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M. J. GIL
Es la segunda vez que se corta la coleta en la política.
La primera vez que lo dejé yo tenía una actividad muy extensa y también muy intensa en la primera línea de la política. Esta segunda vez, cuando Ramón Luis Valcárcel me llama para acompañarlo en las listas, la actividad ha sido distinta a las de las dos primeras legislaturas, con una dedicación más interna y con menos proyección al exterior.
¿Por qué ha decidido cambiar la Asamblea Regional por el Consejo Jurídico?
El cometido que se me encargó fue colaborar en el desarrollo de la actividad parlamentaria y, específicamente, presidir la Comisión de Hacienda y Presupuestos. Esa labor la hemos desarrollado todos los parlamentarios con una perfecta dedicación y en esta ocasión, ante la vacante en el Consejo Jurídico, se me ofreció la posibilidad de incorporarme. Creo que he cumplido una etapa y que me da la oportunidad de desempeñar una actividad de perfil jurídico que me ilusiona.
¿Tiene más atractivo sacarle punta al lápiz para repasar las leyes redactadas por la Asamblea Regional que hacerlas?
La política es una labor a la que todo el mundo debería acercarse alguna vez, pero debe ser accidental. Cada uno tenemos nuestra profesión y la mía es el desarrollo del Derecho. Por lo tanto, no es nada extraño para mí. Si se me apura, lo que fue extraño para mí en 1995 fue el aterrizaje de una manera brutal en el día a día de la actividad política. El cambio no es tan radical como fue la primera vez. Cuando pasé de la portavocía, la vicepresidencia y la consejería de Presidencia al Tribunal Económico resultó más duro. Podemos hablar de la descomprensión que necesita un submarinista para pasar de una presión a otra.
¿Cuesta tanto la cura?
Después de una actividad tan intensa se necesita un proceso de adaptación a la vida normal de un ciudadano. Eso ya lo viví yo en 2003.
¿Se arrepintió en algún momento ?
No me arrepentí, pero sí experimenté una situación que requiere otro chip para adaptarme a la nueva realidad que suponía el Tribunal Económico Administrativo. El presidente siempre sabía que lo mío era una colaboración, pero cuando terminó la segunda legislatura ya habíamos hablado de que yo iba al ministerio de Hacienda.
¿No se planteó una carrera política más larga, cuando se hablaba de usted incluso como posible sucesor de Valcárcel?
Mi planteamiento era que mi dedicación a la política siempre sería temporal. Nunca me he podido defender de los rumores y cuando se está en una situación como la yo tenía, como vicepresidente y portavoz del Gobierno de la Comunidad Autónoma, cada vez que se producía un rumor estaba siempre presente en todos los cenáculos. No ha habido ningún cargo vacante en el que no se haya apostado por mi candidatura. Cada vez que había una vacante, salvo la de entrenador del Real Murcia, todas las demás se me han adjudicado.
¿Eso quiere decir que sirve igual para un roto que para un descosido?
No, puesto que ninguno de esos rumores se han confirmado. Con el tiempo, se demostraba que morían en la categoría de rumor. En este caso, la máxima periodística de que el rumor es la antesala de la noticia fracasaba una y otra vez. Sin embargo, el desmentido no servía hasta que se demostraba que era vicepresidente y nada más.
El último rumor que se ha oído es que podía ser candidato a la alcaldía de Murcia. ¿Le gustaría?
Lo que he hecho en política ha sido exactamente lo que me ha pedido el presidente del partido y es lo que me ha gustado. No me he hecho ningún otro planteamiento de dedicación a la vida pública distinta a la que he desarrollado. Al final, los hechos lo están demostrando. En resumen, no he aspirado a la alcaldía de Murcia.
¿Qué le parece la decisión de Valcárcel de volver a presentarse para continuar cuatro años más?
Me parece no sólo acertada, sino que ahora mismo la considero absolutamente necesaria. En la situación de crisis que tiene ahora mismo España y la Región de Murcia, habría casi una temeridad en el cambio de la persona que lleva esta Comunidad. Ya lo ha hecho una vez, pero él puede sacar a la Región de esta crisis. También a él le supone un sacrificio, pero sería un momento procesal inoportuno para que abandonara la nave y él lo sabe.
¿Le parece adecuado limitar los mandatos en los cargos públicos a ocho años?
Sobre esa cuestión es muy difícil pronunciarse. Exigiría cambiar muchas leyes.
¿También serviría como medida aséptica y evitaría el conformismo que hay en los partidos y el miedo a ser castigado por discrepar?
Hay que alabar a la gente que se dedica un tiempo de su vida a intentar resolver los problemas de la sociedad. Los ciudadanos tienen un poder omnímodo para decidir no votar a un partido si sus prácticas no son democráticas. Hay muchos partidos que despiertan una simpatía que no se ve reflejada en el voto. Lo que me preocupara es que se demonice la dedicación política. Después de los 30 años que han pasado desde que llegó la democracia, posiblemente haga falta una segunda transición en España.
¿Cree que es necesario hacer cambios en el Consejo Jurídico?
Sería imprudente que yo, sin haber tomado posesión, hablara del Consejo Jurídico. Lo que sí es cierto es que tiene una trayectoria desde 1997 y ha hecho una labor absolutamente impecable en la consultaría y en los dictámenes y es posible que necesite algún ajuste, pero desde mi perspectiva desconozco el funcionamiento interno. En cualquier caso, la Ley establece que cualquier cambio tiene que partir del propio Consejo, con lo cual no se haría nada sin que impulsara esa reforma. Hay que tener en cuenta que el Consejo se creó en 1997, cuando la Comunidad Autónoma tenía el 30% de las competencias que tiene ahora. La Administración regional de ahora no se parece en nada a la que había entonces, con las competencias de Sanidad, Educación y políticas de empleo, y sería razón suficiente para darle un nuevo enfoque. Lo que se está poniendo encima de la mesa es que, a causa de su propio éxito, podríamos colapsarlo.
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