Agua de mi aljibe

Alma misteriosa en San Ginés

16.08.2016 | 04:00

A las cuatro de la mañana Paco el Largo se levantó para abrir las compuertas del agua que venía del monte Miral y llenaba las cuatro balsas de riego del monasterio. Estaba cansado, apenas había dormido porque la fiesta del día de San Ginés se había alargado. El día 25 de agosto, culminando la época de recolección de las uvas, las diez familias que vivían en el convento habían continuado celebrándolo hasta después del obligado cierre de la puerta del recinto a las 10 de la noche. Habían venido el centenar de parraleros, gentes de los pueblos vecinos, los dueños de la finca e incluso unos curas franciscanos que ese día celebraron la misa en la antigua iglesia y participaron en la procesión que se hizo de la imagen del Santo. Los jóvenes y los hijos del encargado portaban la hermosa talla de San Ginés, que las mujeres del lugar habían arreglado con flores de unos jardines que ya no eran de los más insignes de España ni un pedazo de cielo, ni pasmo del primor humano, como los que antaño describieron el Licenciado Cascales o Ginés Campillo de Bayle.

A Juan le extrañó el absoluto silencio de los pájaros esa madrugada y que solo se oyera el ladrido molesto y nervioso de un perro. Se encaminó en busca de Antonio el Andaluz, que esa noche le tocaba hacer guardia en los parrales, para compartir un cigarro. Pero no se llegaron a encontrar porque ambos tuvieron una sorprendente visión y ese día Juan el Largo, sin decir nada a nadie, cargó con su familia y sus trastos en un camión y abandonó San Ginés para siempre.

Llegado a este punto, he de recordar que me limito a transcribir lo que me han contado, sin quitar ni poner en lo sustancial. En torno al monasterio, desde época medieval, se han escrito y contado hechos fantásticos, leyendas y milagros que nuestra mentalidad podría calificar de cuentos, pero que hubieran pasmado al mismo Allan Poe. Y, ahora que lo recuerdo, permitidme, antes de terminar esta asombrosa y misteriosa historia, que haga un paréntesis y dé final al anunciado en mi anterior escrito, el no menos asombroso caso de la serpiente y el tesoro. Mucho se ha escrito de monstruos, dragones y serpientes que vigilan grandes tesoros y que arruinan la vida a cuantos se acerquen a ellos llevados por el ansia de la avaricia. Muchas veces es el propio diablo quien se muda en este despreciado reptil, que lo mismo protege el valioso fruto del árbol de la sabiduría, que un tesoro escondido por los piratas o por antiguos miembros de una orden religiosa.

Es antigua la obsesión de muchos por encontrar tesoros escondidos en el convento de San Ginés de la Jara. Esta obsesión viene de 1836, cuando abandonaron el lugar los últimos monjes franciscanos. Desde entonces el monasterio ha sido expoliado. Sus auténticos tesoros fueron desapareciendo: Una valiosa biblioteca, con los manuscritos y correspondencia de siglos, los lienzos y tablas pintados, las tallas de Santos, los retablos labrados, los cálices, vestidos, mobiliario, enseres... Frutos de importantes donaciones realizadas por grandes señoríos.

Pero el verdadero tesoro era el monasterio que ha sido destrozado buscando un oro tal vez inexistente. Aunque, en los años 50, por la zona de los corrales y caballerizas, unos jóvenes jornaleros comprobaron, con sorpresa, que se había hundido una gran losa de piedra que había en el suelo. Sabedores de los relatos sobre pasadizos secretos y misterios, retiraron la losa y efectivamente encontraron un estrecho y no muy alto pasillo que se dirigía hacia la puerta del monasterio. Con linternas se adentraron en él y a poco fueron desapareciendo las risas y las bromas y un silencio se iba apoderando de ellos hasta que enmudecieron totalmente. Era increíble pero allí estaba una gigantesca camisa de una serpiente que había mudado la piel y que sin duda, habitaba en el subsuelo del monasterio. El pavor les hizo salir huyendo, aunque hay quien dice que algún gas les impedía respirar y que hasta las linternas se les apagaron. Con las prisas olvidaron la piel de la serpiente. Al día siguiente el encargado había dado la orden de rellenar de piedras aquella entrada, que fue clausurada con cemento. Ni siquiera estas historias las creía Paco el Largo, hasta que vio aquello esa madrugada.

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