Agua de mi aljibe

Efecto látigo de la utopía

21.03.2017 | 04:00
Efecto látigo de la utopía

Con lo del efecto látigo del rabo de los perros de caza, de nuestro siempre inspirado diputado regional Francisco Bernabé, no pude evitar acordarme la canción 'Utopía' de Serrat, cuando dice aquello de que se ha «echado al monte la utopía, perseguida por lebreles que la criaron, y que al no poder seguir su paso la traicionaron, y hoy son funcionarios del negociado de sueños, dentro de un orden, y de capar al cochino para que engorde»; y de cortar el rabo a los lebreles y los mismísimos a nosotros, claro. Todo sea por la necesaria domesticación.

Hay maravillas que cada vez nos parecen más imposibles, pero mira por donde, en un mundo que parece dirigirse al desastre, conseguimos el sueño de cualquier perro. Utopía de andar por casa, pero una pequeña utopía, al fin y al cabo.

Pese a que ya tenemos todos el rabo pelado, la utopía es una hermosa palabra que nos habla de un lugar deseado, siempre más allá del horizonte, un lugar que tal vez no existe pero al que es muy recomendable dirigirse si no queremos hundirnos en la ciénaga en que, a veces, se convierte la realidad. Siempre es estimulante esforzarse en el camino hacia un lugar en el que tenemos depositadas nuestras hermosas esperanza. La palabra utopía significa «no lugar» y fue acuñada por Tomás Moro. Desde que el ser humano es consciente de serlo, siempre se ha soñado con sociedades perfectas y con un mundo feliz, donde no hubiese injusticias, ni necesidades, ni padecimientos. En nuestra cultura judeocristiana se habla de un paraíso perdido y de la esperanza de poder volver a él a través de la promesa de un nuevo reino celestial. Las religiones, las filosofías, las ideologías y la suma tecnología siempre nos han ofrecido el camino a un futuro maravilloso.

El tiempo ha pasado y la utopía nunca llega. Hasta Huxley nos habló de los peligros de un mundo feliz y cada día son más los convencidos de que la humanidad no tiene porqué avanzar cada vez que anda. Puede, incluso, que el avance sea aparente pero que, en lo sustancial, estemos retrocediendo o, incluso, avanzando hacia el desastre o las utopías negativas.

Al final, ni la República de Platón, ni la Nueva Atlántida de Bacon, ni los socialismos utópicos, ni el comunismo real, ni las comunas hippies, ni el capitalismo de rostro humano? Hemos llegado a un punto donde hemos construido una aleación entre los integrismos y el descreimiento, entre la cultura y la barbarie, entre la incultura y el mirar para otro lado, que cada vez queda menos gente que, en el fondo, crea que vamos a llegar a ninguna tierra que mane leche y miel.

Que paren el mundo, que yo me bajo, bebamos cerveza que esto no hay quien lo arregle y perdámonos en las sendas de los videojuegos o en la pantalla de nuestro teléfono móvil, mientras arde Roma, se resquebraja la civilización y envenenamos el mundo. Ya estamos de vuelta de todas las creencias y cada vez hacen falta más ejércitos, más miedo al diablo, más mentiras y más drogas para tenernos controlados.

Esto es un drama pues, hoy día, por primera vez el género humano «posee los medios y las técnicas para lograr una vida plena y satisfactoria para todos», como dijo Skinner, pero, sin embargo, parece que cada vez estamos más alejados de la motivadora y siempre revolucionaria utopía.

Hoy, cuando nuestros amigos los policías velan por nuestra integridad y emprenden saludables y necesarias campañas de concienciación contra el ciberacoso, no estaría de más que alguien también nos alertara del cibercontrol que sobre nosotros ejerce el Gran Hermano, y no me refiero al tamaño de nuestro diputado de La Unión, sino a este sistema al que intentan que sigamos rindiendo pleitesía, mientras miramos a otro lado, pero no al horizonte. La primavera es buena época para los cambios y la esperanza.

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