Los asesinatos de La Perla 

La Perla de Murcia, asesina que murió «indudablemente santa»

«Arrepentida y santificada, ha entregado el cuello al verdugo y su alma a Dios», escribían los diarios sobre Josefa Gómez, ajusticiada por matar con veneno a su esposo y a una criada de sólo 13 años en 1893

10.04.2016 | 04:00
La Perla de Murcia, asesina que murió «indudablemente santa»

Envenenadora. «¡Que el Padre celestial de las Misericordias la haya recibido en su seno y, ya que ha sido tan desgraciada en la Tierra, sea feliz por toda la eternidad!» Así se refería un periódico de la época al ajusticiamiento de Josefa Gómez, La Perla, que fue ejecutada tras ser declarada culpable de haber acabado con la vida de su esposo y de una criada en Murcia.

«Josefa ha llegado al fatal tablado con la resignación sublime de que se ha fortalecido en sus últimas horas mediante los consoladores auxilios espirituales». Así se referían, en un periódico de 1893, a la ejecución de Josefa Gómez, ajusticiada por matar a su esposo y a una niña de 13 años que trabajaba a su servicio como criada.

«A las 8 y 25 minutos, arrepentida, santificada e indudablemente santa, ha entregado el cuello al verdugo y su alma a Dios», prosigue la reseña en el rotativo. Y tras un RIP en caracteres enormes, sentencia el diario: «¡Que el Padre celestial de las Misericordias la haya recibido en su seno y, ya que ha sido tan desgraciada en la Tierra, sea feliz por toda la eternidad!»

El periódico detalla sobre la ejecución que «al tablado se han subido varios sacerdotes, los cuales cubrieron la máquina mortal para que la infeliz, que iba cogida del brazo del señor cura de San Antolín, no la viera. Y después quisieron evitar a la multitud el momento angustioso de verla morir».

La historia que llevó a Josefa Gómez a morir ajusticiada arranca años atrás. Junto a su legítimo, Tomás, Josefa regentaba un hospedaje cuyo nombre pasó a ser el suyo mismo, a la hora de buscar un alias cuando ya fue considerada una criminal: La Perla.

Y es que La Perla Murciana era como se llamaba el negocio de la pareja. Estaba en el número 7 de la calle Porche de San Antonio, en la capital, y, según el anuncio que, cuando abrió, apareció en prensa, el establecimiento se caracteriza por un «gran esmero en el servicio y abundancia y variación en las comidas», así como por una «notable economía en los precios».

Según se detallan los hechos en el blog Murcia Descalza, « el 8 de diciembre de 1893, Tomás le dijo a su mujer que se iba a pasar la tarde al Teatro Romea. Comieron juntos y tomaron café. A Tomás su taza de café de puchero le supo muy amargo y no se la terminó. Se marchó entonces al teatro, pero a mitad de camino empezó a sentirse mal».

De esta manera, sigue el blog, «unos vecinos lo encontraron en mitad de la calle retorciéndose de dolor y lo llevaron a casa donde a los pocos minutos falleció».

Además, «en la pensión trabajaba Francisca Griéguez, una criada de 13 años de edad, que también se sintió enferma con los mismos dolores que su patrón, y que también murió muy rápido. Francisca al retirar la taza de café bebió lo que quedaba en la de Tomás. Los médicos hallaron los cuerpos ennegrecidos y desfigurados, apenas reconocibles».

«Cuando se presentó en la casa el forense, Josefa fingió estar enferma para darle a entender que todos se habían envenenado, pero el médico la descubrió al ver que estaba sana», subraya este blog.

Después de que el galeno se percatase de que Josefa Gómez había fingido la dolencia, pero que no le pasaba nada, la mujer, como no podía ser de otra manera, fue detenida. Bastó con un interrogatorio para que lo contase todo.

Así, Josefa dijo a la Policía que todo había sido idea de Vicente del Castillo, un cliente de su hostal que contaba entonces con 36 años. Según alegó la mujer, este huésped le había recomendado «administrar a su marido cierta cantidad de estricnina para calmarle los celos y el gusto por el juego».

«Tras las primeras investigaciones se descubrió que existía una relación entre ellos. Ella lo negó hasta su triste final, aunque reconoció que él si le había hecho propuestas indecorosas», se puede leer en la página de Murcia Descalza.

La misma web apostilla que «Vicente era un hombre casado que había venido a Murcia por un trabajo en la Secretaría de Instrucción Pública de Educación, y tomaba a menudo estricnina porque padecía del estómago».

En esa época la estricnina se obtenía en la farmacia porque era utilizada en bajas dosis como remedio. La estricnina se usó mucho como veneno para ratas, pero actualmente está prohibida. De hecho, está prohibida en toda la Unión Europea desde hace años. Es un polvo cristalino blanco, inodoro y amargo que puede ser consumido por la boca, inhalado (respirado), mezclado en una solución o dado en forma intravenosa (inyectado directamente en la vena).

Clamor popular por el indulto
Josefa y Vicente fueron arrestados y tuvieron que esperar dos años hasta que se celebró su juicio. Ella insistió en que no quería matar a nadie, sino quitarle «los celos» a su esposo. Sus argumentos no cuajaron. La Perla fue condenada a muerte. El huésped, por su parte, a cadena perpetua: se le consideró cómplice de los crímenes. Entonces, según detalla Descubre Murcia, «la sociedad murciana se movilizó».

«Las pruebas en el juicio no habían quedado muy claras y la pobre Josefa mantenía a dos niños de 8 y 10 años», que también se habían quedado sin padre, al morir Tomás. «Todas las autoridades y corporaciones pidieron al Gobierno Central el perdón para La Perla. El ayuntamiento de Murcia se reunió en sesión extraordinaria. Se enviaron telegramas al rey Alfonso XII, al Papa y al presidente Cánovas del Castillo. La Diócesis también intercedió para salvar a Josefa, entre todos los curas destacó por su entrega el párroco de San Antolín, Pedro González Adalid».

«La gente en Murcia enfureció. Desde Cartagena se enviaron 40 soldados de infantería para mantener el orden y el gobierno llegó a movilizar al ejército», subraya Descubre Murcia. Fue en vano. Josefa fue ajusticiada. Como una santa.

«Han de sufrir aquellos que no han querido de mi salvación»
«Yo no he sufrido nada comparado con lo que han de sufrir aquellos que no han querido de mi salvación». Es lo que cuentan (sea leyenda o sea real) las crónicas de la época que dijo Josefa Gómez justo antes de expirar. Unas palabras que fueron para el párroco de San Antolín, que la había consolado en su periplo judicial y, en última instancia, en el lugar de la ejecución.

Hasta ese momento en el patíbulo, cerca del Puente Viejo, el indulto para La Perla lo había pedido hasta su verdugo. Este hombre había venido desde Valencia sólo para la ejecución. En la estación del tren se encontró a un montón de murcianos enfurecidos. Le tiraron piedras, le increparon. guardias civiles y soldados tuvieron que escoltar al que se iba a limitar a cumplir la sentencia, y que, dado lo que se encontró en la ciudad, llegó a pedir que no se cumpliera. Posicionarse a favor de Josefa le costó el puesto de trabajo.

«El día de la ejecución, todos los comercios de Murcia cerraron. Unos 12.000 murcianos presenciaron el trance. Se acababa de celebrar la última ejecución pública en España», recuerda el portal Descubre Murcia.

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