Actor 

Juan Bastida: "Tuve que hacerme el carné del PP para poder trabajar"

"Nos pagaban en negro, y ahora resulta que yo no he cotizado lo suficiente para cobrar por la Seguridad Social. Por eso cobro 368 euros por el IMAS"

13.11.2017 | 21:27
Juan Bastida sale del Rolls que lo condujo a la plaza de Romea para presentar su libro, recibido por el transcriptor de sus memorias, el periodista Víctor M. Mirete.

Entre bambalinas. Me cita en la sala de lectura de la segunda planta del hospital Reina Sofía. Ha acudido a consultas, y se muestra en silla de ruedas. Su cuerpo está hecho fosfatina, pero, sin cortesías, yo lo veo bien. Está elegante y señor, con su abriguito y su sombrero a lo tirolés. Le brilla la cara y la sonrisa. Días atrás presentó su libro de memorias en el Romea, cuyo escenario tantas veces ha pisado con casi todo lo que se ha movido en el teatro murciano: Matadero, Tespis, Alkibla... A su faceta de actor se añade la de showman, y ha colaborado durante temporadas en TVE, 7RM u Onda Regional. Ese trayecto parece concluido; ahora vive de una pensión mínima, recibe asistencia de los servicios sociales y ayuda de algunos amigos, como Yolanda, reencontrada en esta etapa de dificultades. Ha vivido a tope saltándose toda continencia y, si el cuerpo cansado se lo permitiera, seguiría en la brecha. Al despedirnos, sale conmigo a fumarse un pitillo: «Mantengo todos los vicios que todavía me puedo permitir». Las luces de la escena ya se apagaron, pero él se apunta gozoso a cualquier mínimo resplandor: habla de su nombramiento como Chirigotero del Año de Beniaján con la alegría de quien hubiera recibido un Goya. Los gozos del pasado y las sombras del presente son el material de su memoria, resumida en unas doscientas páginas. Con ustedes, ladies and gentlemen... Juan Bastida.

Me cuentan sus amigos que va usted diciendo por ahí y escribiendo en las redes que está al borde y que de esta no sale. ¿Qué le pasa? Tuve un derrame en el estómago y en el hígado y caí en coma. Estuve así 27 días en el Morales. Tengo los huesos y los músculos muy mal por efecto de la quimioterapia. Lo que llevo encima es muy gordo. Y además, un día me caí tres veces, y tengo una vértebra chafada. Estaba escribiendo mis memorias y me dije que teníamos que presentarlas este año por si esto no aguantaba más.

Leo en su libro que la situación que sufre la achaca a que su vida ha sido algo despendolada y esto le ha traído consecuencias. Desde luego. He llevado un vida despendolada. He sido y soy actor, y cuando he salido me he puesto hasta las trancas de todo. A veces he llevado un pedal tan enorme que no sabía ni donde estaba. A mí la cirrosis hepática no me ha salido por el alcohol, sino por derivación de la hepatitis B. A mi hermana le dijeron que se despidiera de mí por si no me despertaba del coma. Cuando me desperté no conocía a nadie.

Apunta en el libro que ha tenido una de esas experiencias como la de volver de la muerte. Tuve sueños. El médico me dijo: «Juan, cuando se tienen esos sueños es porque estás clínicamente muerto». Pero no soñé con gente muerta. Me vi envuelto en una túnica, como de alguien que me abrazaba, pero no tenía brazos. Estoy seguro de que era la túnica del Cristo del Rescate. Me llevaba y me decía: «Juan, no te preocupes, no pasa nada».

¿Es usted creyente? Sí. Pero no sigo todos los designios de la Santa Madre Iglesia. No me da la gana de seguirlos.

Pero usted no se arrepiente de nada. De nada. Soy feliz con la profesión que elegí. He vuelto a la vida desde el coma, y volvería a hacer lo mismo.

Pero en algunos fragmentos de su libro confiesa que le habría gustado tener una vida más convencional. Hay mujeres con las que me habría gustado compartir una vida, pero conocí a un hombre que descubrió mi parte gay. Decidí probar los dos sexos. Y me quedé en gay.

Por ahí hay muchos que dicen quererlo mucho, pero usted se queja de que en estos momentos en que lo está pasando mal lo han dejado solo. Ahora he reencontrado a Yolanda, una vieja amiga que me escuchó en la radio, y se puso a llorar de alegría. Viene y me cuida. Cuando brillas, hay muchos para hacerse fotos a tu lado, pero cuando estás mal te quedas más solo que la una.

Solo y endeudado, según dice en sus memorias. ¿Sabes lo que cobro como pensionista? 368 euros cada mes. Ruina. No puedo trabajar en nada, porque soy pensionista del IMAS.

O sea, que le pagan 300 euros y no le dejan ganar más. Así es.

A ver si va a ocurrir ahora que su libro lo van a leer las personas bienpensantes para decirles a sus niños: no vivas como Juan Bastida, porque mira como se acaba.... Enfín, acarrearemos con las consecuencias.

Su libro empieza relatando que de niño sufrió el acoso de un pederasta. Sí. Siempre he tenido un trauma por ese recuerdo. Aquel muchacho me hacía cosas que me producían mucho asco. Tenía yo cinco años. Puede que esto condicionara después mi sexualidad. No he sido nunca del todo feliz, porque no he logrado mis aspiraciones como ser humano.

Sin embargo, ha querido apurar la vida a tope. Me he pegado fiestas por un tubo, he salido con muchísima gente. En mi vida ha habido muchas luces, pero cuando la luz se apaga...

¿Esto no lo sabía usted de antemano? ¿No lo había observado en la experiencia de otras personas? No, amigo mío, no. Eran otros tiempos. Había veces en que los 'grises' nos sacaban de ciertos bares a golpe de porra...

Dice en una parte del libro que su decadencia profesional se produjo a partir de la llegada del PP al ayuntamiento de Murcia. Y habla de irregularidades en la gestión del Teatro Romea. Cuando sale el PSOE y llega el PP se inicia la decadencia. Lorenzo Píriz-Carbonell, mi maestro, es una persona muy muy muy inteligente, y nos dijo: «Vosotros callaos y decid que votáis al PP, que tenemos que salir adelante». Eso le permitió a él estar veinte años de director del Romea y a nosotros tener trabajo. Lo que pasa es que nos pagaban en negro, y ahora resulta que yo no he cotizado lo suficiente para cobrar por la Seguridad Social. Por eso cobro lo que cobro por el IMAS.

Dice usted en el libro que en el teatro se hacían cajas que no se contabilizaban. Claro que las había. A montón. Sabemos cosas, pero nos damos un punto en la boca porque queremos vivir. Fíjate tú con lo que yo he trabajado y he bregado, y estoy cobrando lo que estoy cobrando. Y nadie se apiada de mí. Ahora estoy pidiendo una residencia, pero no te creas que es fácil conseguirla. Es lo más difícil que existe en el mundo.

Usted ha percibido la corrupción en su entorno. Sí, pero había que callar.

Dice en su libro poco menos que se le obligaba a usted y a otros actores a militar en el PP. ¿Había que hacerse del PP para trabajar en el Romea? Por ahí debo tener una cartera en la que guardo el carné del PP. Me lo hice prácticamente obligado para que se pudiera relacionar mi número de identificación fiscal con ese carné. Que dijeran: ¿Juan Bastida? Sí, sí, está en el PP y tal. ¡Fíjate! Mi padre era comunista. Si supiera que su hijo tenía un carné del PP se habría levantado de la tumba y me habría hinchado a hostias. ¿Que si he visto de cerca la corrupción? Mírame a mí ahora, sin Seguridad Social, después de que me hayan pagado en negro. Sin embargo, el actual concejal de Cultura es la caraba: asistió a la presentación de mi libro y estuvo toda la noche. Maruja Pelegrín y otros del PP son amigos y me quieren. Pero después me fui a mi casa solo y me quedé allí apagaíco.

Otra vez la luz y la sombra. Bueno, tengo la satisfacción de que la Chirigota de Beniaján, de donde yo soy, me anunció en la noche de la presentación del libro que me nombraban Chirigotero del Año.

Usted fue uno de los primeros murcianos en salir del armario. Es más, dudo que alguna vez estuviera dentro. Nunca he estado dentro del armario.

¿Y cómo se llevaba eso en los 70? Uy, era muy difícil. Había que ir a la cafetería Dublín y a otros ciertos sitios para poder mostrarse. No era como ahora, siempre con el orgullo gay por delante. ¡Anda ya con el orgullo gay! Yo siempre me mostré como gay, aunque no hay que llevar un cartel que lo ponga.

¿Se le toleraba a usted o es que se situaba en círculos normalizados? Estaba en círculos donde no hay problemas con los gays, pero siempre los había. Una vez fui a casa de un amigo, y la abuela comentó: «¡Anda, pero si hasta son buenas personas!». Y el nieto: «Pero, abuela ¿qué tendrá que ver lo que sea Juan con ser o no ser buena persona?». Tú fíjate.

Habla usted de un piso en la Trapería de Murcia donde poco menos que se escenificaba una orgía permanente... Un grupo nos vestíamos de romanos, y aguardábamos hasta que llegaban los vikingos. Y nos violaban a todos.

Como un juego, claro, supongo. Íbamos a que nos violaran. Pues sí, jugábamos a ese tipo de cosas. Lo de Trapería era muy famoso. Venían también chicas, pero el ambiente era gay. Algunas de las chicas que iban por allí y que se casaron, después se hicieron gays también.

¿Aquella casa era el centro de lo que se movía en el mundo gay murciano? El piso tenía una terraza muy grande, donde se ponían haimas. Allí nos metíamos los romanos, y cuando escuchábamos ruido afuera gritábamos: «¡Que llegan, que llegan, que llegan los vikingos!». Y llegaban. Pero no voy a dar ningún nombre. ¿Tú sabes cuando yo me acostaba en aquella cama lo que había allí?

¿El todo Murcia? El todo Murcia estaba allí metido.

En el libro habla mucho de sexo, pero también reconoce que lleva mucho tiempo sin practicarlo. ¿Se acabó de tanto usarlo? Hay gente que me mira y parece que... Pero a la hora de la verdad no tengo sexo ni cama ni nada. Tuve mucho sexo de joven, pero ya de mayor, nada. Nada de nada. Puedes poner este titular: «A Juan Bastida ya no se le empina». Estoy fuera mentalmente. Ya no me enamoro. Hay algunos que me entran por los ojos, pero me voy a mi casa y se me olvidan. Algunos me rozan y parecen decirme: ay, si yo te hubiera conocido antes... Y yo les digo: ¿Y por qué no ahora, que es la edad justa?

Al final, todo ese desenfreno ¿para qué? Banalidades, todo superfluo... ¿Para qué? Para nada.

Las fiestas se evaporan. ¿Qué es lo que después de ellas ha descubierto que es más importante de la vida? Pues... Tener una buena pareja que te siga, que te ayude, que esté contigo para las buenas y para las malas. Eso es lo importante.

¿Tiene ahora la sensación de que se está perdiendo algo? Sí, claro. Me gustaría poder salir a cenar, y luego mi gintónic y mi taponcito de tequila, y otras cosicas que tomaba yo... He tomado de todo lo nacido. Me decían: tómate esto, me lo ponía debajo de la lengua y empezaba a ver luces y luces.

Usted tuvo pareja. Duró cinco años. Pero él era un poco crío. Se iba por ahí y me la pegaba con unas y con otros, porque le daba a todos los palos, como yo.

Pero usted, por lo que cuenta, tampoco se ha distinguido por la fidelidad a sus parejas. La verdad es que no. A mí se me ponía un bombón delante, y yo me decía: si lo pelo es Ferrero Rocher, y si no lo pelo, no me gusta. Me comía el bombón y luego volvía con mi pareja y le decía: «Cariño, cariño, cariño...». Ya está. Ni más ni menos.

Usted lo hacía, pero reprochaba a su pareja que lo hiciera. No, yo nunca fui egoísta. Pero los celos... Los celos son criminales. Y los dos éramos celosos.

Y con las mujeres ¿qué tal le ha ido? Al principio tuve relaciones con una actriz, y más adelante con otra, también de la misma compañía. Mientras estaba con ellas no mantuve relaciones homosexuales. Pero conocí a un hombre que me habló no sólo de sexo, sino también de amor y... Yo admito en el libro que he sido muy vicioso. He sacado infinitos ligues de un gimnasio que tiene mi sobrino; casados, con novia... Gente que no está en los armarios ni fuera de ellos.

A ver si yo me aclaro: Usted se casó con una chica que había quedado embarazada de un amigo suyo, de usted, que también era gay. ¿Es así? Así fue. Se acostaron, y ella se quedó embarazada. Estaba claro que era la hija era de él porque, como todos los hijos que no son reconocidos, tenía la misma cara del padre biológico. Me casé para darle el apellido a la criatura que iba a nacer, y porque no me gusta que la gente aborte.

Y ahora parece que esa hija que reconoció pasa de usted. Bueno, es que vive... ¿Cómo se llama el país este de por allá?... Vive lejísimos, está casada, tiene dos críos. No es que pase de mí. Ni sí ni no. Cuando la he visto le he dado dos besos, la he mirado, y me he dicho: «Anda, hija, que tienes toda la cara de tu padre».

Se queja de estar muy solo, pero veo que hay alguna persona a su alrededor. Mi hermana. Por mi hermana doy la vida. Y Yolanda, que ves aquí conmigo, es una vieja y gran amiga, que ahora ha vuelto.

Usted ha sido la oveja negra de su familia, como reconoce en el libro. Sí, querían que hiciera una carrera distinta a la de actor. Según mi padre, no me estarían pasando las cosas que me pasan ahora. Y sin embargo, mis padres me compraron el primer piano que tuve, porque yo quería ser músico antes de romperme los dedos de una mano. Pero gracias a Dios me metí en la Escuela de Arte Dramático, donde estaban Juan Ignacio de Ibarra, Jacobo Fernández Aguilar, Antonio de Béjar... Ellos me ayudaron y me dieron trabajo.

Además de actor, usted ha tenido un perfil muy acusado de showman. Fueron muy populares sus actuaciones en Casa de Luis Federico. Allí cantaba con él. Luis fue el mejor de mis maestros, y los he tenido importantes, como César Oliva, José Antonio Aliaga, Manuel Navarro... Un día Luis cerró la casa para que asistiera el Gobierno de Felipe González. O Mari Trini, Serrat, Concha García Campoy... Venía todo el mundo expresamente.

¿Qué pasó al final, por qué se deshizo aquel dúo? Tuve que dejarlo para dedicarme al teatro. César Oliva me llamó para una producción en Madrid, el primer Volaverunt, que luego no se hizo.

Ha sido usted un actor fijo del Tenorio de los Pineda, que se acaba de escenificar, como cada noviembre. Supongo que habrá echado de menos no poder estar sobre el escenario... Veintiséis años he estado en el Tenorio en el papel del Comendador. Y siento mucha nostalgia. Este año fui un día a verlo.

Que le quiten lo bailao ¿no? He gozado mucho de esta vida. Y si me tengo que ir, quiero que en Murcia se haga una fiesta en la que se diga que Juan Bastida ha vivido, ha amado y ha sido amado. Que la fiesta, cuando yo me vaya, sea más que sonada, resonada.

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