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HEMEROTECA » |
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DAVID CANELLADA La serenidad y el buen humor de Francisco Marín sorprenden. En realidad, asustan. Asusta la calma con la que recuerda el día en el que casi pierde la vida. Asusta el coraje con el que asume un futuro ligado a una silla de ruedas. "Esto es lo que me ha tocado y hay que mirar hacia delante. No puedes hacer otra cosa", sonríe.
Con apenas 31 años, Francisco sabe que los últimos nueve -desde el 16 de julio del año 2001- han sido un regalo para él. Una segunda oportunidad. Ese día, Francisco estaba trabajando en la construcción de una nave industrial para la empresa Fruveco, en El Raal. Un cable de alta tensión -"con 20.000 voltios de corriente"- se cruzó aquella mañana en su camino. "Apenas recuerdo nada. El cable me dio en la cabeza y quedé sin sentido en la cesta de la grúa".
Un compañero le vio y trepó por la grúa para reanimarle, pero la electricidad acumulada en su cuerpo hizo que saliese disparado. "Él cayó desde una altura aproximada de cinco o seis metros, pero, según me dijeron, sirvió para que la corriente saliese de mi cuerpo y me salvó la vida", recuerda.
Después, un coma del que tardó un mes y medio en salir, un sinfín de operaciones que le llevaron a Valencia, donde el doctor Pedro Cavadas le reconstruyó parte del cráneo tomando una costilla y un proceso de rehabilitación en el que ni siquiera los médicos confiaban. "Me dijeron que me comprase una cama cómoda porque no me iba a levantar más. Pero me empeñé en volver a moverme. Veía que no podía ni coger una cuchara, pero yo insistía una y otra vez".
Y volver a empezar. Francisco y Vanessa han tenido que cambiar de casa para adaptarla a su silla de ruedas y han tenido que reajustar su vida. "Hay cosas que puedo hacer sólo -señala Francisco-, pero necesito que ella esté a mi lado para casi todas las actividades cotidianas, como vestirme o ir al aseo".
El accidente, cargado de fatalidad, estuvo también rodeado de múltiples infracciones a las normas de seguridad laboral. Entre las que se recogieron en el acta de la Inspección de Trabajo está el que no se facilitase a los trabajadores un casco con gafas integradas para soldar. Ahora, casi nueve años después, el propietario de la empresa en la que trabajaba -Emeconsa- y los responsables de las sociedades que les habían subcontratado -Fruveco y Ramón Vizcaíno Refrigeración- se sientan en el banquillo de los acusados. Durante la primera jornada del juicio, que empezó ayer en el Juzgado de lo Penal número 2 de Murcia, el fiscal pidió para ellos tres años de prisión y una indemnización de 440.000 euros para la pareja.
Francisco y Vanessa sólo quieren pasar página. No guardan odio ni rencor. Ni siquiera hastío por un proceso plagado de incongruencias judiciales que les ha tenido en vilo durante nueve años. "No tengo nada que reprochar a mi jefe en Emeconsa. Tras el accidente, él y su hija venían cada día a verme al hospital y siempre se han preocupado por mí". Pero una cosa es eso y otra que el asunto se zanje sin más. "Nadie va a poder devolverme la movilidad ni hacer que vuelva a trabajar".
Las quejas, aunque tímidas, alcanzan también a una Justicia a la que el paso del tiempo ha arrancado su significado. "A estas alturas, hay veces que pienso que me da igual el resultado. Lo único que quiero es que esto se acabe y que nadie me vuelva a preguntar qué es lo que recuerdo de aquel día".
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