Historias de Cartagena

De puertas y epidemias

07.08.2016 | 04:00
Juan Ignacio Ferrández García

La historia de hoy nos lleva a la Cartagena del verano de 1884, rodeada todavía por las grandes murallas y atenta a las noticias que llegaban desde otras ciudades de España y el extranjero sobre la epidemia de cólera morbo asiático. En la prensa local se mezclaban estas noticias con consejos de todo tipo en los que el aislamiento y una constante higiene eran recomendados como las mejores armas para prevenir el contagio de la enfermedad. El 3 de septiembre en El Eco de Cartagena se podía leer que la epidemia continuaba invadiendo Italia y que en nuestra ciudad todos los servicios sanitarios y de vigilancia se hallaban perfectamente montados. Y que los cordones estaban establecidos y guardados desde la tarde anterior. No es casualidad que ese mismo día se anunciara que la incomunicación era absoluta entre aquellos que vivían dentro de las murallas y los del exterior, y que con esa fecha se dictaran las instrucciones que la Junta de Sanidad dio a los vigilantes de las tres puertas que cerraban la ciudad. Unas instrucciones que contenían datos que espero sean interesantes para el lector pues forman el cuerpo principal de la historia de hoy.

Primeramente se establecían unas reglas comunes a las tres con especial hincapié en los cordones sanitarios como mecanismos fundamentales y necesarios de control. Cada vigilante estaba obligado a ejercer su cometido en el trozo de cordón que se le asignara el cual disponía de una vasija para la desinfección del dinero y de otros efectos. No se permitía que ninguna persona fuera del cordón traspasara la línea, aunque se tuviera seguridad de que acabara de salir o que lo hizo por descuido o ignorancia, e incluso se autorizaba el uso de la fuerza con todo aquel que contraviniera esta disposición. En cualquiera de ellas estaba prohibida la entrada de ropa y equipajes; y en cambio estaba permitida la salida de toda clase de géneros. Curiosa se puede considerar la prohibición de entrada de caballerías aunque las trajesen con el pretexto de ser herradas o curadas.

Las Puertas de Madrid estaban destinadas a ser mercado público y se permitía la venta y compra de artículos cuya introducción o extracción estuviera autorizada. Para ello debían de cambiarse de envase o vasija y que el cambio se hiciera sin el contacto de las personas de dentro con las de fuera. Los únicos productos que inicialmente podían entrar con sus respectivos envases eran la paja y el carbón; y por otra parte se enfatizaba que habría una «vigilancia exquisita» para no permitir la entrada de frutas verdes o alimentos de mala calidad.

Por otro lado, las Puertas de San José tenían como función principal facilitar la salida de carruajes, equipajes y personas. Por eso no se permitía la compra y venta de artículos pero se toleraba el cambio de cosas de poca importancia para Santa Lucía y el campo. Los equipajes se descargaban sobre el muro de la parte derecha del glacis o bien por el boquete del mismo lado cuidando de que se hiciera con la debida incomunicación. Siendo lugar de salida obligada hacia el cementerio de Los Remedios se especificaba que los cadáveres serían conducidos por la puerta del centro de la barrera. Al estar ubicado el Matadero en esos momentos en la cercana Cuesta del Batel las carnes muertas procedentes del mismo se podían introducir sin permitir la comunicación de las personas.

Las Puertas del Muelle tenían una regulación similar a las de Madrid, con compra y venta de artículos autorizados. Si bien se especificaba que las mesas para la venta del pescado se situarían en la barrera exterior de la parte de poniente del cordón.

Finalmente hay que decir que a pesar de lo estricto de las medidas adoptadas y las instrucciones dadas a los vigilantes, algunas de las cuales he relatado, nada pudo evitar que la terrible epidemia invadiera la ciudad un año después.

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