene usted en común con Flora pero, ¿qué es lo que más las diferencia?
Quizá cierta dureza en las relaciones, sobre todo con su hijo. Flora es muy poco amorosa y yo soy muy tierna. De hecho, al principio mi miedo era que el público me cogiera manía porque Flora es odiosa; y es verdad que es bastante odiosa y frívola, pero también divertida, que es lo que la salva.
Habla también esta obra de promesas incumplidas y esperanzas fallidas... ¿muchas de sus esperanzas se han truncado?
No me recreo nunca en lo que no consigo, en las insatisfacciones. El hombre siempre quiere más, pero yo tengo la conciencia de estar muy satisfecha con lo que tengo. Siempre quise ser actriz, pero nunca pensé que tendría el reconocimiento que tengo... Y sobre todo tengo que dar gracias porque ésta sigue siendo una profesión que me hace profundamente feliz y sigo experimentado la misma emoción en el escenario. Y cuando llegas a un sitio y ves el cartel de 'no hay localidades'... ése es el mayor subidón del actor, y es algo que cada día valoro más; cuando era joven no sabía lo que costaba llenar un teatro.