Agua de mi aljibe

Elementos: agua, aire, tierra y fuego

21.06.2016 | 00:46

Los antiguos griegos dividieron en cuatro elementos todos los materiales conocidos que conforman la realidad. Después de tantos siglos, a poco que nos descuidemos, estamos a un paso de asistir al triunfo definitivo de la tabla periódica que aprendimos en BUP, que es mucho más complicada, mucho más científica y sin el apego y cercanía de andar por casa que le hemos venido teniendo a la tierra, el agua, el fuego y el aire. Quién sabe si las cucarachas evolucionadas del futuro harán jornadas de puertas abiertas en los museos virtuales para recordar cómo eran estos elementos hoy cotidianos, pese a que están con un pie aquí y el otro en la desolación.

El reinado del género humano, de seguir así, se va a convertir en un episodio efímero, con sus guerras de tronos y su voracidad destructora del planeta, dentro del devenir de la galaxia. Hay que reconocer que la evolución de las especies nos ha colocado en la cúspide de la pirámide de la insensatez. Y el caso es que, como instrumento, hemos ido mejorando más que los mismísimos coches de Fórmula 1, compitiendo con nosotros mismos en una carrera hacia una meta que podría estar siempre más lejos pero que, como no bajemos el ritmo o cambiemos de ruta, va a terminar en una hostia sin precedentes, sin control del vehículo y sin carburante.

El agua cada vez es un bien más escaso y la que hay, la envenenamos más por momentos y, en muchas ocasiones, con premeditación y alevosía. Hay quien se cree que podremos subsistir con bebidas energéticas o con ese líquido negro desatascador de tuberías. Pero a las guerras del hambre, pronto sumaremos las guerras del agua. Mientras tanto, para abonar el terreno, vamos terminando con la capacidad de regeneración de todos los mares, convirtiéndolos en una sopa más asquerosa que la que, ni en sus peores pesadillas, imaginara la mismísima Mafalda.

La contaminación del aire, según la OMS, es causante directa, en la actualidad, de más de 12,5 millones de muertes al año, que de sólo pensarlo a uno le da por toser y siente ahogarse como un preludio de lo que nos espera en esta carrera loca hacia la tan rentable para algunos fabricación de una cámara de gas global, donde por fín podamos sucumbir por los delirios del régimen mundialdesarrollista. Una descomunal niebla tóxica llena de dióxidos de azufre, de carbono y otras estupendas fórmulas que nos ayudarían a recordar la tabla periódica si no fuera porque no vamos a vivir para contarlo.

La tierra herida, enfronterizada, ensangrentada, esquilmada, envenenada y a punto de explotar, es un basurero que bastante ha resistido ante la guerra sin cuartel que le hemos declarado. Está pasando de ser el acogedor hogar del género humano a una inmensa tumba que nosotros mismos vamos excavando mientras cantamos himnos de forofos futboleros. Todavía se ve azul, desde el espacio, según nos cuentan los satélites, pero hasta las películas nos van haciendo a la idea de que habrá que salir de aquí, buscando otros mundos, previo pago, claro, que lo de los sirios en el Mediterráneo no va a ser nada en comparación a los que quieran salvarse.

El fuego es el primero de los elementos y seguramente será el último. Ha sido el elemento a través del que la especie humana más ha prosperado. Nos hicimos los simios más listos y poderosos gracias a creernos que podíamos controlarlo. El fuego ha ayudado a calentarnos en el frío, a comérnoslo todo frito y a terminar con nuestros semejantes. Pese a lo que dicen de la pequeña, cercana y fría Luna, es el Sol, fuego puro e inmenso, quien realmente nos ha gobernado siempre y quien nos llama hacia nuestra autodestrucción. La piromanía que arrasa nuestros montes, no es solo una enfermedad de quienes disfrutan pegando fuego, ni de quienes mandan calcinar los bosques para negociar con maderas, para quitar valor ecológico a una zona o para recalificar terrenos; el amor al fuego lo llevamos toda la inhumanidad dentro. La piromanía es la enfermedad de todos, el estigma de Nerón, del que no podemos huir. Hay algo que mueve a los poderosos a tocar el arpa mientras Roma arde, pensando en la rentabilidad de culpar a los cristianos y en la oportunidad de hacerse un palacio más impresionante en la zona devastada. El fuego nos deja ciegos, quemará hasta el dinero, derretirá todo el oro del mundo y convertirá nuestro globo terráqueo en una inmensa y espectacular nube de gas, en forma de seta. Tal vez desde las galaxias alguien lo vea y aprenda del espectáculo.

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