Sucesos

Cala Cortina. Un caso sin juicio

Los cinco agentes, que debían ser juzgados, finalmente fueron condenados a cuatro años de prisión por homicidio imprudente y detención ilegal

01.10.2017 | 13:57
Los agentes implicados en la muerte de Diego Pérez se tapan la cara durante su entrada en los Juzgados de Cartagena.

La próxima semana había de dar comienzo, en la Audiencia Provincial de Cartagena, el juicio del caso que comenzó cuando Diego Pérez desaparece de su vivienda, el 11 de marzo de 2014, y su cadáver aparece flotando en Cala Cortina dos semanas después. Esta semana, acusaciones y defensa ratificaron un acuerdo. El juicio se limitará a la aceptación por parte de los acusados de los cargos que se les imputan y las penas propuestas. El debate de las cuestiones más controvertidas del caso queda así abortado. El juicio de verdad, donde se habían de discutir las cuestiones cruciales del caso, nunca se celebrará. Cala Cortina pasará a la crónica de sucesos regional como el caso sin juicio.

Altas horas de la madrugada. La madrugada del once de marzo de 2014. Hace frío. Un hombre excitado busca el auxilio de la policía. Asegura que los vecinos lo amenazan. Los agentes acuden y, esa misma noche, el hombre desaparece. Se peina el barrio, se baten los solares. Los agentes que acudieron en la noche aciaga colaboran en la búsqueda. Tras quince días, el cuerpo del hombre aparece flotando en una cala cercana a la ciudad. El forense dice que lo han matado. La investigación se encasquilla. Es entonces cuando aparece un vecino que presenció la escena. Desde su balcón, lo vio todo. Y ahora lo cuenta: acudieron tres coches, nada menos que seis agentes, y el hombre desaparecido había sido introducido, previo manotazo, en un vehículo policial. Eso no lo habían contado los agentes. Eso se lo habían callado. ¿Dónde lo llevaron? ¿Qué saben ellos de su desaparición? Los servicios de investigación interna del cuerpo policial entran en escena. Se pinchan teléfonos. Se colocan micrófonos en los vehículos policiales de los seis agentes. Se realizan seguimientos. Se revisan las cámaras de la ciudad y lo que se encuentra es oro molido: aquella madrugada, tras acudir al domicilio del hombre, los agentes fueron y volvieron en diversas ocasiones a la ensenada en cuyas aguas apareció el cadáver del hombre. La ensenada conforma una playa menuda flanqueada por despeñaderos.

Los seis agentesson finalmente detenidos. Se los acusa de haber acabado con la vida del hombre. Ellos lo niegan. Admiten haberlo conducido a la cala pero aseguran que, una vez allí, escapó corriendo como alma que lleva el diablo. Posiblemente se despeñó. No es lo que piensa la Fiscalía. La Fiscalía piensa que le dieron muerte a golpes y arrojaron el cadáver al mar. ¿Qué versión creer? El juicio ya no será. Un jurado popular ya no tendrá la última palabra. Y no son si quiera ya seis los agentes procesados: uno de ellos falleció durante el tiempo en prisión preventiva.
La historia no es invención de los guionistas de una serie americana. Es real. Y no sucedió en Illinois. Sucedió aquí. En Cartagena. El hombre se llamaba Diego Pérez. Vivía en el barrio de Las Seiscientas. La ensenada es Cala Cortina. Bienvenidos al caso Cala Cortina.
En la Sección Quinta de la Audiencia Provincial de Cartagena tenía previsto celebrarse el juicio de uno de los casos más sonados de la historia de los sucesos de la ciudad departamental. Y de la Región.
El juicio se pensó de una forma monumental: 63 testigos y 33 peritos iban a desfilar durante el mes en que se prolongaría la vista. En la pugna que librarían la Fiscalía y la acusación particular por un lado y las defensas por otro, varias son las cuestiones que se presentaban como cruciales.

¿Fue Diego asesinado?

El debate no solo es si los agentes asesinaron a Diego, sino que está en duda que Diego muriera asesinado. El forense del Instituto de Medicina Legal, Alfonso Sánchez Hermosilla realizó la autopsia al cuerpo. Los demás peritos solo han tenido acceso a sus fotografías e informes. El forense lo tenía claro: Diego murió a causa de una torsión del cuello al estilo de las que se realizan en las artes marciales. ¿Pudo ser esta torsión accidental? «Es más fácil que te toque la lotería», afirmó campanudo el forense, «que la muerte fuera accidental». Añadió, para colmo de desgracias de las defensas, que el cuerpo presentaba golpes en la cara y las marcas propias de haber sido arrastrado tras la muerte. ¿Podría tratarse de magulladuras ocasionadas en una caída accidental por las escarpaduras?
Las defensas han puesto en tela de juicio la profesionalidad del facultativo. La estrategia defensiva ponía de manifiesto que no se realizaron las pruebas requeridas, manifestando que el forense hila demasiado fino cuando afirma que la torsión en el cuello de Diego se debe a una llave. ¿Cómo distinguir la torsión producida por un evento así o, por ejemplo, por una caída sobre un lecho de rocas salientes pero romas? ¿Y no puede decirse lo mismo de los golpes en la cara y la espalda? Los peritos de las defensas hablan de una «muy baja probabilidad homicida».
El Instituto Nacional de Toxicología y Ciencias Forenses emitió un dictamen cauto: «Muerte violenta con sospecha homicida».

¿Les dio tiempo a matarlo?

Los peritajes de las cámaras que muestran a los vehículos policiales en sus idas y venidas a Cala Cortina serán fundamentales. Hasta en tres ocasiones acuden los agentes aquella madrugada a la cala. Sin embargo, en ninguna de las tres ocasiones se demoraron demasiado tiempo junto al mar. Teniendo en cuenta que el cadáver debió de ser arrojado desde el despeñadero junto al aparcamiento, y que está constatado que los agentes estuvieron en ese aparcamiento, la pregunta es: ¿da tiempo a arrastrar un cuerpo dese ahí hasta el desfiladero en los minutos en que los acusados permanecieron arriba? Los magistrados de la Audiencia Provincial de Murcia afirmaron en un auto que los imputados pasaron «un tiempo cercano a los veinte minutos, período este de tiempo suficiente para la comisión de los hechos investigados».

¿Huyó Diego?

Si Diego no fue asesinado, ¿cuál es entonces la versión alternativa de los hechos? Los agentes siempre han mantenido que trasladaron a Diego a Cala Cortina y, una vez allí, este salió corriendo en cuanto se abrió la puerta del vehículo policial como alma que lleva el diablo. Las defensas hacen hincapié en que Diego padecía un trastorno mental y diversas adicciones. Los propios vecinos confirman que la tarde del día de su desaparición andaba ya muy nervioso y entre delirios nebulosos, hablando de pájaros que se posaban en su cabeza. Diego salió corriendo y se precipitó por el acantilado. He ahí la versión alternativa. La Fiscalía había de incidir en que los agentes incurrieron entre ellos en alguna contradicción acerca de la dirección en la que Diego se dirigió en su huida hacia la muerte.

¿Es fiable el testigo protegido?

El testimonio de la persona, hombre o mujer, que observó cómo Diego fue introducido en un vehículo policial, estaba llamado a ser uno de los momentos estelares del juicio. El testigo, a quien el sumario bautiza como ´B-83´, sería cuestionado por las defensas, quienes han indicado que su descripción de la ropa de Diego no coincidía con la que realmente vestía cuando apareció mecido por las aguas del Mediterráneo. Sin embargo, poca importancia parece tener esto: afirmó que Diego fue introducido en uno de los vehículos policiales y, efectivamente, así había sido.

¿Existe 'la guarida'?

B-83 relata que cuando Diego fue introducido en la dotación policial, uno de los agentes exclamó que lo conducían a ´la guarida´. No obstante, ¿es posible que, dada la lejanía y las altas horas de la mañana, oyera mal? ¿Dijo el agente ´La Cortina´, nombre con el que los vecinos de la ciudad cantonal se refieren a Cala Cortina, y no ´la guarida´? Casi la mitad de los testigos que habían sido llamados a declarar son agentes de Policía, y, previsiblemente, declararían no haber oído hablar nunca de ´la guarida´, y menos como lugar donde conducir a ciudadanos.

¿Fue Diego detenido?

Los agentes tenían ciertamente más difícil salir bien parados del cargo de detención ilegal que del homicidio. Según el testigo protegido, Diego recibe una bofetada de uno de los agentes y es introducido en el coche. Los agentes afirmarán que el propio Diego, en un estado de febril excitación, les pidió que lo condujeran junto al mar. No solo no incurrieron en detención ilegal, vendrán a decir, sino que el traslado constituía un favor que le hacían al hombre. ¿Qué problema encuentra este argumento, según el cual los agentes ejercían de generosos taxistas? En primer lugar, que un vehículo policial se bastaba para ello, no se requerían tres. En segundo lugar, las propias declaraciones de los agentes. Rubén Manuel F. S., por ejemplo, cometió el error que tantas veces habrían cometido otros detenidos en su presencia: habló demasiado. «Queríamos darle un escarmiento», declaró. Se trataba de un escarmiento de considerable crueldad, pues Cala Cortina se encuentra a unos cuatro kilómetros del domicilio de Diego, distancia que este se vería obligado a recorrer a pie durante un frío amanecer invernal. Los agentes nunca hasta ahora habían admitido la detención ilegal, aunque sí han confesado su ´mala praxis´ o ´decisión equivocada´. Otro agente colaboró en esta fiesta de la confusión manifestando que habían llevado a Diego a La Cortina «para que se le quitara la paranoia que llevaba». Y otro afirmó que se trataba de evitar una nueva llamada. Diego ya había llamado a eso de las nueve y media de la noche y repitió ya entrada la madrugada. Se estaba poniendo pesado.
Escarmiento, paranoia o ahorrarse trabajo, el caso es que los agentes no realizaron el acta prescriptiva de aquella actuación y mintieron asegurando que Diego se había quedado en su domicilio. Tampoco comunicaron lo sucedido cuando apareció el cuerpo de Diego. Según ellos, porque no relacionaron la aparición del cadáver con lo sucedido en la intervención.

En todo caso, dos versiones se perfilan con claridad. Las acusaciones presentando a un Diego atemorizado que fue golpeado ya desde el mismo portal de su casa. Mal podía aguantar un cuerpo endeble como el suyo los mandobles de jóvenes fornidos. Las defensas dibujando a un Diego en brote de su esquizofrenia paranoide. Insistiendo, histérico, en subir al zeta y huir de las amenazas que solo en su enferma alucinación existían. Echando a correr hacia los acantilados, resbalando, golpeándose, muriendo, cayendo en brazos del manso oleaje mediterráneo.

Estas son las cuestiones que ya solo se discutirán en las páginas de los diarios. Aquí acaba el ´caso Cala Cortina´.

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