JUAN JOSÉ PÉREZ
En ocasiones cuenta más el carácter que los conocimientos. Los doce mil fieles que acudieron el sábado al estadio así lo entendieron y aplaudieron la actitud y la entrega de un equipo que jugó como nunca y empató como casi siempre. Once igualadas en lo que llevamos de curso son muchas tablas, aunque insuficientes aún para construir una balsa que evite el naufragio.
Es cierto que todos los empates valen un punto pero la sensación que queda cuando el árbitro pita el final no siempre es la misma. Contra la Real, los granas pusieron el juego y las ocasiones y los donostiarras los goles, uno a favor y uno en contra, para marcar la diferencia entre un aspirante al ascenso y un candidato al descenso, la distancia que va del uy al gol, del palo a la red, del lamento a la alegría.
La gran actuación del portero visitante y la falta de pegada de los atacantes locales sirvió para firmar un reparto de puntos que dejó un regusto agridulce y la sensación de que los donostiarras habían escapado con vida después de estar contra las cuerdas.
Sin embargo, el clan de González ya no se viene abajo a la primera adversidad y recibir el primero ya no es sinónimo de derrota. El equipo lo intentó sin fortuna hasta el final y la parroquia valora el esfuerzo y la entrega de unos jugadores que se cabrean cuando no les salen las cosas sabedora de que esto no es Disneylandia, que lo que resta hasta final de temporada no será un camino de rosas y que los buenos resultados llegarán como lógica consecuencia de la mejoría en el juego.