JUAN JOSÉ PÉREZ
Parece mentira pero no lo es. El Real Murcia ostenta el dudoso honor de ser el único equipo capaz de lanzar cinco penales y fallar seis. Da igual que el lanzador sea el desmoralizado Bruno, que Óscar Sánchez falle el lanzamiento y su repetición por si alguien no lo había visto claro o que, como el domingo, sea Luque el protagonista. Da lo mismo. Hace tiempo que los máximos castigos son castigos a secas y las penas máximas sólo penas.
Lo del Real Murcia con los penaltis es de locos. Decía Gandhi que tus pensamientos se convierten en acciones, tus acciones en costumbres y tus costumbres en tu destino. Los lanzadores están tan obsesionados con el gatillazo que se han acostumbrado a sufrirlo y su negro destino se repite una y otra vez. Más que un entrenador necesitan un psicólogo para superar lo que va camino de convertirse en un trauma.
Como en el día de la marmota, el Murcia parece condenado a vivir el mismo partido una y otra vez hasta que se reforme y se convierta en una buena persona. Todos los días le despierta la misma maldita cancioncilla de la radio, se mete en el mismo charco, saluda a la misma gente y comete los mismos errores. Marca un gol con la mano o en fuera de juego, falla las ocasiones una tras otra, marra un penalti, acaba jugando contra diez y termina perdiendo o, en el mejor de los casos, empatando y durmiendo en posiciones de descenso.
Después de varios intentos de suicidio, el protagonista de la película comprende que lo mejor es aprovechar el tiempo, aprende a tocar el piano y hasta se queda con la chica. No pido tanto. Yo me daría con un canto en los dientes si algún jugador aprendiera a marcar un penalti de aquí a final de temporada.