JUAN JOSÉ PÉREZ
El Real Murcia demostró en Tarragona que es capaz de lo mejor y de lo peor, incluso dentro del mismo partido. Que, como el doctor Jeckill, puede transformarse en mister Hyde en cualquier momento y darle un susto a cualquiera. Confirmó que, como acusaron a Lincoln, es un equipo de dos caras, aunque, si tuviera otra no iría con la que lleva puesta toda la temporada.
La cosa pintaba mal desde el minuto cero. Un gol encajado a las primeras de cambio y otro de penalti inocente al borde del descanso hacían presagiar lo peor pero los granas no bajaron los brazos ante la adversidad y siguieron remando pese a la que estaba cayendo para que el enrachado Natalio rematara de cabeza un corner y acortara distancias antes del descanso.
En la reanudación, los granas mostraron su mejor cara y Chando primero y Bruno después remontaron el partido en cinco minutos de locura, en el arreón típico de una temporada en la que los goles, cuando llegan, lo hacen a pares en unos pocos minutos.
El Murcia pudo por fin con su incapacidad para remontar un partido igual que hace quince días acabó con la pertinaz sequía de triunfos como visitante. Sigue dando una de cal y otra de arena, pero se nota cierta mejoría en el juego, mayor confianza en las propias fuerzas y las malas rachas se van acabando poco a poco. Solo falta acabar con el maleficio que persigue al equipo desde los once metros para acercarse aún más a la ansiada permanencia.