Obituario

Adiós al arquitecto Enrique Molina

02.01.2016 | 13:42
Enrique Molina.

Ha muerto el arquitecto murciano Enrique Molina, muy conocido en su faceta profesional formando parte de uno de los estudios de arquitectura más solventes de nuestra comunidad autónoma, junto a Julián Plaza y Mariano Cardona, arquitectos como él en una época brillante. Yo le conocí por entonces, en los años setenta, y quiero reconocer aquí un sentimiento personal de valoración de su sentido de la amistad. Porque tiene que ver con el devenir de la historia del arte de nuestra tierra y con el apoyo a una figura insigne entre nuestros artistas, el pintor Antonio Gómez Cano.

Creo no faltar a la verdad si afirmo que Enrique y su mujer, Chari, conocieron al artista en una de sus exposiciones en la galería Zero; convirtiéndose de inmediato en fraternales amigos. Era un tiempo en el que Gómez Cano intentaba salir de una penosa y dura vida personal y profesional, para lo que algunos aportamos lo que pudimos. En esto, el matrimonio Molina puso también su empeño. Al arquitecto se le debe el trance histórico de la mejora de las condiciones de vida del maestro Gómez Cano, que en ese tiempo vivía en un trastero y pintaba en un piso de estudiantes de la calle de Hortaleza de Madrid. Compartía la vida con Carmen Bilbao, su compañera.

Enrique Molina y familia le proporcionaron el dinero suficiente comprándole algunos cuadros, para que el pintor adquiriera la vivienda-estudio de la calle Farmacia, 8-1º centro que tan feliz le hizo en los últimos años de su vida. Aquel piso, por consejo de sus amigos, se puso a nombre de Carmen Bilbao, cuestión que le permitió a la muerte del pintor vender el inmueble y volver a su País Vasco de origen comprando la casona familiar del monte de Archanda, de Bilbao, lugar mítico en la pintura del artista murciano. La fraternidad con Antonio, de Enrique y Chari, fue de crucial importancia en este tiempo para la resistencia vital de uno de los mejores pintores murcianos del siglo XX. Les hicieron felices cediéndoles desinteresadamente un apartamento junto al mar; situación inusual en la precaria vida del maestro no más acostumbrado a una Murcia difícil de habitar y a un Madrid muy duro con sus escasos medios económicos. Enrique y Chari no fueron los únicos que ayudaron a la causa justa de una vida digna para Gómez Cano, pero sí muy importantes en ese bienestar de las últimas décadas, hasta la muerte del artista en 1985. Hoy despedimos al arquitecto Molina con un abrazo sentido, con una amistad agradecida por su comprensión humana y mecenazgo en aquel tiempo que resultaron muy duraderos. Es de justicia que se sepa, porque es también historia de la pintura de Murcia.

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