La escuadra

Piratas cojos

12.05.2016 | 00:19
Piratas cojos

Debió ser por 1989 cuando me dirigí por primera vez a intentar proteger mediante eso que llaman la propiedad intelectual una obra. Era un programa informático y el único modo de registrarlo entonces era imprimiendo el código en papel pijama, encuadernándolo y entregándolo en modo libro en una oficina bien situada en el centro de Murcia. Visto en la distancia pueden imaginarse una Citroën 2CV cargada hasta arriba de listados de código fuente, descargándose en carretilla de repartidor y entregando todos los volúmenes numerados, como si fuera un quijote elevado a la enésima potencia, en un mostrador y ante un perplejo funcionario que se hacía cargo de un no sabía bien qué, amenazado por tanta lógica impresa proporcionalmente opuesta al sentido común.

Daba igual si el programa informático se ejecutaba o no y cuáles eran sus resultados, lo que haría diferente a ese software de otro a efectos legales era exclusivamente que su código fuente fuera distinto y que poniendo miles de folios en cuasi sánscrito al trasluz con otra obra, fuera diferente, hecho inevitable por otra parte. Seguro que comprenden la inutilidad del acto.

El magistrado Julio Guerrero nos dejaba claro estos días en Murcia que vivimos en una de las zonas con más piratería de España pero no sabemos por qué. Dejaré aparte el tópico típico de que del mismo modo que a nadie se le ocurre robar un coche o un reloj creyendo que no tiene consecuencias, tampoco deberíamos robar una canción o una aplicación informática. La diferencia entre los hechos es evidente: en uno es necesaria materia prima y un proceso de producción con costes para duplicar nuevas unidades, nuevos coches o nuevos relojes, y en el otro no. El hecho de 'copiar' una aplicación o una canción no genera costo añadido a su creador y eso es lo que usuario entiende como gratis, es decir, copio pero no genero costes a su dueño, sólo dejo de proporcionarle ingresos, le dejo como estaba, igual que si yo hubiera decidido no escuchar esa canción o leer ese libro y entre una decisión y su contraria sólo está la diferencia de un deseo satisfecho o no del usuario al que no se le otorga valor.

De hecho, estamos dispuestos a pagar al mantero el coste del plástico, del cd y de la fotocopia, pero no del contenido. Ocurre igual con un e-book, si no consume árboles, es gratis. Yo sé lo que cuesta desarrollar una aplicación informática, dependiendo del tamaño pueden ser años de trabajo de muchas personas, desde que surge la idea hasta que se diseña como algo capaz de cubrir una necesidad real, analistas ordenando procesos, programadores picando código días y noches delante de sus máquinas, evaluación del sistema de pruebas, aseguramiento de los resultados y lo peor, siempre hay un camino que el usuario encontrará y el equipo de analistas y programadores no, por mucho betatesteo que hayan realizado, para hacer visible el error 7876899.

Yo sé que todos esos usuarios a los que le aparece fueron en otra vida buscadores de oro y son expertos en localizar lo que casi no existe. Soy cliente con abono fijo de Spotify, de Wuaki, de Kindle, de Yomvi y de muchos otros y creen los que me conocen que lo hago porque como fabrico software nunca se me ocurriría copiarlo, y nada más lejos. Lo hago por pura comodidad.

Cuando estos cojos que encabezan la proa del barco pirata están lanzando durante horas incansables peticiones a Google, han cerrado veinte pop-up de agrandadores de sexo, el antivirus ha ralentizado todas sus operaciones y por fin acaban la descarga de la peli y tienen que volver a empezar porque era una porno en vez de La Guerra de las Galaxias, yo he escuchado doce canciones en alta calidad, he leído dos revistas y media novela y todo por el precio de un par de cervezas, lo contrario ni siquiera es piratería, es cojera intelectual de desoficiados con mucho tiempo por delante.

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