El rincoSito

La última expedición

Sería un placer que el busto de Jiménez de la Espada se pudiera contemplar

11.07.2016 | 04:00

El 10 de agosto de 1862, a las cinco de la tarde y con un sol de justicia, zarpaba de Cádiz una expedición naval, científica y diplomática que debía recorrer toda la costa americana, desde Río de Janeiro hasta San Francisco. La pequeña escuadra de la Armada, al mando del almirante Luis Hernández-Pinzón, descendiente de los marinos y hermanos Pinzón, estaba integrada por la fragata de hélice 'Nuestra Señora del Triunfo', un buque de reciente construcción de 40 cañones, con casco de madera y propulsión mixta; y la fragata 'Resolución', gemela de la anterior. En diciembre, se uniría a la flotilla la goleta protegida 'Virgen de Covadonga' y en enero de 1864 lo haría la corbeta de hélice 'Vencedora'.

La Comisión Científica del Pacífico fue ordenada por Leopoldo O´Donnell, previa autorización de la reina Isabel II; y sus miembros embarcaron en la fragata 'Triunfo'. Esta fue la última gran expedición a ultramar enviada por los Borbones españoles; un viaje que, dejando al margen el lado científico, trataba de mostrar el pabellón en aquellas lejanas tierras, afianzar el maltrecho sistema colonial español y recuperar la gloria de las añoradas expediciones del siglo XVIII. Estaba formada por tres zoólogos, un geólogo, un botánico, un antropólogo, un taxidermista y un dibujante-fotógrafo.

Uno de esos zoólogos fue Marcos Jiménez de la Espada, venido al mundo en Cartagena el 5 de marzo de 1831, aunque la profesión de su padre, funcionario del Estado, le llevaría a recorrer media España en su infancia y adolescencia hasta que en 1950 inició los estudios de Ciencias Naturales en Madrid: ciudad donde murió el 3 de octubre de1898. Así pues, su relación con Cartagena fue algo escasa; pero no así su añoranza por la misma, que fue intensa.

Este periplo significó para el naturalista, a los 31 años, el punto de inflexión que marcaría su existencia y le proporcionaría el salto a la posteridad. Podría decirse que nuestro paisano tuvo suerte dado que el reconocimiento internacional y nacional a su valiosa obra fue unánime, si bien, le llegaría en sus últimos años de vida en forma de premios y distinciones.

Por último, significar que sería un placer que el busto de Jiménez de la Espada extraviado en el almacén municipal desde 1936, se pudiera contemplar, pese a los más de 80 años de retraso, en esa futura plaza en la calle dedicada a este ilustre cartagenero o en el instituto que lleva su nombre.

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