Ángeles Caso, el compromiso con su género

La escritora, autora del momento tras alzarse con el premio literario mejor remunerado, aparcó una exitosa carrera periodística para dedicarse en cuerpo y alma a la literatura

06.11.2009 | 19:14

Pronto quedó claro que estaba llamada a más altas cotas televisivas. Su desparpajo ante las cámaras, acompañado de una firmeza y saber estar inmunes a cualquier contratiempo, no podían pasar inadvertidas a los mandamases de la capital. Y Ángeles Caso, como hiciera con anterioridad María Teresa Álvarez, cruzó el Pajares y pasó del «Panorama regional» en 1985 al Telediario de TVE.

Con el hoy fogoso tertuliano Enric Sopena al frente de los informativos, Caso fue una de las protagonistas de una restructuración de los telediarios junto a nombres hoy consagrados como Concha García Campoy y Carlos Herrera. El experimento de poner a una pareja de presentadores unió a la periodista asturiana con otro profesional en alza, Manuel Campo Vidal. La primera edición, con ellos dando la cara, pisó con garbo y ofreció una imagen de modernidad y frescura que venía muy bien a un ente que aún temblaba recordando la cutre entrada golpista de 1981. Fue, de todas formas, una aventura efímera porque Caso dejaría su sitio en agosto de 1986 a María Escario.

Del vértigo de la información diaria, que ella dominó con su aplomo habitual, pasó al sosiego de la entrevista en «La tarde», uno de esos espacios que aún tenían ídem en el pasado, y en el que Caso mostró su habilidad para conectar con todo tipo de personajes, sin querer chupar cámara a costa del personaje.

La atracción catódica no tenía a la periodista asturiana en sus redes. De salir en pantalla pasó a sentarse tras el micrófono de la radio, con ocasionales «recaídas», como su participación en 1989 en el programa especial que TVE dedicó al Nobel de Camilo José Cela, al que años después batiría en ventas como finalista en el premio «Planeta».

Después de una breve experiencia en el área de Comunicación e Imagen de la Expo'92, Caso entró en abril de 1988 en la Cadena Ser para hacerse cargo de «No me hagas caso», pero un año después cambió nuevamente de aires y se fue a RNE, donde consiguió su mayor triunfo como directora del prestigioso programa cultural «El ojo crítico», hasta octubre de 1994. No hubo otro desafío periodístico y platós y micrófonos dejaron paso a la literatura.

El éxito de su biografía sobre Sissí fue el espaldarazo que necesitaba para una decisión que tenía mucho que ver con su alergia a la fama pegajosa y a la sobreexposición a los focos públicos. Quizá una de las razones de su seguridad ante las cámaras se deba a su desapego a todos los barnices que acompañan el verdadero trabajo, a su convicción de que el periodista es siempre un intermediario, jamás un protagonista de la información. De ahí que el gusanillo periodístico lo alimente ahora con colaboraciones en prensa.

La noche en la que ganó el premio «Planeta» dejó bien sentado desde el principio (incluso cuando se produjo el desmayo del jurado Pere Gimferrer) que sigue dominando el espacio escénico, que las cámaras la quieren y que no renuncia a su personalidad aunque enfrente haya algunos «ojos críticos» que frunzan el ceño ante la seguridad en sí misma que muestra y que puede confundirse con arrogancia. Caso se mostró preocupada por Gimferrer, y, luego, exultante sin aspavientos. En definitiva, una profesional de los pies a la cabeza: pocas veces el departamento de comunicación de Planeta tendrá a un ganador que entienda tan bien su trabajo y que les haga... caso.

Uno de los rasgos que comparten varias de las creadoras rescatadas por Ángeles Caso en su espléndido ensayo «Las olvidadas» es ser hijas de hombres que no temían a las mujeres, de varones que se atrevían a desoír la ancestral recomendación de confinarlas en la ignorancia para protegerse y protegerlas de su supuesta y perniciosa tontuna.

Ángeles Caso, lo ha dicho muchas veces, creció a la sombra de un hombre ilustrado que le mostró desde niña el camino de las luces. Tal vez por eso, hipnotizada por sus resplandores, tardó algo más en descubrir el filo de la sociedad patriarcal que en descifrar los secretos de las letras y las artes.

En la adolescencia y primera juventud están permitidas todas las ilusiones. Incluso la de no imaginar todo el alcance del cisma más profundo que afecta al género humano desde el génesis bíblico. O tal vez desde el Neolítico, si se es más adicto a Clío que a Moisés. Pero el callejón de la vida adulta levanta muchos velos y corrige miopías. Solemos llamarlo madurar y es un proceso que a Ángeles Caso la ha llevado a cobrar conciencia del ceniciento papel asignado a su género por los hombres. «Las mujeres han sido muy maltratadas por los hombres y por muchas mujeres, tan defensoras del machismo como los hombres», declaró la pasada semana a este diario, recién galardonada con el «Planeta» su novela «Contra el viento».

La lectura del corpus narrativo de Ángeles Caso permite distinguir dos rasgos dominantes que inclinan a calificarla de autora neorromántica: la indagación en el universo de los sentimientos y la observación íntima de la naturaleza, la otra gran protagonista de su prosa. Estas dos marcas mayores, combinadas a veces con trazos fantásticos, se vertebran en cinco de sus seis novelas en torno a personajes femeninos. «Tengo un compromiso con mi género que crece y madura a medida que yo lo hago. Pretendo dar voz y visibilidad a mis congéneres», añadió en aquellas declaraciones.

Su compromiso ha llevado a Ángeles Caso a edificar toda una galería de mujeres prisioneras, cada vez más cercanas. Estaba ya presente en «Elisabeth» (1993), aunque hubo críticos poco atentos que tal vez no captaron, o no leyeron, esa búsqueda del verdadero pulso de la emperatriz austrohúngara, enterrada bajo las capas de crema y merengue de la Sissí hollywoodiense. En cualquier caso, el malentendido ayudó a catapultarla al éxito, porque la novela, lanzada en silencio en una colección menor llamada «Mujeres apasionadas», se convirtió en un superventas que, aún hoy, puede encontrarse en las librerías.

Su segunda novela, «El peso de las sombras» (1994), retrató la cárcel de soledad, a caballo entre los siglos XIX y XX, de una aristócrata francesa confinada en su papel obligado de perpetua menor de edad. Al llegar a la altura de 2000, Ángeles Caso había ido orientando su lupa a un pasado más inmediato. De los recuerdos familiares nace «Un largo silencio», el drama de las mujeres republicanas ninguneadas hasta la extenuación en la posguerra. Y, tras nueve años sin publicar novela, los ojos de la escritora se han posado ahora en su entorno más inmediato: las inmigrantes caboverdianas que, contratadas como servicio doméstico, se han convertido en amigas y confidentes de durísimas historias marcadas por la miseria y el maltrato masculino.

Esas inmigrantes representan, por el momento, la última estación del compromiso de mujer de Ángeles Caso y estarán a su lado en la ceremonia de entrega del «Planeta». Aunque, como nunca faltan miopes de larga baba, el gesto ya haya sido tachado de puro oportunismo por más de un espontáneo comentarista de medios digitales. Menos mal que a Ángeles Caso, me consta, la maduración también le ha traído escamas de acero contra el vitriolo.

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