VICTORIA GALINDO
Todos conocemos o hemos ‘sufrido’ en alguna ocasión casos de niños que sufren lo que, popularmente, se conoce como ‘mamitis’ o ‘papitis’, es decir, niños que viven pegados a sus padres y no aceptan separarse de ellos. Es lo que los psicólogos conocen como ‘ansiedad por separación’, un problema que sufre uno de cada 25 niños hoy día y que Francisco Javier Méndez, catedrático de Psicología de la Universidad de Murcia, aborda en su libro ‘Cómo dar alas a los hijos para que vuelen solos’.
¿Por qué este título? Parece toda una declaración de intenciones...
Este título responde a que los padres, al educar a los hijos, deben de darles dos cosas: raíces firmes para que el hijo pise tierra pero, al mismo tiempo, tienen que animarle a abandonar el nido. Y es que los padres de hoy día pecamos, a veces, de sobreprotectores y, ante una dificultad, en vez de enseñar a los niños a afrontarla, nos resulta más tentador resolvérsela. Y no nos damos cuenta de que eso no les ayuda a desarrollarse, a ser autónomos. También es verdad que la sociedad de hoy es mucho más compleja que la nuestra o la de nuestros padres, cuando a edades más tempranas ya habíamos viajado solos o jugábamos en la calle sin control. Ahora hay más riesgos (como las redes sociales, internet) y los padres tenemos ser más responsables y estar más pendientes.
Esa ansiedad por separación o ‘mamitis’, ¿es siempre mala?
Bueno, en principio, la ansiedad por separación es buena, se convierte como en un guardaespaldas o ángel de la guarda del niño. Es decir, este mecanismo tiene raíces biológicas, como en otras especies como los monos papiones, en los que sólo sobreviven las crías que no se separan de su madre.
¿A qué edad arranca este comportamiento?
Esto empieza desde pequeñito. A los seis meses el niño tiene otro miedo, relacionado con éste, que es el miedo a las personas desconocidas. Y es que esa edad, los bebés ya pueden distinguir las caras conocidas de las que no. Y cuando no ve la cara de la madre o el padre, se tensa, hace mohínos. Eso va a más y alcanza su pico al año ó 13 meses, que es cuando el niño empieza a andar. Por eso digo que esto es como un seguro, porque el miedo a lo desconocido evita que el niño se aleje demasiado de la madre y quede desprotegido. En ese sentido, es positivo. Pero, a medida que el niño va cogiendo autonomía, empieza a andar mejor y a saber hablar, eso va desapareciendo. Así, a los dos años, el 60% de los niños presenta este comportamiento, y a medida que crecen el porcentaje se va reduciendo, hasta que a los 7-8 años, esto tiene que desaparecer.
Entonces, ¿cuándo se convierte en problema?
Pues a partir de esas edades. Si este comportamiento persiste con siete u ocho años las cosas empiezan a complicarse y hablamos ya de trastorno y muchos precisan tratamiento psicológico.
Los padres, ¿son parte de ese problema?
Bueno, algunos contagian el miedo a sus hijos y no les dejan que duerman fuera o vayan de excursión, o les instan a llamarles nada más llegar a su destino, aunque estén en la Universidad. En este caso, son los padres a los que les cuesta mucho separarse de sus hijos.
¿Cómo afecta este trastorno infantil cuando el niño pasa a ser adulto?
Pues si no se supera, hay personas que de mayor viven con el miedo de que algo malo les puede pasar. Y eso les provoca mucho sufrimiento y les trae problemas con su pareja y con sus hijos.
Quiere decir que la ‘mamitis’ puede heredarse...
No se hereda, se ‘mama’. Es lo que se llama contagio emocional. Es verdad que los problemas de ansiedad son una cosa de familia. Si alguno de los padres tiene problemas de ansiedad, el niño tiene más riesgo de ser ansioso. Pero no ese mismo tipo de ansiedad, ya que lo que se hereda es la vulnerabilidad ante la ansiedad, no la ansiedad en sí. De hecho, la mayoría de las madres con niños que presentan ansiedad por separación sufrieron o sufren algún tipo de trastorno emocional.
¿Qué otros factores pueden influir para desarrollar esta conducta?
Aunque en menor medida, también influye la mala suerte, es decir, que un suceso dramático marque al niño como la enfermedad de uno de los padres o un accidente y eso le genere la ansiedad por separación. Pero, afortunadamente, se trata de excepciones.