Con una noche festiva y jubilosa, en la que brillaron Nicola Conte y The Blind Boys, finalizó
el sábado el Cartagena Jazz Festival, un certamen que camina ya hacia su 30 aniversario y que se
ha consolidado como uno de los mejores del país.
ÁNGEL H. SOPENA
El Cartagena Jazz Festival está consolidado como uno de los mejores festivales de jazz de España. El cartel de su 29 edición ha tenido una de sus mejores y más equilibradas programaciones, pero eso no evita los deseos de mejorar para la 30, que ya asoma. Después de veintinueve ediciones ha conseguido formar parte del circuito internacional de festivales de jazz asegurándose la presencia de figuras de primera línea año tras año, figuras combinadas con tacto y orden, de manera que la mayor parte de tendencias tengan reflejo en la programación, expuestas por sus mejores representantes.
El cierre fue festivo, jubiloso, con la primera parte del programa protagonizada por el Nicola Conte Jazz Combo. Quizás nu-jazz sea un apelativo demasiado moderno para hechuras que se me antojan sorprendentemente clásicas y jazzy, sobre todo en su vertiente más íntima y seductora; con una contenida elegancia que al principio deambulaba entre la sensualidad del soul y el vigor de las décadas de los 40 o 50. Posiblemente, la propuesta del guitarrista italiano, principal referente del acid jazz en dicho país, carezca de aquel frenesí, y se quede más cerca de la música lounge de este siglo XXI, música envolvente y de fácil escucha, con un gancho indudable. La banda sonora de aquellas gozosas películas de los 60, llenas de intrépidos espías a lo James Bond o repletas de delirantes fiestas como El Guateque. Ese cool jazz que asociamos con las poses sofisticadas y elegantes, sensuales y vitales, de la primera mitad de los 60. Elegantes sintonías de atractivo sabor añejo que están muy bien para los que se inician, pero dejaron un poco frío el ambiente.
En la segunda parte, los Blind Boys of Alabama, uniformados de blanco, pusieron el tono jubiloso con los cantos religiosos del sur de Estados Unidos. Al público, que llenaba el teatro, le llevó poco tiempo conectar con la energía musical de efectos místicos, de este conjunto con más de 60 años de historia, cuyos primeros escenarios fueron las iglesias de Alabama, cuando la segregación imperaba y nadie imaginaba que algún día EE UU tendría un presidente negro.
Jimmy Carter, único miembro que queda de la formación original de finales de los años treinta e impecable maestro de ceremonias, asumía el liderazgo. Su vitalidad, oficio y desenvoltura chocan con los casi noventa años que debe de rondar, pero asimismo concuerdan perfectamente con las seis décadas que lleva recorriendo escenarios.
No hubo alarde de música: bajo, guitarra, órgano y batería cumplen con discreción, pero poco más; algo más desenvueltos son los teclados, nada de extrañar en un género donde lo que cuenta es la voz y la energía para transmitir un mensaje. Y de eso sí que hubo. El corazón del sonido de los Blind Boys es esa armonía de 4 partes, que hace un uso dramático del contraste de las voces líderes. Pero los chicos ciegos tienen demasiadas tablas y saben cómo adaptar y vender su espectáculo. Así han conseguido evolucionar: su base es el gospel, pero no rechazan colaboraciones con artistas de otros estilos o injertar, a veces de manera demasiado tímida, otros ritmos. Así, deleitaron con sus versiones de la inspiradísima 'Way down in the hole', de Tom Waits, la unión del clásico 'Amazin Grace' a la melodía de 'The house of the rising sun' de los Animals, y, sobre todo, con el mágico momento en que entonaron el regalo de Ben Harper 'There will be a light', cadenciosa, armónica y dulce.
Y lo demás, puro gospel: canción de marcha y líder, de estímulo y respuesta, de ánimo y gracias. Los tres cantantes (sobresalió la cálida gravedad de la voz de Benjamin Moore), tenían ganas de baile para desesperación del guitarra, que se desvivía para hacer que se sentaran. Sus voces tienen una habilidad natural para contagiar el drama de sus mensajes. Terminaron con Mr. Carter bajando del escenario y recorriendo el patio de butacas, potencia de voz en mano. Es un espectáculo que habrán repetido miles de veces, pero que funciona. Te hace mover por fuera y te cosquillea por dentro. Al salir, todos tenían una gran sonrisa en el rostro.