JUAN JOSÉ PÉREZ PÉREZ
Ya tenía ganas de poder hablar bien de este equipo y no meterme con ellos. De que marcaran goles legales, no fallaran penaltis y acabaran un partido con once. De que vencieran y convencieran, jugaran por las bandas y le dieran una satisfacción a una sufrida afición que, incluso con el cero a dos, no las tenía todas consigo y dudaba de la victoria.
El sábado no hubo motivos para la crítica ni lugar para el sufrimiento. El Real Murcia tuvo que esperar once meses y regresar a Las Palmas para reencontrarse con el triunfo como visitante y lograr un resultado tan deseado que parecía imposible de lograr tras demasiadas jornadas de penuria, meses de encefalograma plano, viajes de vuelta con el rabo entre las piernas, la derrota como compañera y algún miserable empate como único y triste consuelo. Con la esperanza, lo último que se pierde, a punto de extraviarse como una maleta en un aeropuerto.
El Murcia dio por fin signos de vida y salió de su larguísimo coma visitante cuajando en Las Palmas su mejor partido de la temporada. No se conformó con dar primero ni dar dos veces, sino que madrugó para asestar a su rival tres puñaladas en el corazón del área pequeña y dejar el partido visto para sentencia a las primeras de cambio en veinte minutos de locura.
Las tres victorias del curso han llegado de la misma manera, basadas en un arranque fulgurante y una pegada demoledora. La receta está clara. Sólo falta que el enfermo se la tome más a menudo para que pueda abandonar la UVI de una vez por todas.