Investigación

Los cabos sueltos del Caso Visser

El caso Visser tiene una fastidiosa tendencia al enrevesamiento; se enreda incluso en los pormenores que parecían más firmemente establecidos

19.10.2016 | 18:22

La historia del crimen de los holandeses conforma un edificio con sobrantes chorretes de rebaba por aquí y hendiduras por allá. O, tirando de más manido símil, un puzle al que pareciera que le faltan o sobran piezas. El caso presenta ahora la estampa de una fachada bien definida pero cubierta de becqueriana y tupida madreselva que oculta los detalles

El juicio comenzó con la conocida pamema del ruso que viajó desde el frío hasta Molina de Segura vía Manises. Un ruso que Cuenca había recogido a instancias del propio Lodewijk y que, paradojas del destino, había acabado asesinando a su valedor. Pero Juan Cuenca se percató, oyéndose a sí mismo, de que aquel sendero no lo conducía a lugar alguno. Se convenció, al fin, de que jugaba un partido perdido de antemano. Se trataba ahora de minimizar los daños. Su meta no era la inocencia, sino la culpabilidad con el atenuante de la confesión.

Subió al estrado y realizó una enmienda a la totalidad de su primera declaración. Ahora sí, se acabó el paripé; por fin hablábamos en serio en el caso de los holandeses. Se confesó autor intelectual del crimen. Y señaló a Valentin Ion como autor material. Y Valentin Ion le dio la razón. El juicio adoptó un tono franco. Y, por cierto, un ritmo un tanto apresurado: pareciera que hubiera prisa. El otro sicario rumano, Constantin Stan, se mantuvo firme en su fortín: él andaba ebrio en la planta de arriba de la casa mientras todo sucedía. Ni tan solo ayudó al descuartizamiento, que fue obra de su compatriota; solo echó una mano limpiando la casa y a la hora de dar sepultura a los despojos en los que Valentin había convertido a la pareja neerlandesa. Serafín de Alba ha repetido que él permitió que su amigo Juan Cuenca dejara unos cachivaches en su casa y sus acompañantes procedieran a quitarle un tocón; ¿cómo se iba a imaginar él que le estaban colando de matute dos cadáveres?. Asistimos, durante la primera semana, a la comparecencia de los protagonistas, de las estrellas de relumbrón en el caso; pero también los secundarios han ofrecido actuaciones enjundiosas. Y entre unos y otros, lo dicho, el caso se oscurece en puntos cruciales. Estos son algunos de los cabos que aún quedan sueltos a estas alturas del juicio.

¿Le debía Juan Cuenca dinero a Lodewijk?

  • Los correos electrónicos que el holandés le remite al valenciano apenas un mes antes del fatal desenlace apuntan en esa dirección. Lodewijk acusa a Cuenca de no mantenerlo informado acerca del dinero y de que su historia acerca de este no es transparente. «No debería permitirme la manera de proporcionarte dinero», le escribe. Lodewijk confiesa no entender a qué está esperando ´M´ para llevarle el dinero a Cuenca. El holandés confía en que Cuenca le haga una transferencia el día 8 de abril y otra el 15 a una cuenta a nombre de Ingrid Visser en el Banco Santander de Murcia. ¿Están hablando del dinero que Lodewijk hizo llegar a Juan Cuenca para abrir la sociedad en Gibraltar? ¿Se había extraviado este dinero una vez llegado a manos de Cuenca? En sus primeras declaraciones, Cuenca afirma que una vez constituida la sociedad, en marzo de 2013, surgió la necesidad de buscar un inversor que aportara capital para desbloquear el dinero que el holandés tenía bloqueado en Sudamérica –esos capitales debían ser canalizados a través de personas jurídicas–. Y que esta búsqueda resultó infructuosa porque Lodewijk solo ponía como aval una finca en Bélgica. No obstante, también manifestó que el holandés ya había aportado diez mil euros de los veinte mil requeridos para crear la sociedad.

¿Pidió Lodewijk dinero a Juan Cuenca?

  • El valenciano afirmó en el juicio, durante su confesión sobrevenida, que Lodewijk le pedía dinero para saldar sus deudas, pero que él no le debía nada al holandés. Pero si uno se pone en la piel de Lodewijk, la persona adecuada para pedir dinero es Evedasto Lifante, no Cuenca. Evedasto fue el propietario del club que dejó una señora púa a Ingrid. Evedasto tenía una cantera de mármol valorada en muchos millones de euros. Evedasto tenía un club, el Pétalos, que funcionaba a pleno rendimiento. Evedasto derrochaba dinero. ¿Por qué pedirle dinero, entonces, a Juan Cuenca, que estaba pelao´?

¿Qué papel tiene la cantera en la muerte de los holandeses?

  • La cantera que Evedasto Lifante posee en la Sierra de Quibas era el oscuro objeto de deseo de todos los implicados. Aparece hasta en la sopa. Lo que parece claro es que Cuenca maniobró a espaldas de Evedasto para vender la cantera, llegando a redactar contratos de compraventa como si fuera él el propietario. Y que hubo diversas reuniones para la venta de la cantera; un abogado barcelonés, por ejemplo, ofreció treinta y cinco millones de euros. Cuenca dijo en su día que Evedasto pretendía vender la cantera por «doscientos o trescientos» millones, pero que no valía más de sesenta. Evedasto manifestó en el juicio que la cantera había sido tasada por ochocientos.

¿Para qué debía servir la sociedad de Gibraltar?

  • Cuenca manifestó ante los investigadores que Ingrid cobraría la deuda por medio de esta sociedad. Cuenca asegura que el hecho de que la sociedad se llamara ´Granmar Stone Trade´ y que hubiera una cantera de mármol en las vidas de los implicados fue fruto de la casualidad. Repárese en que ´Granmar´ es un acrónimo de ´granito´ y ´mármol´ y ´Stone trade´ significa ´comercio con piedra´. A juzgar por el nombre, la función de la sociedad no sería, desde luego, la castración de puercos. Cuenca prometió a los investigadores que les haría llegar la documentación que mostraba que el nombre de marras era pura casualidad, pero la documentación aportada nada decía del origen del nombre. Romper promesas era otra de las especialidades del valenciano.

¿Por qué no usar las sierras?

  • Cuando el lunes 13 de mayo (2013) Cuenca se halla de camino a Murcia, al encuentro de los holandeses, envía un mensaje a María Rosa Vázquez pidiéndole que compre, entre otras cosas, una sierra radial. Al día siguiente, por la noche, le envió un mensaje donde le preguntaba si tenía una motosierra. Finalmente, la tuvo que comprar él mismo. La adquirió en el Carrefour Zaraiche el miércoles a primera hora. Sin embargo, los agentes hallaron dos sierras eléctricas, una sin desembalar y la otra desmontada. Ninguna de ellas tenía restos de sangre. En un hacha sí se hallaron restos de sangre (de Lodewijk, en concreto). Tanto follón con las sierras, para acabar tirando de hacha.

¿Dónde está el tocón?

  • El destino judicial de Serafín de Alba pende de un tronco seco. Serafín cuenta que cuando su amigo Juan Cuenca acude a Murcia a verlo, le pide permiso para dejar en su huerto de Alquerías ciertos enseres de la mudanza –Cuenca había regresado a su Valencia natal–. Además, añade Serafín, Cuenca le dice que va acompañado de un obrero que le retirará un molesto tocón (tronco seco enraizado) del huerto. Cuenca parte hacia el huerto y momentos después llega Serafín. Cuando llega, marcha a la casa – que no mira al huerto– y se aplica a revisar papeles y hacerse una caña con su amigo Paco. Eso sí, pone pico, pala, guantes y carretilla a disposición del bracero que había de quitarle el tocón. Paco, el amigo, no puede ya confirmar ni desmentir si anduvo esa tarde con Serafín, pues ha fallecido, pero su hijo ha ratificado este punto en el juicio. Punto a favor de Serafín. No obstante, la policía asegura no haber visto tocón alguno en el huerto. Punto en contra. El abogado de Serafín, no obstante, mostró algo que bien podría pasar por tocón para un lego. Punto a favor. Los investigadores constatan que Serafín llegó a la huerta hora y media antes de lo que él manifiesta (no a las 15:30, sino a las 14:00). Punto en contra. Serafín y Valentin Ion han incurrido en una curiosa contradicción. El rumano declaró que la primera vez que vio a Serafín fue en la cárcel; pero Serafín admite que lo vio en el huerto cuando le prestó las herramientas necesarias para extirpar el célebre tocón. ¿Punto en contra? Téngase en cuenta que Juan Cuenca manifestó desde el principio que cuando llega a Murcia le cuenta lo sucedido a Serafín; le dice que los holandeses han sido asesinados y que no hay más opción que enterrarlos en el limonar. ¿Qué interés podría tener el valenciano en implicar a su antiguo amigo íntimo?

¿Estaba Serafín de Alba involucrado en los negocios de Juan Cuenca?

  • Hasta más arriba del corvejón, diga lo que diga ahora. En todos los trasiegos que Cuenca se traía para abrir la sociedad de Gibraltar, Serafín recibía siempre copia de los correos electrónicos. Serafín acudió a reuniones donde se trataba la venta de la cantera de Evedasto. El jefe de Homicidios declaró esta semana que constan al menos tres reuniones de este cariz a lo largo de los cuatro últimos años. En un apunte de Lodewijk, mostrado esta semana en la Sala, se sugiere que Serafín se embolsaría medio millón de euros si se consumara la venta de la cantera.

¿Por qué la Casa Colorá?

  • Fue azar. Juan Cuenca ya había encargado con anterioridad a su amiga María Rosa Vázquez que le alquilara una casa rural por la zona donde ella vivía. Cuenca buscaba, según Rosa, un lugar tranquilo para reunirse con inversores. Hasta dos veces apalabró María Rosa una casa rural en Molina cuya reserva hubo de cancelar a instancias de Cuenca. La propietaria de la casa se molestó y Rosa ya no acudió a ella la siguiente vez –no sabe esa señora de lo que se libró–. Rosa realizó una nueva búsqueda por internet y la elegida fue la Casa Colorá. Puro azar. ¿Quién pagó la casa? Serafín de Alba. Cuenca envió a Rosa a la puerta del Pabellón Príncipe de Asturias donde Serafín le entregó dos mil euros. Serafín arguye que Cuenca le dijo que este dinero estaba destinado a saldar parte de la deuda que el club tenía con Rosa. Nada sabía él de la Casa Colorá ni de casa alguna. Sin embargo, Serafín fue también el encargado de entregar a Rosa las llaves de la casa una vez que esta fue desocupada (la casa se ocupó de lunes a jueves y costó cuatrocientos euros). Esta vez no llegaron a verse: Serafín dejó las llaves en una portería y Rosa las recogió y se las devolvió a los propietarios. ¿De dónde pensaba Serafín que eran estas llaves?

¿Estaba borracho Constantin?

  • Tanto Cuenca como Valentin han dado cobertura a la ´coartada´ de Constantin: él andaba ebrio en la parte de arriba de la casa cuando todo sucedió abajo. Tan convencido está de que la historia puede colar, que se negó a una confesión pactada en los albores del juicio. Esta semana recibió un doloroso revés. La historia de Constantin se sustenta en que él y su compinche rumano partieron desde Valencia, junto a Cuenca, a eso de las diez de la mañana. Para mediodía, pues, habían llegado a Molina y pronto comenzó a empinar el codo. Pero no es esto lo que dicen ni los posicionamientos de los móviles ni María Rosa, la encargada de conducirlos a la casa. El trío letal, parece, llegó a Molina a eso de las 19:30. Rosa recoge en Murcia a la pareja holandesa a eso de las 20:30. Por tanto, cuando llegan a Molina, Cuenca y sus acompañantes llevaban poco más de una hora allí: ¿tanto y tan rápido bebe este hombre?

¿Qué pinta Evedasto Lifante aquí?

  • Cuenca lo implicó en un primer momento. Dijo que había recogido a los rumanos en Valencia a instancias de Evedasto, y que esto no le extrañó porque con Evedasto sucedían este tipo de cosas habitualmente. En una conversación telefónica con María Rosa Vázquez, Cuenca dice, refiriéndose presuntamente al empresario abanillero, que «no sabes hasta dónde está dispuesto a llegar». Evedasto está convencido de que Cuenca también pretendía eliminarlo a él. Y de que el objetivo era disponer libremente de la cantera. Tampoco tiene esto mucho sentido: Cuenca no habría heredado la cantera. Lo cierto es que si la cantera valía ochocientos millones, como Evedasto asegura, y pesaba sobre ella una hipoteca (del Banco Santander) de cuarenta, echen cuentas: había una ganancia sustancial en juego con la venta. Evedasto dice haber escrito un libro donde ofrece su versión de los hechos y deja constancia de los cabos sueltos del caso Visser. Pero nada quiso contar de todo esto durante el juicio. Evedasto, al contrario que el clásico, no había ido a hablar de su libro. Mientras, para conocer los cabos sueltos, habrán de conformarse con este artículo.

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